A cucharadas

¡Ding!¡Dong! Este puzle tan colorido ya está acabado. ¿Ahora, qué?

 «Hay historias que empiezan en blanco y negro (o en sepia, más bien), te vuela la casa un tornado, aterrizas sobre una señora, la matas, sales tan pancha por la puerta, le robas los zapatos y descubres un mundo de luz y de color. Así, de golpe y porrazo.

Y otras que empiezan en blanco y negro y se van pintando a cachitos… Como a cucharadas».

Este es el prólogo de El fin del mundo a cucharadas, mi primer libro. Sé que normalmente suele ser otra persona quien lo escribe, pero como hoy por hoy soy un mindundi en el mundo escritoril, pues me lo he escrito yo a mí mismo. También he hecho un puzle, para desconectar un poco. Y después de perder tres docenas de dioptrías en cada ojo, algún que otro intento de tirar el ordenador por la ventana y calamidades varias, (el camino ha sido largo y con más socavones que baldosas amarillas), me alegra poder decir que estoy muy contento con el resultado. ¡Menudo viaje!

Solo espero que el título no dé pie a equívocos y que nadie piense que se trata de una novela de ciencia ficción, por ejemplo. Y mucho menos un libro de recetas… Nada que ver. Yo como mucho te hago una tortilla de patata, con o sin cebolla, pero ya está. Para un libro de cocina no me da, desde luego. Sería uno muy breve y con bien de fotos, en todo caso.

Mejor empacharse de risas que de grasas saturadas.

Quiero creer que he escrito una novela de humor. Y que la desenfadada y colorida portada ya da alguna que otra pista de lo que hay en el interior. Que no son mil y una recetas de platos de rechupete, pero sí 447 páginas de humor de distintos sabores… depende de la cucharada que te toque.

En el año y medio que he estado enfrascado escribiéndolo, me he dado cuenta de que me gusta pensar en el humor en sabores, más que en colores. Se habla mucho del humor negro o incluso del blanco, pero poco o nada de los colores que van entre ambos. ¿No hay un humor azul? ¿O uno naranja? A la hora de subirlo a Amazon he tenido que catalogar mi libro dentro del sempiterno humor negro, ya que era la única opción que me ofrecía. Ni rastro del humor dulce, por ejemplo… Ni del salado… O del ácido… O del amargo (mi favorito).

¡Hagámoslo picadillo! Yo este puzle lo cuelgo como sea.

P.D:

Si no te interesan para nada los libros de humor (ni los de colores ni los de sabores), pero has hecho un puzle gigante y te has dado cuenta, (con cara de espanto y después de varias noches en vela que nunca recuperarás), de que tienes más puzle que pared en tu casa, ¡que no cunda el pánico! No todo está perdido. Aquí te dejo una idea de lo que puedes hacer sin mucho dramatismo. Y no hace falta tener ni mucho valor ni mucho cerebro… ¡si yo he podido! Solo tienes que hacer de tripas corazón y destrozar ese rompecabezas que tanto te ha costado acabar antes de que le cojas cariño. Así, sin pensar. Luego enmarcas los trozos que has decidido salvar y ala, a decorar la pared con alegría.

P.D 2:

Cuando has escrito un libro de humor lo relativizas todo que da gusto, oye.

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