De RuPauls y Raffaellas

La guerra de las galaxias. Pegatinas.
Que el calorcito te acompañe hasta mayo por lo menos

Hoy las calles han amanecido con un montón de figuras de hielo adornando las aceras. No finjo sorpresa porque lo hacen todos los inviernos y ya estoy un poco en modo piloto automático, la verdad. Y, en contra de lo que pueda parecer, aguantan semanas sin despeinarse ni derretirse (que ya es más de lo que tardan las calabazas de Halloween en pudrirse o el pan de perrito en salirle moho, lo cual tampoco es muy difícil). El frío del carajo que hace aquí ayuda, desde luego, ¡madre del amor hermoso! (Monográfico aquí).

RuPaul de hielo.
Shantay you stay

Pues una de las figuras de hielo de este año es la de RuPaul, nada menos. Y me ha recordado un diálogo que escribí (pero que acabé descartando) entre dos drag queens teleadictas (y un tanto accidentadas) que charlan animadamente en la salita de espera de urgencias. Se han dislocado el cuello y torcido un tobillo, respectivamente. No por haberlo dado todo en el Lip Sync for Your Life precisamente, sino por haber participado en un concurso de imitador@s de Raffaella Carrà, una imitación de riesgo donde las haya. Y eso que en las bases del concurso lo ponía bien claro:

«La organización no se hace responsable de las calamidades y/o accidentes de ningún tipo que los inconscientes participantes puedan sufrir, o incluso causar a terceros, antes, durante o después de su actuación».

A continuación, se detalla la lista de coreografías con las que se puede uno o una jugarse la vida. Y, al lado de cada una de ellas, un gráfico representado en peluquitas refleja el riesgo que entrañan, como cuando en la carta de un restaurante el dibujo de un pimiento del padrón refleja lo mucho o poco que pica cada plato:

«Fiesta, qué fantástica, fantástica esta fiesta, por ejemplo, es de peligrosidad cinco peluquitas sobre cinco. Esto implica riesgo máximo de traumatismo craneoencefálico, «apta solo para unos pocos elegidos por la providencia o por la propia Raffaella». La siguiente en riesgo de tortícolis severa sería Explota, explota me expló, considerada de peligrosidad cuatro pelucas sobre cinco, algo así como «yo de usted tampoco elegiría esta». Más garantías de salir indemne ofrece Pedro, Pedro, Pedro, Pe, de peligrosidad tres pelucas sobre cinco, que viene siendo riesgo moderado, un «allá usted» clarísimo. Y para Raffaellas conservadoras o de perfil bajo, quedan temas como Lucas, Lucas, Lucas, dónde te has metido, de peligrosidad una minipeluca sobre cinco; muy torpe hay que ser para que te pase algo».

El hombre perfecto de chocolate.
Este señor tan dulce y decadentemente rico en paños menores debe de ser pariente no muy lejano del Papá Noel dulce y decadentemente rico de hace tres posts

«A la Raffaella con collarín el doctor le ha recomendado esperar un rato en la salita de espera, valga la redundancia. Se quiere asegurar de que no se le vuelve a encasquillar el cuello, ya que ha estado mucho rato contando fluorescentes y eso no puede ser bueno.

—¿El plátano de los Fruittis? —pregunta la Raffaella en muletas.

—Un plátano a reivindicar —contesta la Raffaella con collarín.

—¿Y qué me dices de la Montaña Basura?

Las dos tararean mentalmente la sintonía de Fraggle Rock, a golpe de flequillo.

—¡Que en aquella época no reciclaba ni Dios!

—Creo que sus gafas no tenían ni cristal… Postureo intelectual puro y duro.

A la Raffaella con el cuello a la virulé le gustaría sonreír, pero le han apretado tan fuerte el collarín que tiene la peluca enganchada por detrás y claro, no puede.

—Si se hiciera hoy —sugiere— la pobre estaría descuartizada y separada en cinco contenedores diferentes. Los Goris no sabrían si pedirle consejo al contenedor verde  o al azul. 

Saben que Raffaella (la original) nunca mezcla carbohidratos y proteinas en el mismo plato, sobre todo a la hora de la cena, pero desconocen si tira el papel y el plástico al mismo cubo.

