¿Quién es quién?

A sus setenta y tres años Maritere se ha hecho youtuber, que nunca es tarde si las recetas son buenas. Se supone que el suyo es un canal de cocina… ¡que lo es! Pero entre porrusalda y porrusalda, le gusta presumir de hazañas extraculinarias de las que se siente muy orgullosa. Como cuando se puso minifalda… antes incluso que Massiel. O de las cosas superútiles que aprendió a hacer en sus años mozos como Girl Scout: tales como tocinillos de cielo de rechupete o un torniquete con una serpiente muerta. Y no se cansa de decir lo que hay que hacer (y lo que no) si te persigue un oso en un descampado. Maritere está preparada para la vida moderna, pero las tecnologías no son su fuerte: a veces se le olvida darle al botón de grabar o de encender el horno. Tampoco sabe si tiene tres followers o cien mil, ya que no sabe dónde se mira eso. Maritere no gana para disgustos.

A Kevin Imanol su madre lo conoce como si lo hubiera parido. Puede que solo tenga once años y tres cuartos, pero ya vive en un sinvivir. Le tiene una envidia que te mueres a su talentoso hermano pequeño, y le gusta hacerse el muerto en medio del salón. Sabe que cuando haces algo muchas veces seguidas pierde un poco el efecto sorpresa, pero es su mecanismo de defensa favorito. También tiene un brazo tonto y se da un aire a Don Pimpón. Kevin Imanol no gana para disgustos.

Berta se ha despertado con un vampiro bajo el edredón. Tiene los pies fríos y los ojos rojos, lo cual entra dentro de lo normal tratándose de un vampiro. Pero también tiene los colmillos flotando en una taza de Mister Wonderful en su mesita de noche. Eso ya le llama un poco más la atención. Intenta hacer memoria de cómo ha podido llegar a esta situación tan embarazosa, pero solo se acuerda de que anoche se fue de paseo con un pene en la cabeza… y que volvió con un vampiro. Para colmo, también sospecha que debajo de su cama hay un agujero negro que se traga la ropa interior… la propia y la ajena. Una especie de vórtice textil. Berta no gana para disgustos.

Doña Mariví no está segura de si lo que siente en la tripa son mariposas revoloteando o una polilla gorda dando tumbos. Solo sabe que espiar en el balcón de su vecina, agazapada entre los geranios, le da la vida. Y no como su marido, que ya no le hace ni la fotosíntesis. El pobre bastante tiene con ser sonámbulo y pasearse desnudo por los rellanos comiendo los yogures de los vecinos. Doña Mariví no gana para disgustos (ni doña Amparo para yogures).

Se llama Virginia, más conocida como la profe de Lengua. Hay días que se aprieta tanto las ensaimadas, que se da un aire a la princesa Leia, aunque ella vive ajena a la similitud galáctica. Lleva el reguetón en las venas, y le da rabia no poder perrear a gusto. Pero esta noche anda demasiado ocupada gateando por el suelo de la discoteca, esquivando piernas, en busca del falo de su amiga. ¡O todas o ninguna! Puede parecer contradictorio, pero a cuatro patas es difícil perrear con dignidad. Aunque lo cierto es que, si estuviera de pie, Virginia tampoco estaría dispuesta a bajarse el caché más de la cuenta… por mucho que lleve un falo por sombrero. Las rebajas no van con ella, y mucho menos en la pista de baile. La profe de Lengua no gana para disgustos.

Bárbara tiene clarísimo que no hay mejor lugar para citarse con un detective privado que el cementerio. Y que hay que ir de negro y con gafas de sol aunque el cielo esté encapotado. Si tuviera una pamela de ala ancha también se la pondría, para disimular. Bien es cierto que podrían quedar en una cafetería, pero le consta que en las cafeterías los camareros tienen el oído fino. Jura que no volverá a contratar a un detective solo porque se le dé un aire a Remington Steele, aunque siempre se le olvida. Tampoco le hace ninguna gracia que la protagonista de Bárbara y los bárbaros y su secuela, Bárbara y los bárbaros: ¡qué barbaridad! se llame como ella. Bárbara no gana para disgustos.

Ringo McCartney es un héroe de acción de los de antes, de los que un día normal se tiran en paracaídas sin paracaídas y pilotan helicópteros por el carril bus aunque los otros carriles estén libres. De los que ya no abundan, vaya. Pero después de tantos años haciendo siempre lo mismo, empieza a estar harto de tirarse en paracaídas sin paracaídas y de pilotar helicópteros por el carril bus. Lo que de verdad le gustaría a Ringo es cambiar de género… y protagonizar un musical. Y ponerse a cantar y a bailar sin venir a cuento. Pero no puede. Para su desgracia, es el mejor cortando cables y desactivando bombas, y el mundo lo necesita. Y para colmo, su esposa sin nombre le asegura que canta fatal y que sospecha que no les invitan a las bodas para que no baile. Ringo McCartney no gana para disgustos.

Mari Trini está que trina. Si antes lo que le preocupaba era que su marido tuviera más pelucas rubias que calcetines en el cajón de los calcetines (y todas ellas con un flequillo italiano precioso a prueba de contracturas cervicales), ahora además se le ha caído un meteorito en el jardín. Normal que se quiera ir a vivir a un búnker bajo tierra, ya que en la superficie tiene muy mala suerte. Por no hablar de que la mujer del tiempo asegura que pronto el aire en el exterior empezará a ser irrespirable, aunque no está segura de si en el fin del mundo hará demasiado calor o demasiado frío. Una de dos seguro. Mari Trini no gana para disgustos.

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