Un señor gris

Halloween plantas con ojos Steve Cutts
Bonito planeta, ¡nos lo quedamos!

El otro día me encontré con lo que parecían ser unos seres venidos del espacio exterior camuflados detrás de unas macetas (incluyo documento gráfico). Y me acordé de las musas; esas criaturas tan escurridizas que también viven en las afueras (en Xanadu, concretamente) y que solo aparecer cuando a ellas les da la gana. Como no sé cuidar de ningún ser vivo aficionado a hacer la fotosíntesis (o que dé vuelta en una pecera), en casa no hay macetas, pero ellas siempre encuentran dónde esconderse. Son muy esquivas; aunque estén ahí, delante de tus narices, a veces no es suficiente y hay que buscarlas.

Picasso decía que ojalá la inspiración nos pillase siempre trabajando… y yo añadiría que «y no en la cama ni en la ducha», entre otros lugares poco prácticos. Las musas no entienden de horarios, y nos vienen a visitar en los momentos más inoportunos (mayormente cuando a ellas les viene bien). Por ejemplo, cuando estás en un plácido estado de duermevela y no te apetece levantarte, o debajo de la alcachofa; con el agua chorreando por todas partes y sin un boli ni un papel a mano para apuntar lo que te van chivando. Son un poco egoistillas.

El fin del mundo a cucharadas de Alain Saralegui
¡Venid a verme, musas! ¡Vivo en el mismo sitio!

Bien es cierto que suelo tener el móvil cerca porque me gusta ducharme a ritmo de Kylie, pero lo más probable es que esté enchufado, a veces junto a la maquinilla de afeitar, y que la idea que me haya venido a la cabeza no sea tan buena como para correr el riesgo de electrocución. Supongo que las musas también tienen sus días: a veces están más inspiradas y otras menos. No me importa para nada ducharme en compañía, pero Kylie, las musas (juntas y revueltas) y un servidor no cabemos en una bañera tan pequeña.

Últimamente, cuando me noto inspirado (y da la casualidad de que estoy fuera de la cama o de la ducha) tengo la manía de dejar lo que estuviera haciendo, sentarme, encender el ordenador, mirar la pantalla, levantarme, coger la escoba, barrer la casa mientras le doy vueltas a lo que se me ha ocurrido, guardar el recogedor y la escoba, volver a la mesa, sentarme, mirar la pantalla y apagar el ordenador sin haber escrito una sola palabra. Es un ritual que no vale para (casi) nada, pero barro mucho y tengo el suelo medianamente limpio.

Hairspray el musical
Ni un asteroide podría parar su ritmo

El otro día, después de desayunar y barrer la casa, fui a comprar entradas para el musical de Hairspray (uno de mis doscientos cincuenta musicales favoritos).
Ya en casa, me fijé en los parecidos más que razonables que hay entre la portada de El fin del mundo a cucharadas y la de Hairspray. Y me dio por pensar que la diva doméstica podría ser perfectamente Tracy Turnblad con cuarenta años más y treinta kilos menos. Y con más problemas en el día a día y menos tiempo para arreglarlos. Y con menos pájaros en la cabeza y más rulos. Muchos rulos. Y un asteroide (no se puede negar que Tracy tiene una cara de sorpresa mayúscula, como de haberse quedado boquiabierta pensando que se le puede caer un asteroide encima en cualquier momento).

Todo esto para decir que llevo varios meses cual ermitaño, enfrascado en el segundo libro y con la cabeza en otra parte (no sé dónde exactamente, pero aquí no, desde luego). Lo único que sé es que estoy barriendo un montón.

Y como el protagonista de este vídeo, uno de los personajes del libro es un señor que, harto de vivir una existencia triste y anodina, está a punto de mudarse al otro barrio. Y, como suele pasar en estos casos, le ponen los mejores momentos de su vida pasar por delante, uno detrás del otro, como en un cortometraje (uno sin chicha ni limonada). No es que el buen hombre pensara que un recopilatorio de sus mejores días diera para algo digno de ver con un cubo de palomitas entre las piernas, pero (en un alarde de optimismo de última hora) esperaba algo un poco más entretenido. Porque hay películas buenas y películas malas, pero no hay nada peor que una película aburrida (aprovecho para recomendar Maligno y Última noche en el Soho; ¡entretenidísimas!).

De momento este personaje no tiene nombre, y me parece que así se va a quedar. Escribir sobre alguien que no tiene nombre es un poco rollo porque nunca sabes cómo dirigirte a él. Solo se sabe que es teleoperador, y que se pasa las horas dentro de un cubículo sin ventanas, con un calendario de perros como único elemento decorativo. Y que hace tanto que nadie lo llama por su nombre que a veces se le olvida quién es. Los personajes grises y deprimentes me salen solos, no sé si debería de preocuparme. Eso sí, procuro darles unas chispita de esperanza siempre que se pueda.

Al igual que El fin del mundo a cucharadas, este segundo libro también va a ser de humor. Puede que no de un humor tan negro como cabía esperar, pero sí café con leche. Sin azúcar. Quizás con un poco de sacarina, que dicen que es veneno.

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