Y de repente, Seymour

Una marquesina para enmarcar.

La pequeña tienda de los horrores es de esos musicales que, si me preguntan cuál es mi favorito, nunca lo digo, pero que si tengo que elegi mi tercer o cuarto musical favorito, otro gallo cantaría. Es una película tan maravillosa que, sin llegar al estatus de superclásico nivel The Rocky Horror Picture Show, no anda muy lejos. Igual algún día. De momento presumo de una camiseta que dice “Feed me, Seymour” y “Audrey2” ha sido la contraseña más molona que he tenido. Anda que no me dio rabia cuando la tuve que cambiar, como si anduviéramos sobrados de contraseñas que molan.

No me entra en la cabeza que no la pongan todos los años por Halloween. O por San Valentín. Vale que no salen brujas ni calabazas, pero sí una planta carnívora que canta y come gente. Tampoco está mal, ¿no? Y un dentista al que le chifla hacer sufrir a todo hijo de vecino y… bueno, como a todos los dentistas supongo, ¡pero es que este además canta y tiene un altar dedicado a su madre muerta dentro del armario!

El año pasado tuve la oportunidad de ver la película en pantalla grande. No creo que fuera Halloween ni nada, pero eso es lo de menos, mi corazón era una fiesta. Y cómo la disfrute. Me pareció tan rematadamente oscura y divertida como la recordaba, no ha envejecido ni un poco. Imposible quedarme con una sola canción, madre mía. Skid Row me chifla y Suddenly Seymour me vuelve loco, pero coño, cada vez que Audrey fantasea con la casa de sus sueños, con su jardín de portada de revista y su tele para ver I Love Lucy, mientras canta Somewhere That’s Green como si nadie la estuviera mirando ni tuviera un ojo morado… Uf, es que se me encoge la patata medio centímetro solo de pensarlo.

Así que canción favorita: Somewhere That´s Green, por supuesto.

La pieza más bonita de todas.

Lástima que no se atrevieran a proyectar la todavía más maravillosa versión con el (alucinante) final original. Esta película es el ejemplo perfecto de por qué estoy en contra de los dichosos Screen Test (cuando meten a un puñado de gente sin criterio ni vergüenza en una salita de cine y les preguntan: ¿Os ha gustado este estupendo y maravilloso final? Y contestan, no gracias, ¡cambiadlo por uno feliz e incoherente!, y el final estupendo y maravilloso se queda en un cajón durante años).

Casi tan estupendo y maravilloso como cuando, haciendo el puzle de los musicales, encuentras (spoiler alert) la pieza correspondiente a cuando Seymour ofrece el cuerpo sin vida de Audrey (primera) a la siempre golosa Audrey (segunda) sin saber que él iba a ser el postre… Todo en una pieza.

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