Frankenstein pop


Al igual que Nueva York, Chicago es una ciudad diseñada para pasear mirando p´arriba e ir chocándose con gente que no conoces de nada (y que también van mirando p´arriba). Pura arquitectura vertical. Bueno, y también horizontal, que aquí se aprovecha todo. Menudos mamotretos. Lo más seguro es que, si vas andando y hay dinero en el suelo, pongamos un billete de quinientos con tu nombre y una nota al lado que diga «recógeme y gástame en lo que te haga feliz, soy todo tuyo», ni te enteres. Y es una pena, porque te vendría muy bien para ir a ver musicales, por ejemplo. ¡Son carísimos!

Chicago arquitectura
Más es más

Moulin Rouge

Hay musicales que valen un ojo de la cara y otros que valen solo un riñón. Y luego está Moulin Rouge, que te vale los dos ojos, los riñones, el hígado, un pulmón y el bazo. Eso sí, luego entras, te sientas, rezas tres padrenuestros y cuatro avemarías para que no se te siente nadie más alto que tú delante (si eres un tapón, como es el caso, las posibilidades son enormes), se levanta el telón… y una orgía de luz y de color te explota en toda la cara. A los dos minutos ya estás con la boca abierta y el culo torcido. A los diez minutos piensas que ha venido Kylie y te ha puesto un chorrito de absenta en el café cuando no mirabas. Y a la media hora has podido comprobar dónde ha ido a parar cada céntimo que has pagado, y claro, no quieres que aquello acabe nunca.

Moulin Rouge el musical
Este sitio hubiera sido la perdición de don Quijote

El cartel de la fachada ya avisa de que es algo «Espectacular, espectacular, espectacular» y, efectivamente, lo es. Si algún día lo llevan a España, sugiero que lo traduzcan como «Madre del amor hermoso, madre del amor hermoso, madre del amor hermoso», menudo despliegue.

En Moulin Rouge: el musical se han sacado de la manga tantas canciones que no vienen en la película (cada una de su padre y de su madre) que, a ratos, tienes la sensación de que no pegan unas con otras, que las han elegido un poco al tuntún. Pero, a fuerza de que nada pegue con nada, al final todo pega con todo: Lady Gaga con Britney, Tina Turner con Elton John, Dolly Parton con Katy Perry… Es el musical jukebox llevado a la estratosfera (como si, durante una noche de tormenta con rayos y centellas, el Spotify se hubiera vuelto loco y creado una playlist con doscientas canciones de amor escritas durante los últimos cincuenta años de la historia del pop y fuera saltando de una a otra sin ningún tipo de prejuicio ni control). Porque llamar medley a esto es quedarse corto, es más bien un Frankenstein pop en toda regla. Pura fantasía.

The Prom

The Prom el musical
Claro que sí

The Prom, en cambio, es un musical infinitamente más modesto (pero divertidísimo) que entra más por las orejas y menos por los ojos. Se nota que esta vez no había presupuesto para meter en el teatro un molino que gira ni un elefante azul ni para construir unos decorados de quitar el hipo ni contratar a doscientos bailarines, y ni falta que hace. Las canciones son tan pegadizas que es imposibles no hacer playback por lo bajini (con las mascarillas esto es más fácil que nunca). Muy a favor de los musicales modestos con mensaje y temazos originales, claro que sí. De este, en concreto, sales con subidón y felizmente convertido en lesbiana. La película está en Netflix, por cierto.

El fin del mundo a cucharadas
Pasión en alta mar

Chicago es como un Nueva York en miniatura: tiene todo lo que odio de Nueva York y todo lo que me chifla también, pero más concentrado (no hace falta coger tres metros, dos autobuses, un ferry y andar siete calles para llegar de un sitio a otro, y eso se agradece). Un par de consejos antes de acabar:

  • El zoo es gratis (soy un fan de los sitios gratis), pero hazte un favor y no vayas (es un lugar gratuito horrible). Los zoos deberían estar prohibidos; este y todos. No me extrañaría nada que un día el dromedario, el león, la jirafa y los orangutanes se rebelaran y nos mataran a todos (ya están tardando).
  • Y hace muchísimo viento; es mejor ir a la peluquería al volver de Chicago y no antes.

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