Hice esta foto casi de casualidad: una señora de edad respetable, con los cascos peripuestos para no perder detalle, como única espectadora de un documental sobre La Movida. No sé quién es, pero podría perfectamente tratarse de la mismísima doña Gwendolyne. Ahí está ella, dándole la espalda al mundo, recordando sus años mozos. En la pantalla, dos chicas de antaño sonríen en el baño del mítico Rock-Ola (después de un concierto de Radio Futura o de Nacha Pop probablemente) allá por 1983. Seguramente estén con el corazón contento y un poco borrachas. Doña Gwendolyne no olvida que tanto su hermana Lali como ella misma fueron jóvenes una vez, hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana. Y un poco drogadictas también, para qué negarlo… aunque no tanto como ahora, claro: entre las pastillas del reuma, las de aplacar las taquicardias, las de dormir, las de despertarse, las de regular el ácido úrico, el colesterol y las tiroides, entre las dos podrían regentar una farmacia ambulante y sacarse un dinerillo para pagarse un mes de aquagym o dos. Me río yo de las que salen en las películas de Almodóvar: para camella y yeyé, doña Gwendolyne).

¡Qué movida!
Dudo que cualquier tiempo pasado fuera mejor (y eso que todavía no se había inventado el reguetón), pero siempre que veo imágenes de La Movida me imagino a la gente ebria y con el corazón contento, enamorada de la moda juvenil, moviendo la tibia y el peroné como si no hubiera un mañana, como si nada importara y al día siguiente nadie tuviera que ir al instituto, metiéndose de todo en un parque o fumando en la parte trasera de un autobús maloliente. Sexo, drogas y tecnopop. Personalmente, era consumidor habitual de biodramina, de los que se mareaban en el autobús y acababan, muy a su pesar, en la primera fila, con la cara blanca como un folio y vomitando en una bolsa azul para desgracia del amigo conductor y vergüenza propia. Pero bueno, ahora lo recuerdo con simpatía. Con simpatía y tropezones.

A mí La Movida me pilló más bien quieto. Y la posmovida y todo lo que vino después también. Con seis años y viviendo en el pueblo, allí entre el cielo y el suelo apenas se movía nada. Alguna vaca igual. Me acuerdo de que todavía pasaba el tren, eso sí. Pero no sabía ni de dónde venía ni a dónde iba, entre otras cosas porque estaba convencido de que en mi pueblo se acababa el mundo y que no había nada más allá, que todo estaba hacía la izquierda. Del pueblo a la izquierda empezaba todo. A la derecha, la nada. El eslogan de ¿A quién ama Gilber Grape?, una película tristísima donde tenían que sacar a una señora gordísima por la ventana porque no cabía por la puerta, decía que «Vivir en Endora es como bailar sin música». Pues más o menos. Si en Nueva York no había marcha, en mi pueblo tampoco.
Mecano
Bien es cierto que en casa nunca faltaba alguna casete de los Pet Shop Boys o de La Década Prodigiosa, los cuales me salvaban un poco de convertirme en algo parecido a una vaca mirando al tren o a un señor mayor mirando las obras. En aquella época, finales de los ochenta, todavía no existían las redes sociales ni Telecinco, y tampoco se había estrenado Twin Peaks ni construido el cine del pueblo para poder permitirnos el lujo de quejarnos de que la cola de esa noche no tenía final, ¡ay, qué pesado, qué pesado! Aún así, me gustaba mucho la tranquilidad que se respiraba, sin vecinos molestos ni el ajetreo de Madrid, donde vivían los Mecano y Parchís, mis ídolos de entonces, a quienes escribía cartas (gastando su correspondiente sobre y su sello) y nunca contestaban. Pero no les guardo rencor, seguro que estaban liadísimos.

Qué maravilla el primer disco de Mecano, madre mía. Y qué chulos el segundo y el tercero. Y qué sorpresa el cuarto y perfección absoluta el quinto y qué tragedia que el sexto fuera el (pen)último. Droga dura, oiga, nada que envidiar al pastillero de doña Gwendolyne. ¡Cuánta felicidad concentrada en tan solo seis discos! Ya no se hacen canciones sobre mosquitos, focas o perras astronauta como antes, qué mal.
Bonus track
Aprovecho para compartir mis momentos favoritos del concierto de Ana Torroja el año pasado, una de las ventajas de vivir en Madrid y, seguramente, lo más cerca que voy a estar jamás de asistir a un concierto/karaoke de Mecano. Aunque, después del milagro de ABBA, ¡quién sabe!
Y aquí La Prohibida, sin miedo a morir electrocutada, demostrando que se puede cantar y fumar a la vez bajo la lluvia. Vale que, por caprichos del espacio-tiempo, ella pertenezca más a la pos-pos-posmovida, pero perfectamente podía haber estado en la primera, claro que sí.
