Hay un pelo en mi dónut

La pequeña peluquería de Julie

En este país donde todo es grande, da alegría encontrarse de vez en cuando con cosas pequeñas. Como la peluquería de Julie, que es tan pequeña que hay que entrar de uno en uno (cabe la posibilidad de que tenga una lista de espera de semanas, meses o incluso años para que te corte el flequillo). Es perfectamente normal llamar con el flequillo un poquito largo y que, para cuando te toque ir, parezcas el Primo Eso (Tío Cosa en América Latina por si alguien me lee allí, que no lo sé). No digo yo que no merezca la pena esperar y convertirte en un personaje de La familia Addams, al revés. De hecho, una vez dentro debes de gozar de una conexión cósmica con Julie, quien te presta toda su atención, tijeras en mano, al no estar atendiendo a nadie más (no para que te sientas especial, sino por falta de espacio). Ahí es nada. Por supuesto, no hay pelos que no son tuyos por el suelo, y eso no se puede decir todos los días. Tampoco ves a nadie con la cabeza metida en un secador gigante ni quejándose de cosas que ni te van ni te vienen o pintándose las canas; solo Julie, tus pelos y tú.

Un refresquito del tamaño de una peluquería

Si en El fin del mundo a cucharadas hay una guardería de maridos (de donde no salen los mismos maridos que entran), no me extrañaría nada que debajo de esta minipeluquería hubiera un maxisótano secreto donde están todas las señoras que entraron una vez a cortarse las puntas y nunca salieron: unas de cháchara con los rulos en la cabeza (como en esa escena de Grease donde a Frenchy se le aparece un ángel y el cielo es una gran peluquería celestial dentro de una hamburguesería) y otras preguntándose que qué hora es. Cuando estás en un lugar sin puertas ni ventanas (como el sótano de una peluquería), es muy fácil que se te vaya el santo al cielo y perder totalmente la noción del tiempo (con el peligro de que se te achicharre el pelo si pasas meses con la cabeza dentro de un secador más grande que tu cabeza). Julie no puede estar pendiente de todo, es un poco lotería esto.

La llama olímpica (de las olimpiadas de los dónut, se entiende)

Hablando de loterías, leo en las noticias que en Ohio están sorteando un millón de dólares entre todos aquellos que se animen a vacunarse (por estos lares no todo el mundo está por la labor y se ve que hay que convencerlos de alguna manera). Lamentablemente no puedo participar, ya que no vivo en Ohio, pero tampoco me puedo quejar. Aquí en Michigan te regalan un dónut solo por entrar a la tienda de los donuts, decir hola y enseñar la tarjeta de vacunación. Dicho así (y comparado con la posibilidad de ganar un millón de dólares) puede parecer poco aliciente ir a vacunarse solo por un donut y por reducir drásticamente las posibilidades de morirte de COVID… ¡Pero es que te regalan un dónut TODOS LOS DÍAS hasta fin de año! Esto ya son palabras mayores, cuidao, estamos hablando de la friolera de unos 180 donuts gratis, dónut arriba, dónut abajo.

Ahora ya sí que no entiendo a la gente que no se quiere vacunar. Y mucho menos a los que ya se han vacunado pero siguen comprando donuts. De locos.

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