La guardería de maridos

Cereales. Cheerios. Arcoiris. Desayuna con alegría.
Sin colorantes ni conservantes

Cuando mezclas Cheerios normales, los de colores, los de arcoíris y los Lucky Charm “edición especial Magical Unicorn con marshmallows” el resultado es una explosión de color, azúcar y sirope de lo más abrumadora. En la letra pequeña pone que contiene ingredientes manipulados por “bioingeniería”, lo cual me preocupa, pero en grande pone que no tiene gluten, lo cual me tranquiliza.

No hay nada que me guste más que desayunar cereales y escribir diálogos. Pero no conversaciones normales y corrientes entre gente normal y corriente, sino más bien diálogos de besugos entre gente normal y corriente. A veces locos y a veces cuerdos. Como las personas. Diálogos sin pies ni cabeza que, en cuanto menos te lo esperas, te das cuenta de que son menos surrealistas de lo que parecían en un principio. Y que a veces llevan razón y otras veces no, pero que da exactamente igual. Lo que importa es que sean divertidos y cercanos. Después de todo, de conversaciones aburridas está la vida llena, no hace falta añadir más, y mucho menos dejar constancia por escrito. Me gusta pensar en los diálogos de los personajes como si fueran los cereales de la foto: alegres y caóticos. Y de muchos colores.

El fin del mundo a cucharadas.
Doña Mariví

—¿Estás segura de lo que dices? —preguntó doña Mariví, vecina del segundo derecha.

—Segurísima —respondió doña Amparo, del primero izquierda.

—¡A ver si nos van a tomar por locas!

—Ya nos toman por locas. ¿Tú te has visto?

—Me refiero a taradas con ficha policial… Como Jane Fonda. 

—¿Jane Fonda?

—No estoy diciendo que Jane Fonda sea ninguna tarada, ni mucho menos. Solo que sale estupenda en las fichas policiales con ese flequillo suyo tan reivindicativo.

—A las talluditas no nos hacen fichas policiales. ¡Nos tienen desahuciadas! —protestó doña Amparo—. No les debe de salir a cuenta tener una cárcel llena de viejas, supongo.

—¡Tampoco somos tan mayores!

—¿Ah, no? ¿Te has fijado en si tu DNI tiene fecha de caducidad?

Doña Mariví hizo amago de meter la mano en el bolsillo cuando recordó que nunca llevaba la cartera en la batamanta. Con lo que le había costado encontrar una con bolsillos y, total, luego nunca metía nada en ellos.

«Bendita teletienda».

—Si la tiene, yo no se la he visto.

—Pues eres vieja. Tres telediarios te quedan.

—Aun así… No quisiera ser el hazmerreír del rellano a estas alturas —dijo muy digna.

—¡Que me caiga muerta del balcón ahora mismo! Fíjate si estaré segura. Ahí delante pasa algo extraño y fuera de lo común, algo que no había pasado nunca.

—¿Algo fuera de lo normal?

—Totalmente ajeno a la normalidad.

—Me estás asustando…

—Diría que nos encontramos ante un caso de discrepancia matemática de manual. Un despropósito en toda regla. —Encendió un cigarrillo y se volvió a parapetar detrás de la maceta de geranios moribundos. Como aficionada a la jardinería, no era habitual que los tuviera tan desatendidos, pero con lo que se traía entre manos no tenía tiempo material de regarlos. Estaban condenados.

«Un, dos, tres… Cha, cha, cha. Un, dos, tres… Cha, cha, cha».

Muerta de aburrimiento, un buen día doña Amparo salió al balcón y empezó a contar. Se sentó en su silla de mimbre, se introdujo una aguja de tejer debajo de cada axila y pensó que contar todo lo que se meneaba era una idea tan buena como cualquier otra para pasar el rato. Con un ojo contaba las vueltas y puntadas de la prenda que estuviera tejiendo en ese momento (tejer rebequitas con dibujos de hipopótamos y calcetines de cerditos, ya fuera al punto bobo o al punto liso, era una actividad que requería de toda su atención, ya que, al tener su simétrica nieta los dos bracitos de la misma longitud, era requisito imprescindible que las dos mangas fueran también impepinablemente iguales, tanto de largo como de ancho. Lo mismo ocurría con sus diminutos pies, ambos calcetines debían ser idénticos, ni uno más grande que el otro ni el otro más pequeño que el uno). Y con el otro ojo contaba la gente que pasaba por delante de su balcón; los que iban hacia la izquierda y los que iban hacia la derecha… Pero, sobre todo, contaba los que entraban y los que salían. 

«Aquí hay un descuadre que clama al cielo. ¡De ahí no salen los mismos que entran!».

—Hoy, sin ir más lejos, me han faltado cuatro.

—¡Cuatro! —se sobresaltó doña Mariví.

—Pero es que ayer fueron cinco. 

—¡Albricias!

—Ese sitio se traga a la gente, te lo digo yo. 

—Pero ¿cómo puede ser? Tiene que haber una explicación lógica.

—Los números no mienten.

—A lo mejor hay una puerta trasera. Una que ponga «Exit».

Para su desgracia, no había ninguna puerta que pusiera «Exit».

—No hay ninguna puerta que ponga «Exit»aseveró doña Amparo—. Por donde se entra se sale.

Así es como empieza La guardería de maridos, cuarto capítulo de El fin del mundo a cucharadas. Porque, cuando a una le abren un antro debajo del balcón de donde no salen los mismos maridos que entran, es perfectamente normal que el fin del mundo pase a un segundo plano.

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