El balcón

Ahora mismo vuelvo, cariño

Al lado de casa hay una guardería de maridos. Tal cual. De momento solo está disponible para maridos que fuman puros, lo cual le da un aire de turbiedad y misterio que le viene de maravilla. Es un antro de lo más turbio y misterioso, efectivamente. El procedimiento es el siguiente: entras con tu marido, lo dejas ahí aparcado y te vas a hacer tus cosas. Más tarde vuelves, pagas (la primera hora se paga entera y luego es posible fraccionar por minutos) y recoges lo que es tuyo.

«Fácil y sencillo».

O lo sería si no hubiera tanto humo siempre. A pesar de tener un par de ventanales enormes, desde fuera a duras penas se ve lo que hay dentro. Como mucho, y fijándonos bien, podremos distinguir formas humanas flotando entre la niebla… Es evidente que este lugar cuenta con el sistema de ventilación más deficiente del mercado. Los establecimientos a pie de calle en los que desde fuera no se ve lo que hay dentro me fascinan: desde un sex shop a una churrería, todo es cuestión de dejar volar la imaginación. ¡Es gratis!

Tejiendo.
Para tejer como Dios manda hay que tener bemoles

Por eso me inventé a doña Amparo (del primero izquierda) y a doña Mariví (del segundo derecha), para que nos saquen de dudas. Son dos vecinas ociosas cuya principal afición es la de espiar agazapadas en el balcón, detrás de los geranios, mientras tejen jerseys y bufandas. Cuentan las vueltas y los pespuntes, al punto liso y al punto bobo, inasequibles al desaliento. Pero sobre todo cuentan la gente que entra y la que sale… Y no les cuadran las cuentas. En el antro que les acaban de abrir enfrente de casa pasa algo… ¡Ese lugar se traga gente! Vamos, que no salen los mismos que los que entran.

Doña Amparo es viuda, y doña Mariví no pierde la esperanza de serlo algún día. Si antes ya pensaba que su Rodolfo no le presta la atención que ella se merece, ahora encima se ha enterado de que es sonámbulo. Y que se pasea desnudo, de rellano en rellano, saqueando las neveras de sus vecinas y comiéndoles los yogures.

Halloween. Bruja.
Aquí una bruja estampada contra un árbol navideño, el eslabón perdido entre Halloween y la Navidad

Otra que no gana para disgustos es doña Karina. Es la vecina del sexto, aunque si contamos la entreplanta en realidad equivale a un séptimo. Bien lo sabe su marido, que se quiere tirar por el balcón. Doña Karina observa por el rabillo del ojo mientras acaba su sopita de letras:

«―Bueno, qué, ¿te tiras o no?

―¡No me pongas más nervioso!

―Nerviosa me pones tú a mí, que me tienes contenta.

―No es tan fácil como parece…

―Que si me tiro, que si no me tiro… Ahora me tiro, ahora no me tiro… ¡Si es un saltito y ya!

―¿Un saltito? Asómate y me lo dices.

―No tengo yo otra cosa mejor que hacer…

―Creo que tengo vértigo, cariño.

―¡Pues no mires abajo!

―Es que ya he mirado.

―Fíjate en tu primo Eustaquio, que Dios lo tenga en su gloria. Dijo que se tiraba y se tiró. Ese sí que era un hombre de palabra. Un hombre de los pies a la cabeza.

―Ahora está muerto…

―Cuentan que cayó de pie, como los gatos. Ya no quedan hombres así.

―Dudo mucho que cayera de pie.

―Seguro que no estuvo mareando a su santa esposa, que si ahora sí, que si ahora no, que si me quedo, que si me voy.

―No te creas todo lo que dicen en los rellanos. Sé de buena tinta que lo empujó ella.

―¡Cansino! ¡Que eres un cansino! Llevas tres meses con la misma cantinela…

―¿Y si espero a mañana?

―Solo a ti se te ocurre tirarte por el balcón cuando se acaba el mundo. No había otro día, no…

―¿Y si caigo encima de alguien?

―¿De quién?

―Pues no sé… De cualquiera que quiera vivir un día más y esté pasando justo por debajo en ese momento. ¿Y si es alguien conocido?

―¡Pues apunta, hijo, apunta!

―Sabes que la puntería no es lo mío.

―Esto es un sexto, tampoco vas a tardar tres horas.

―En realidad es un séptimo, cariño… La entreplanta también cuenta.

―¿Quieres que te lo calcule?

―Si no te importa… Puede que sea lo último que te pida.

Doña Karina dejó el librito de los pasatiempos en el reposabrazos y sacó el móvil del bolsillo a regañadientes. Era un Alcatel One Touch Easy edición especial abuelos, con unos números enormes y muy pocos botones.

―Aquí dice que lo primero que hay que hacer es determinar si vas a caer a una velocidad constante o si piensas acelerar por el camino.

―¿Acelerar? ¿Para qué voy a acelerar?

―Si te tiras igual que conduces, que vas pisando huevos, apaga y vámonos.

―¿Tengo que decidirlo ahora?

―Pues me vendría bien, la verdad. Quiero saber cuántos vamos a ser para cenar… Además, de nada sirve que te saque la velocidad promedio si vas a acelerar sin avisar. Aquí lo pone bien claro.

―Es que no solo depende de mí… Hay factores externos que también influyen.

―Mira que te gusta llamar la atención. Si al final ni te tiras ni nada, como que me llamo Karina.

―Supongo que caeré a una velocidad constante… Digo yo que será más fácil. Que luego el viento sople en contra o a favor lo tendría que ver sobre la marcha.

―Marcha, ¡eso es lo que a ti te falta!

―Estoy pensando que a lo mejor me tiro desde la ventana de la cocina.

―¿Me vas a hacer levantar?

―En el patio nunca hay nadie. Da igual si con los nervios acelero sin querer o no.

―¡Con lo a gusto que yo estaba haciendo mi sopita de letras!

―Caería más tranquilo sabiendo que no me llevo a nadie por delante.

―Mira, haz lo que quieras. Pero luego no me vengas quejándote de que te has quedado enganchado en una cuerda. Yo me desentiendo.

―¿Cuerda? ¿Qué cuerda?

―¿Qué cuerda va a ser? ¡Cualquiera de las del patio! Aparte de la velocidad y la distancia a recorrer, tendrías que tener en cuenta las bragas y los calzoncillos que te vas a ir zampando según caes. Sin olvidar la posibilidad de quedarte enganchado en un tenderete y de asfixiarte antes de besar el suelo, claro.

―¡Virgen del amor hermoso!

―Yo creo que es mejor que te tires desde el balcón. Y no lo digo solo por no tener que levantarme, que también. Te advierto que la del cuarto usa bragas de esparto y ayer puso la lavadora.

«Ahogamiento por bragas… de esparto. ¡Qué espanto!».

―¿Cómo lo sabes?

―Son muchos años ya… Nos conocemos como si nos hubiéramos parido las unas a las otras.

―Puede que sea la peor idea que haya tenido, fíjate lo que te digo.

―No seas modesto, anda.

―¿Te importa si cenamos primero y luego ya veo si me tiro o no?

―De postre hay flan.

―A nadie le salen los flanes como a ti, amor mío.

―Eso ya lo sé yo.

―Hasta haces que se me quiten las ganas de tirarme…

―¡Mira que eres veleta!».

Si quieres conocer a doña Amparo, a doña Mariví y a doña Karina, las tienes a todas juntas y revueltas en El fin del mundo a cucharadas.

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