La diva doméstica

Solo un miembro de esta familia es consciente de lo que se les viene encima

«A Berta el fin del mundo la pilló en bragas. Y con un vampiro en la cama. Bajo el edredón, concretamente. Y, lo que es peor, uno con los pies fríos. Y no solo eso, sino que había echado el pijama a lavar.
«¿En qué estaría yo pensando?».
Probablemente, en que poner una lavadora con el tambor medio lleno, o medio vacío, según se mire, era poco menos que un dislate. Un atentado ecológico, incluso. Si había alguien a quien la noticia del principio del fin iba a sorprender con el pie cambiado y las tetas al aire, era a ella.
Ya lo decía su madre: «Esta hija mía oye las trompetas del Juicio Final, a todo volumen, y como quien oye llover… ¡Nunca está a lo que tiene que estar!».
Berta maldijo la hora en la que fue asaltada en plena calle, a punta de zalamería calculada al milímetro, por aquel simpático perroflauta de flequillo cuidadosamente descuidado y cejas pluscuamperfectas.
—¡Que se me ha caído la sonrisa, me dice! —se quejó entre indignada y encantada de la vida—. ¿A ti no te pasa que, si te dicen que se te ha caído algo, aunque sepas que es mentira cochina, te tienes que dar la vuelta para comprobarlo?
—Todo el rato. No hay día que no me pase —respondió Asun, personal shopper en ciernes y, sin embargo, amiga—. Es automático, como un acto reflejo…».

Así empieza Un vampiro bajo el edredón. Lo puedes leer enterito pinchando en “Echa un vistazo” en Amazon.

Let’s Get Physical

«—¡A mí no me metéis en un ataúd con alas! —Este era el grito antiaéreo de Carmen.
—Es el medio de transporte más seguro, cariño. —Esta era la respuesta comodín de Alfredo, su marido.
—¡Bah! ¡Pamplinas!
—No lo digo yo… Lo dicen las estadísticas.
—Dudo que Pamela Cienfuegos piense lo mismo.
—¿Quién?
—No la conoces. Es la protagonista de la novela que estoy leyendo —repuso sin quitar ojo a la televisión—. Una escritora jubilada, un poco gafe y con mucho tiempo libre, que avión en el que se monta, avión que ameriza en medio del océano.
Alfredo bajó el volumen del televisor.
—¿Te crees esas chorradas?
—La realidad siempre supera a la ficción.
—Si tú lo dices…
—No lo digo yo. ¡Lo dicen las estadísticas!
Carmen estaba que se comía las uñas de los pies con “Turbulencias en el avión: amerizaje”, una trepidante historia de amor y misterio ambientada en un vuelo de larga distancia que, por un problemilla en los dos motores al mismo tiempo, uno diferente en cada motor, se ve obligado a amerizar en aguas internacionales. De ahí el título.
—Pues para tener miedo a volar, bien que te gusta tener la cabeza en las nubes —dijo Alfredo con retranca.
—¿Qué insinúas?
—¿Yo? Nada… Dios me libre».

Y así empieza Diva doméstica, el capítulo sobre una señora que solo es feliz una noche al año, lo cual es poquísimo.

Lo puedes leer aquí.

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