El fin del mundo (en ochenta vueltas)

No sé si me inquieta más la sonrisa de una calabaza o la de un paquete de Amazon.

Cuando me pregunten que cuántos libros he leído este verano, voy a decir que ochenta. No porque haya leído ochenta libros diferentes (ya me hubiera gustado), sino porque me he leído ochenta veces el mismo. Las primeras tropecientas veces empezando por el principio y acabando por el final, y las últimas veces del revés o un capítulo sí, otro no. Y no porque sea el mejor libro del (fin del) mundo, sino porque no me ha quedado más remedio.

Cuando escribes tu primer libro (y supongo que el segundo y todos los que puedan venir después) quieres que te quede lo más digno posible, que no por nada en la portada van a ir tu nombre y tu apellido. Y, en caso de tenerla, también tu reputación. ¡Muy dramático todo!

Esta foto representa el estado de mi cerebro ahora mismo. Una tilita me vendría la mar de bien.

Las primeras veintisiete veces que relees tu obra magna, nada está donde tiene que estar.

“¿Pero cuántos años tiene esta señora? ¿No tendría que estar muerta ya?”.

Luego, las piezas van encajando, menos un par de erratas.

“¡No se escribe strippers, sino estríperes! ¿Y tú te crees escritor?”.

Ya que vas a corregir un par de erratas, aprovechas para cambiar uno, o dos… o veinte párrafos. Ya puestos…

“¿Por cierto, el marido de doña Mariví no era sonámbulo?”.

Si cambias algo, tienes que comprobar que todo lo demás sigue teniendo sentido, que una persona no puede ser sonámbula solo de Pascuas a Ramos. Ves, horrorizado, que entre las página 108 y 415 te contradices más que los tertulianos del Sálvame a la hora de la merienda, y no te queda más remedio que cambiar ese capítulo… y los siete siguientes.

Una partida al Twister es menos lío.

“¿Pero esto no era un flashback?”.

Y le das una vuelta, y otra, y otra…

“¡No es Raffaella Carrá, sino Raffaella Carrà! ¡Un respeto a la más grande!”.

Y repasas, y corriges, y vuelves a corregir, y consultas la RAE por vigesimosexta vez en los últimos de diez minutos… Empiezas a sospechar que las erratas son como los Gremlins, que se multiplican después de las doce. Y que viene alguien a mojarlos o a darles de comer mientras duermes.

“Estos treinta y cuatro fallos que han aparecido esta mañana, por ciencia infusa claramente, ayer no estaban. ¡Lo juro por la RAE! A mí que me registren”.

Y así día va, día viene. Hasta que un día, con unas ojeras tamaño mapache, decides que ya está bien, que el embarazo de una elefanta dura menos.

Marketing analógico.

Y decides darle al botón de “publicar”. A ese botón que cualquiera diría que si lo aprietas sueltas un misil o una bomba atómica que va a destruir el mundo o algo peor… Y te quedas un rato mirando la pantalla del ordenador, como si no lo hubieras visto nunca, entre aliviado y atacado de los nervios.

Pues ala, ya hemos parido El fin del mundo a cucharadas. Que Raffaella reparta suerte.

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