Tracy, Ghostface y otras señoras del montón

Hairspray Broadway Tracy Turnblad
Tracy

Como superfán de los musicales, siempre tuve la espinita clavada de no haber visto Hairspray en su día. Opino que es un señor musical de los pies a la cabeza que le da mil vueltas a otros con más caché y enjundia. Da tan buen rollo que las toneladas de laca que necesita Tracy para que los pelos le lleguen al techo están totalmente justificadas en todo momento. Puede que contribuya a hacer todavía más grande el agujero de la capa de ozono, el cual ya debe de rondar el tamaño de Albacete capital (guiño, guiño). Pero, por un rato, hace que te olvides de que estás en pandemia, enmascarillado hasta las cejas y con una señora tosiendo a tu lado, que no es poco. La pobre echaba mano de todos las caramelos de eucalipto que encontraba en el bolso y tenía el detalle de no toser durante las canciones, que son todas estupendas. Se la veía tan apurada como feliz, normal.

Tengo la sensación de que esta ha sido la semana posapocalíptica en que más cosas he hecho de los últimos dos años. Ha coincidido que, además de ir a bailar con Tracy al Show the Corny Collins, me he reencontrado con Ghostface (parece que no tienen nada en común, pero si hay alguien que se pasa el día más boquiabierto que Tracy Turnblad, ese es Ghostface. Almas gemelas).

Ghostface leyendo la Fotogramas
Ghostface

Como superfán también de las películas de terror, una vez tuve la oportunidad de participar en un concurso de Scream (en la foto de arriba estoy interpretando a Ghostface leyendo la Fotogramas). Tiene ya unos añitos (es de cuando se estrenó Scream 4, antes de que llevar máscara fuera tendencia y todavía compraba la Fotogramas, ay). La quinta de Scream me ha parecido (casi) tan divertida como las otras, diría que menos que la cuarta y más que la tercera. ¡Es que la cuarta es muy buena! Lo que no entiendo es que Sidney siga dando su número de teléfono a todos los maniacos asesinos adolescentes del pueblo, así le va. Debería ser un poco más discreta.

Las ventajas de hacerte fotos vestido de Ghostface son muchísimas: no tienes que sonreír ni poner cara de sorpresa ni meter tripa ni fingir un estado de ánimo diferente, por ejemplo. No me importaría hacerme fotos vestido de Ghostface siempre, aunque entiendo que habrá ocasiones en las que no proceda; como en la foto del DNI o en una boda (o en cualquier evento en que el protagonista sea otro, básicamente).

Y otras señoras del montón

Y bueno, como Scream va de reciclar gritos y autorreferencias a tutiplén, aprovecho para volver a subir esta dramatización de los acontecimientos de La guardería de maridos; no vamos a ser menos que Scream, hombre ya. Doña Amparo y doña Mariví también saben gritar, y aunque ya son un poco mayores para que las persiga ningún maniaco asesino adolescente, se les viene un asteroide encima… ¡algo es algo!

Felicidad de garrafón

Halloween calabaza pocha
Esta calabaza representa el 2021 a las mil maravillas

Si en A la caza de la calabaza suelo enseñar las hortalizas más lozanas que me voy encontrando por el barrio, Halloween va Halloween viene, hoy quería hacer una excepción y mostrar el otro lado: lo que ocurre cuando la gente se olvida de retirar a tiempo sus creaciones hortofrutícolas y las dejan ahí, delante de las casas, sin importar que la putrefacción empiece a hacer mella (en estrecha colaboración con las malvadas ardillas; ¡las muy carroñeras se las van comiendo por dentro!). Ahí sigue la calabaza, agonizante, acordándose de sus días de esplendor. La pobre poco tiene que ver con la Ruperta, por ejemplo, quien siempre lucía una sonrisa porque era de plástico y se creía inmortal; ¡así cualquiera! No sé sí la de la foto será la calabaza más triste (y pocha) del mundo, pero es la más triste (y pocha) que he visto en persona, eso seguro.

Y como diría Mayra Gómez-Kemp: “Como tristes (y un poco pochos también) son los protagonistas de mi próximo libro, ¡tarjetita por aquí!”.

Bitelchús Tim Burton
Manual para saber qué hacer después

No desvelo el título porque, aunque me gusta mucho, es tan largo que todavía no se sabe si va a caber en la portada, así que no sé. Pero me gustaría tenerlo listo a principios de este año que hoy estrenamos. Si el primero tenía título de libro de cocina (y era de humor), este tendrá un título de lo que tampoco es (y también será de humor). Quién sabe, igual así lo lee algún despistado o despistada que tenga alergia a los libros de humor y descubra que le gusta reír en la cama o en la bañera o en el autobús o en el metro, donde la distancia de seguridad con respecto al sobaco del señor más próximo no está garantizada y cualquier excusa vale para evadirse un rato.

