El de los sofás

La fuente de verdad y un sofá de mentira

Hoy hemos estado en la exposición de Friends, aunque por momentos no sabías si estabas en la exposición de Friends o en la planta de los sofás del IKEA (sabes que no estás en IKEA porque al entrar no te dan un lápiz para apuntar cosas y al salir nadie te espere con un plato de albóndigas calentito, lo cual hubiera sido un detalle). Pero bueno, como elemento icónico de la serie, lo raro sería que no tuvieran ninguno. Hablando de sofás, metí la mano entre los cojines del sofá del Airbnb donde nos alojamos (por si encontraba dinero) y me topé con un tapón de los oídos del inquilino anterior, me dio mucho asco. Eso en Friends no pasaba.

Aquí dentro hay sofás

Antes de entrar, un señor de sonrisa nerviosa (al que se le nota a la legua que cuenta los mismos chistes a todo el mundo) te explica las ochocientas cosas que no puedes hacer ni tocar una vez dentro. Como estamos en pandemia, seguramente tampoco tenías pensado lamer barandillas ni tampoco beber de las tazas del Central Perk que han tocado doscientas mil personas antes que tú, y piensas que «vaya rollo, aquí no se puede hacer de nada, ¿para eso hemos venido?». Basta que te digan que no puedes hacer algo para que te entren unas ganas locas de hacerlo, eso es así.

Luego te colocan delante de una puerta morada, el señor de la sonrisa ortopédica no deja de sonreír (aunque sospechas que, como los habitantes de Wandavision, el pobre está llorando por dentro. O, como mínimo, aburrido de hacer siempre las mismas bromas), se abre la puerta y te olvidas de todo. Te acabas de teletransportar al universo Friends: ahí está el archiconocido sofá naranja, con la fuente detrás y la lamparita a un lado. Y piensas: «¡Pero qué maravilla es esta!».

Un sofá en la escalera

En un momento, pasas de tiritar en la ciudad más ventosa del mundo a meterte de golpe en la cabecera de Friends, con media docena de focos dándote calorcito y risas enlatadas sonando dentro de tu cabeza. Te arrepientes de no haber traído el paraguas, pero en Chicago los paraguas se los lleva el viento, no valen para nada.

Según avanzas (solo puedes ir hacia adelante, como en IKEA), te acuerdas de los protagonistas de Pleasantville, que lo mismo estaban en su casa viendo la tele que aparecían dentro de su serie favorita como si tal cosa. Es un golpe de efecto tan chulo como inesperado, comparable quizás a cuando en Rise of the Resistence te abren la puerta y tropecientos Stormtroopers puestos en fila india te dan la bienvenida a la nave del misterio… pero mil veces más modesto. Y te faltan ojos.

Un sofá en la cafetería

Nada más empezar, Janice (bueno, su aterciopelada voz) nos presenta uno a uno a los protagonistas, no vaya a ser que haya alguien en la sala que no los conozca. No sabría decir si Janice es uno de los mejores personajes secundarios de la serie o si simplemente cae bien porque salía poco y siempre nos dejaba con ganas de más, como Laura Palmer o Chus Lampreave. Oh, Dios mío… Llegar, dar la puntilla con alguna frase afortunada y desaparecer (sin llegar a cansar al personal) tiene que ser dificilísimo.

También tienen una cabeza giratoria con la peluca de Rachel. Da vueltas en compañía de sus diferentes flequillos de la serie colocados en riguroso orden cronológico (igual que el guante de Michael Jackson que vimos en el Rock and Roll Hall of Fame, venga a girar todo el rato. Está claro que los objetos importantes tienen que estar dentro de una vitrinita, y si es dando vueltas mucho mejor). Y un organigrama en la pared con todas las relaciones extraprofesionales de todos los personajes con todos los famosos que han pasado por la serie. No hace falta decir que por poco se quedan sin pared, virgen santísima.

Un sofá y un servidor en Pleasantville

El famoso pavo del Día de Acción de Gracias tampoco podía faltar, pero no te lo podías meter por la cabeza porque estaba en una vitrina. Inexplicablemente, no daba vueltas.

Hasta aquí lo de dentro. Y pinchando aquí lo de fuera.

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