El de los rascacielos

Tras presenciar una disputa marital en una gasolinera con solera y sufrir un pinchazo en una rueda, llegamos a Chicago, ciudad de los Blues Brothers, de Roxie Hart y del muñeco diabólico. También es aquí donde Danny y Sandy van al instituto en el musical original de Grease y donde tiran un carrito con un bebé dentro por las escaleras de una estación de tren. Danny y Sandy no, Los Intocables de Elliot Ness, que es otra película que también está muy bien y que te deja en shock cuando el personaje de Sean Connery (¡ateción, spoiler!) se muere a la mitad.

Vale que cuando hablamos de rascacielos lo primero que se nos viene a la mente es Nueva York, pero en Chicago hay unos cuantos también. Y, al igual Nueva York, Chicago es de esas ciudades a evitar si se tiene tortícolis. Mejor visitar otro sitio más horizontal. Yo mismo acostumbro a ir por la calle mirando para abajo (por si encuentro dinero, básicamente) pero aquí como no mires para arriba te pierdes lo mejor.

The First Lady

Por un módico precio que no tiene nada de módico (como casi cualquier cosa en Chicago) te puedes montar en un barco que va por el río mientras una señora muy simpática te va hablando de los edificios que hay a los lados. Menudos mamotretos, madre del amor hermoso, y todos de su padre y de su madre. Nada pega con nada pero todos pegan con la ciudad, que es lo que importa.

La señora nos explicó que los edificios se catalogan como “altos”, “superaltos” y “megaaltos”, (como los habitantes de Estocolmo, que cuando fuimos eran todos y todas altísismos y altísimas y de ojos azules, imposible pasar por oriundo siendo un tapón y de ojos marrones). Nos contó que arriba del todo muchos edificios suelen tener una especie de péndulo para hacer contrapeso cuando el viento sopla fuerte y evitar así que se balanceen. Un rascacielos moviéndose más que las maracas de Machín no tiene que ser plato de buen gusto, sobre todo si vas paseando por debajo un día de viento. Aunque decir eso y nada es lo mismo, ya que en Chicago hace viento prácticamente todos los días del año y a todas horas. Por algo lo llaman “La ciudad del viento”. Esa es la razón también de que tantos edificios tengan puertas giratorias, que si no con la ventolera se quedarían abiertas todo el rato y podría entrar cualquiera.

Desde abajo

Según vas por el río también hay puentes que se abren para que puedan pasar los barcos. Y gente en piragua remando río arriba y río abajo como si nada. No entiendo cómo alguien puede montar en piragua tan tranquilamente sabiendo que cada quince minutos se tiene que apartar porque viene un barco lleno de turistas de frente y sin frenos. Las probabilidades de atropellamiento son altísimas teniendo en cuenta que vamos todos mirando para arriba.

No me quiero ni imaginar lo que tiene que ser vivir en el piso ciento veinte, pongamos. Seguro que sales del ascensor con una polilla gorda dando tumbos en la tripa y los oídos taponados, como cuando bajas de un avión. O cuando subes, ya no me acuerdo. Eso sí, una vez arriba ves las vistas tan espectaculares y se te pasa.

Desde arriba

El viernes por poco muero de hipotermia porque soy imbécil y salí con dos capas de ropa nada más. El sábado casi muero de hipotermia porque salí con gorro y cinco capas de ropa pero tampoco fue suficiente porque en esta ciudad hace un frío del carajo. El domingo ya todo me daba igual.

A la vuelta hice una playlist para el coche donde puse seguidas la canción que le dedicó Amaia Montero a La Oreja de Van Gogh en su primer disco sin ellos y la que le dedicó La Oreja de Van Gogh a Amaia Montero en su primer disco sin ella. Cuando se escuchan una detrás de la otra (y en ese orden) forman una historia de amor y venganza divertidísima.

Las escaleras de El Exorcista eran más empinadas, todo hay que decirlo

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