—Los trols de David el Gnomo se las traían también —cambia de tema la Raffaella paticoja.

—¡Anda que no tuve yo pesadillas con el del moco colgando! Era tan tonto que no discernía entre el Bien y el Mal. Esos son los más peligrosos.

Ya no saben qué hacer para matar el tiempo. Ahora enumeran personajes del cine y de la televisión que les provocaron terrores nocturnos y escapes de pis en sus años mozos.

—¿Vaca o Pollo? 

—Vaca, sin duda. —La Raffaella sin cervicales de repuesto no lo duda ni un segundo—. Me daba mucha ternura… No sé, igual es que ya me pilló mayor.

—Lo que nunca entendí es que fueran hermanos. 

—Serían adoptados, ¿no crees? 

—Pero sus padres eran humanos. ¿Quién adopta un pollo y una vaca?

Hubo un silencio… ¡Eo!

—Acuérdate de que a los padres les faltaba la parte superior del cuerpo. 

—¿Y eso es excusa?

—Carecían de raciocinio, eran como zombis.

—La que tenía la cabeza bien amueblada, a la par que cableada, era la bruja Avería.

—¡Uf! —resopla la Raffaella con tortícolis—. A mí lo de defender el capitalismo de buena mañana se me hacía un poco cuesta arriba, la verdad. Aunque —añade— ahora reconozco que tenía un discurso de lo más lógico y coherente… ¡Qué bruja más elocuente!

—Donde estén los electroduendes que se quiten los Aurones, todo sea dicho.

—¡Ostras! ¡Los Aurones! Crema de la buena. 

—¿Qué coño era Poti Poti? ¿Un dragón deforme? 

Otro silencio incómodo, casi tanto como el anterior pero menos que el siguiente, que los silencios incómodos son así, acumulativas y a prueba de pelucas… ¡Oa!

—Ni idea… —La Raffaella con las cervicales destrozadas pone los ojos en blanco y mira al techo todo lo que el collarín le permite, como si no hubiera contado bastantes fluorescentes hoy—. ¿Sabes? Un día me aposté todos mis ahorros con mi prima a que Poti Poti era un dinosaurio con forma de pera.

—¿Ah, sí? ¿Y quién ganó?

—Nadie… Tuvimos que anular la apuesta. Internet no se había inventado todavía y no hubo manera de salir de dudas —recuerda la Raffaella nostálgica en muletas—. Llegamos a la conclusión de que era el fruto de algún engendro infernal que había puesto un huevo. ¿Estás de acuerdo?

—Salió de un huevo, desde luego.

La Raffaella con collarín y la Raffaella en muletas asienten con el golpe de melena más a destiempo en la historia de los golpes de melena.

—¿No había alguien que disparaba rayos y transformaba a la gente en sandías y melones?

—Uf, ni me lo recuerdes… Es un capítulo de mi vida que intento olvidar.

—Venga, me rindo.

—¿Ya? ¿Y Teresa Rabal qué? —pregunta la Raffaella número uno, sorprendida. ¡Con los terrores nocturnos que le quedan en el tintero!

—¿Qué le pasa? —responde la Raffaella número dos.

La película de terror favorita de la Raffaella accidentada número uno es  Loca por el circo, la obra maestra de Teresa Rabal. Como si de un Tú a Boston y yo a California cañí se tratara, Teresa hace doblete: por un lado interpreta a Paulina, su hermana gemela, que es profesora y lleva unas gafas enormes, como de azafata del Un, dos, tres. Y por otro lado hace de sí misma, a quien le gusta el circo y está loca, de ahí el título. Sale también el payaso Margarito. No deja de ser la típica película de gemelas que se intercambian la una por la otra para quedarse con el personal, pero con el valor añadido de disfrutar de los hits de Teresa, que parecen no tener fin: que si la pompa de jabón, que si la muñeca Rebeca, que si la pizarra azul, que si me pongo de pie, me vuelvo a sentar, bota, bota la pelota loca, que si que seré, que seré, que seré…

¡Eyuntamiento!».

Normal.
¿?

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