¿Quién es quién?

¡Yo a este señor no le pienso contar nada!

Doña Mariví no está segura de si lo que siente en la tripa son mariposas revoloteando o una polilla gorda dando tumbos. Solo sabe que espiar en el balcón de su vecina, agazapada entre los geranios, le da la vida. Y no como su marido, que ya no le hace ni la fotosíntesis. El pobre bastante tiene con ser sonámbulo y pasearse desnudo por los rellanos comiendo los yogures de los vecinos. Doña Mariví no gana para disgustos (ni doña Amparo para yogures).

Berta se ha despertado con un vampiro bajo el edredón. Tiene los pies fríos y los ojos rojos, lo cual entra dentro de lo normal tratándose de un vampiro. Pero también tiene los colmillos flotando en una taza de Mister Wonderful en su mesita de noche. Eso ya le llama un poco más la atención. Intenta hacer memoria de cómo ha podido llegar a esta situación tan embarazosa, pero solo se acuerda de que anoche se fue de paseo con un pene en la cabeza… y volvió con un vampiro bajo el brazo. También sospecha que debajo de su cama hay un agujero negro que se traga la ropa interior… la propia y la ajena. Berta no gana para disgustos.

¡Pasad! ¡Pasad!

A sus setenta y tres años Maritere se ha hecho youtuber, que nunca es tarde si las recetas son buenas. Se supone que el suyo es un canal de cocina… ¡que lo es! Pero entre porrusalda y porrusalda, le gusta presumir de hazañas extraculinarias de las que se siente muy orgullosa. Como cuando se puso minifalda… antes incluso que Massiel. O de las cosas superútiles que aprendió a hacer en sus años mozos como Girl Scout: tales como tocinillos de cielo de rechupete o un torniquete con una serpiente muerta. Maritere está preparada para la vida moderna, pero las tecnologías no son su fuerte: a veces se le olvida darle al botón de grabar o de encender el horno. Tampoco sabe si tiene tres followers o cien mil, ya que no sabe dónde se mira eso. Maritere no gana para disgustos.

A Kevin Imanol su madre lo conoce como si lo hubiera parido. Puede que solo tenga once años y tres cuartos, pero ya vive en un sinvivir. Lo que mejor se le da es hacerse el muerto en medio del salón y ver qué cara pone su madre. No hace falta decir que la madre de Kevin Imanol ha desarrollado el superpoder de gritar con los ojos. Te mira y te deja sordo. Kevin Imanol y su madre no ganan para disgustos.

Oh, Dios mío, ¡qué soy la siguiente!

Ringo McCartney es un héroe de acción de los de antes, de los que un día normal se tiran en paracaídas sin paracaídas y pilotan helicópteros por el carril bus aunque los otros carriles estén libres. De los que ya no abundan, vaya. Pero lo que de verdad le gustaría a Ringo es cambiar de género… y protagonizar un musical. Y ponerse a cantar y a bailar sin venir a cuento. Para su desgracia, es el mejor cortando cables y desactivando bombas, y el mundo lo necesita. Y para colmo, su esposa sin nombre le asegura que canta fatal y que sospecha que no les invitan a las bodas para que no baile. Ringo McCartney no gana para disgustos.

Mari Trini está que trina. Si antes lo que le preocupaba era que su marido tuviera más pelucas rubias que calcetines en el cajón de los calcetines (y todas ellas con un flequillo italiano precioso a prueba de contracturas cervicales), ahora además se le ha caído un meteorito en el jardín. Normal que se quiera ir a vivir a un búnker bajo tierra, ya que en la superficie tiene muy mala suerte. Por no hablar de que la mujer del tiempo asegura que pronto el aire en el exterior empezará a ser irrespirable, aunque no está segura de si en el fin del mundo hará demasiado calor o demasiado frío. Mari Trini no gana para disgustos.

Todos ellos (y el resto de vecinos y vecinas de la plaza del Tres de Mayo) tendrán que enfrentarse al fin del mundo con su arma más poderosa: un sentido del humor a prueba de asteroides.

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