Eurofán

Tanto brilli-brilli puede herir la sensibilidad de sus córneas, pero merece la pena

Un año más, Eurovisión ha llegado a Michigan, que lo bueno hay que darlo a conocer, claro que sí. Y, un año más, he perdido la europorra y me he alegrado de no apostar dinero, así que todo en orden. Entre que el 99% de las baladas me aburren, que la tendencia roquera cada vez más en auge no me va, y que el ventilador está en claro desuso (esto está estrechamente relacionado con la preocupante ausencia de la clásica diva eurovisiva de pelos al aire), cada vez me lo ponen más difícil. Así que este año mis 12 points han ido para Sandra Kim cantando en la azotea y al momento Jaja Ding Dong durante las votaciones. Muy a mi pesar, ninguno puntuaba. Pero no importa, porque lo bonito de Eurovisión es que da igual quién gane, lo importante es poder sacar algún que otro eurodrama de provecho del que quejarnos (y ser felices) hasta el año que viene. Y de eso nunca falta.

Así que para celebrar la euroderrota y hacerme un poco de europropaganda, comparto un trocito de El fin del mundo a cucharadas en el que Carmen fantasea con tener una amiga que haya ido a Eurovisión. Y no una cualquiera, sino una que haya quedado la segunda, como antaño:

Los kits eurovisivos y las banderas no pueden faltar

“Cada año se decía que al año siguiente invitaría a alguien. Alguien discreto. Alguien que no fuera por los rellanos contando lo que había visto. Alguien que la ayudara con la logística. Alguien que no la tomara por loca y que la aplaudiera al final de cada actuación si le había gustado.

«A lo mejor se lo propongo a la vecina del tercero A… o a la del quinto D».

A veces tenía la sensación de tener vecinas repetidas. Había días en los que le costaba distinguirlas. Tan iguales eran que ninguna le gustaba. Pero aquel día estaba especialmente harta de estar sola: sola bajo la pila de cacharros, sola delante de la tele, sola sobre la tarima y sola frente al ventilador. Sola, se mirase por donde se mirase.

«Más que un ayudante que me eche una mano con la logística, lo que voy a necesitar es una amiga… ¿Dónde hay de eso?».

En el argot de las series policiacas, Anabel Conde sería su «partner in crime» ideal. Su amiga y cómplice. Su mano derecha y confidente. No se le ocurría una candidata mejor para el puesto.

«¡Contratada!».

La invitaría a tomar un té con pastas todos los domingos, o un café con pastas o un coñac con pastas. Y hablarían sobre cosas de divas domésticas. Asuntillos sobre los que ni la una ni la otra habrían podido hablar antes con nadie porque siempre habrían creído que eran las únicas.

Aquí en un eurofotocol americano

—Llevo años envenenando a mi marido —le confiaría Carmen, con voz entrecortada pero sin un ápice de arrepentimiento. Una confesión de semejante calado debería de bastar para crear un vínculo lo suficientemente fuerte como para ascender a una amiga cualquiera a la categoría de mejor amiga. 

—¿Desde cuándo llevas intentándolo? —querría saber Anabel Conde, muerta de curiosidad y sin juzgarla en ningún momento. Las «partners in crime» mienten la una por la otra, las «partners in crime» se votan entre ellas, las «partners in crime» matan la una por la otra, las «partners in crime» rebozan juntas… Pero las «partners in crime» jamás se juzgan la una a la otra.

—Mmmmm… —reflexionaría un segundo. Pero no más—. Empecé cuando Pastora Soler. Ya ha llovido.

Cualquier aspirante a mejor amiga de Carmen debía saber calcular el paso del tiempo en eurovisiones, que era como calculaba los años una diva doméstica de pro. Ni en días ni en semanas ni en meses ni en años. En eurovisiones.

—¿Y qué tal lo llevas?

—No muy bien. Sigue vivo.

—Lo siento mucho.

—Debo de estar haciendo algo mal, seguro… 

Anabel se quedaría contemplativa, peinándose su bonito pelo con sus eurovisivos dedos.

—¿No le has notado nada diferente en todo este tiempo? 

—¿Como por ejemplo?

—No sé… ¿Un vacío? 

—No.

—¿Un recuerdo dormido que vuelve a despertar?

—Nada de nada. Ningún recuerdo… que recuerde.

—¿Ni una llama que le quema en el pecho en su lecho?—insistiría Anabel, claramente preocupada.

—Cero. Duerme a pierna suelta… ¡Qué envidia me da!

—¿Un retortijón de vez en cuando?

—Tampoco. Me hubiera dado cuenta, digo yo.

—Qué raro. 

—Deben de ser sus genes vascos, ¡ni un catarro se pilla! A veces siento que estoy perdiendo el tiempo, Anabel —se lamentaría, comiendo pastas de té a doble carrillo—. ¿Y si lo del colesterol y los triglicéridos es una patraña?

—¿Una patraña?

—Ya sabes, como lo del fin del mundo o las avispas asesinas… ¿Y si me apesta el pelo a fritanga para nada? 

Desde que en el especial El perejil y otros venenos de andar por casa de la revista Parques y Jardines leyó que reutilizar el aceite, una y otra vez hasta el infinito, era fatal para la salud, Carmen se afanaba en rebozar los sanjacobos a dos manos. Y después los bañaba en litros de aceite requemado, de ese que se ha utilizado ya tantas veces que huele a chamusquina y sabe raro. Hasta un cuenquito especial tenía donde iba depositando el aceite que le sobraba para poder reutilizarlo al día siguiente. Y al otro. Y al otro…”.

Más aquí.

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