¡Asteroide!

Dos telediarios nos quedan.

Aprovecho que esta noche ha caído un trocito de un asteroide en Madrid para hacer un poco de promoción. Del asteroide no, de mi libro, en el que, mira tú por dónde, también sale una piedra espacial que va a destruir la Tierra más pronto que tarde, ya es casualidad. Eso sí, la gente está a sus cosas. A saber:

Berta se ha despertado con un vampiro en la cama… ¡Y está desnudo! Martina es la hija de Batman, y es miope. A la pobre le ha tocado la lotería en la tómbola de la presbicia. Mari Trini está que trina; tantos años sospechando que su marido tenía una aventura con una señora rubia, y resulta que la señora rubia era él. Celeste es una novia autoestopista, y Carmen una diva doméstica que solo es feliz una noche al año, lo cual es poquísimo. La madre de Kevin Imanol tiene un superpoder: es capaz de gritar con los ojos. Pamela Cienfuegos es una escritora jubilada que, crucero en el que navega, crucero en el que se comete un crimen pasional… o dos. Y, para colmo, a Amparo y a Mariví debajo de casa les han abierto una guardería que se traga maridos… ¡No todos los que entran salen!

Y aquí debajo reproduzco lo que miles de niños y niñas de sexto de primaria estarán hablando ahora mismo en el recreo:

Una noticia de impacto.

“―¡Vamos a morir aplastados por una piedra del espacio! ―balbuceó Bruno zampándose un bollicao.

―¡Ay, qué disgusto! ―dijo Anita escuetamente. Es lo mínimo que se puede decir cuando una se entera de que se acaba el mundo.

―¿Qué vamos a hacer? ―preguntó Leire histérica, y sin embargo comiéndose un plátano.

―¡Mis cimientos se tambalean! ―confesó Lucía, que si Leire estaba histérica ella no iba a ser menos. Se estaba comiendo una pera.

―Batman ha perdido toda credibilidad por mi parte ―sentenció Kevin Imanol devorando una pantera rosa―. Y hablo también en nombre de mi hermano pequeño, que todavía no sabe hablar y ni falta que hace.

Había niños a los que el fin del mundo les quitaba el hambre y otros a los que no. Pero todos tenían algo que opinar, incluso con la boca llena.

―¿No creéis que estamos sacando conclusiones precipitadas? ―se apresuró a decir Ramona, viendo el cariz que estaba tomando la conversación―. ¡Puede que todo acabe bien!

―No, si acabar se va a acabar…

―Lo dices con la boca pequeña.

―Pues con la boquita de piñón que Dios me ha dado.

―¡No sé si reír o llorar!

―Vamos a ver, para reír no es.

―¡Con la de planes de futuro que yo tenía!

―Pues ya te puedes dar prisa.

―¡Oh, Dios mío! ¡Nunca seré la primera mujer presidenta de los Estados Unidos!

―¡Pero si eres española! 

―Permíteme que te diga que tienes unas ambiciones desmedidas…

―Estoy de acuerdo. Deberías ser más realista.

―Entonces me voy a morir viendo la tele rodeada de gatos, ¡qué horror!

―Te recuerdo que tu madre no te deja tener gatos.

―La verdad es que ya no sé ni lo que digo. Mejor me callo.

―¡Alégrate, mujer! ―intentó animarla Kevin Imanol―. Una vez leí en el periódico que una señora muy mayor se murió viendo la tele, y para cuando los vecinos se dieron cuenta de que el olor a muerto venía de su casa, ya se la habían comido sus gatos, que tenía veinte y todos con más hambre que el perro de un ciego… Pero en gato, claro.

―Peor me lo ponéis, ¡me voy a morir sola! ―se lamentó Lucia.

―¡No somos nadie! ―afirmó Carolina.

―Y menos que vamos a ser…―matizó Bruno.

―¡Esto es el fin! ―concluyó Kevin Imanol llevándose las manos a la cabeza―. ¿Me das un poco de tu bollicao? Con las preocupaciones me entra gula”.

El fin del mundo a cucharadas: una novela de humor y otras catástrofes.

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