Zombies
Manual para resucitar muertos. ¡Hazlo tú mismo!

La edad media de los personajes debe de rondar los setenta años, (entre otras cosas porque también sale un petirrojo que baja bastante la media). Se podría decir que la mayoría está con un pie en el otoño y el otro en el invierno de la vida. Y aunque en un principio iba a ser un libro de humor negro como el carbón: con la parca acechando y todos y todas haciendo testamento, al final resulta que no.

Después de casi un año dale que te pego, un día me dije: «Será mejor que repase lo que llevo escrito hasta ahora, no vaya a ser que me vuelva a salir otro tocho de cuatrocientas cincuenta páginas, ¡eso sí que no!». Y me di cuenta, horrorizado, de que no solo no estaba escribiendo sobre la muerte, como al principio pensaba, sino sobre la felicidad. Qué tendrá que ver. Y no sobre la felicidad de garrafón, sino de la otra, la que no está patrocinada por Mr. Wonderful. Menudo disgusto.

Otoño
Aquí con los pies en el otoño

Yo no sé si existe la felicidad. Solo sé que cada vez que Instagram me escupe la frase motivadora de turno, me apetece destrozar cosas y tirar el ordenador por la ventana mientras suelto algún improperio. En el edificio donde vivo las ventanas no se abren más que unos pocos centímetros; no cabe, maldita sea. Pero bueno, casi que mejor así. ¡Feliz año!

Un señor gris

Halloween plantas con ojos Steve Cutts
Bonito planeta, ¡nos lo quedamos!

El otro día me encontré con lo que parecían ser unos seres venidos del espacio exterior camuflados detrás de unas macetas (incluyo documento gráfico). Y me acordé de las musas; esas criaturas tan escurridizas que también viven en las afueras (en Xanadu, concretamente) y que solo aparecer cuando a ellas les da la gana. Como no sé cuidar de ningún ser vivo aficionado a hacer la fotosíntesis (o que dé vuelta en una pecera), en casa no hay macetas, pero ellas siempre encuentran dónde esconderse. Son muy esquivas; aunque estén ahí, delante de tus narices, a veces no es suficiente y hay que buscarlas.

Picasso decía que ojalá la inspiración nos pillase siempre trabajando… y yo añadiría que «y no en la cama ni en la ducha», entre otros lugares poco prácticos. Las musas no entienden de horarios, y nos vienen a visitar en los momentos más inoportunos (mayormente cuando a ellas les viene bien). Por ejemplo, cuando estás en un plácido estado de duermevela y no te apetece levantarte, o debajo de la alcachofa; con el agua chorreando por todas partes y sin un boli ni un papel a mano para apuntar lo que te van chivando. Son un poco egoistillas.

El fin del mundo a cucharadas de Alain Saralegui
¡Venid a verme, musas! ¡Vivo en el mismo sitio!

Bien es cierto que suelo tener el móvil cerca porque me gusta ducharme a ritmo de Kylie, pero lo más probable es que esté enchufado, a veces junto a la maquinilla de afeitar, y que la idea que me haya venido a la cabeza no sea tan buena como para correr el riesgo de electrocución. Supongo que las musas también tienen sus días: a veces están más inspiradas y otras menos. No me importa para nada ducharme en compañía, pero Kylie, las musas (juntas y revueltas) y un servidor no cabemos en una bañera tan pequeña.

Últimamente, cuando me noto inspirado (y da la casualidad de que estoy fuera de la cama o de la ducha) tengo la manía de dejar lo que estuviera haciendo, sentarme, encender el ordenador, mirar la pantalla, levantarme, coger la escoba, barrer la casa mientras le doy vueltas a lo que se me ha ocurrido, guardar el recogedor y la escoba, volver a la mesa, sentarme, mirar la pantalla y apagar el ordenador sin haber escrito una sola palabra. Es un ritual que no vale para (casi) nada, pero barro mucho y tengo el suelo medianamente limpio.

Hairspray el musical
Ni un asteroide podría parar su ritmo

El otro día, después de desayunar y barrer la casa, fui a comprar entradas para el musical de Hairspray (uno de mis doscientos cincuenta musicales favoritos).
Ya en casa, me fijé en los parecidos más que razonables que hay entre la portada de El fin del mundo a cucharadas y la de Hairspray. Y me dio por pensar que la diva doméstica podría ser perfectamente Tracy Turnblad con cuarenta años más y treinta kilos menos. Y con más problemas en el día a día y menos tiempo para arreglarlos. Y con menos pájaros en la cabeza y más rulos. Muchos rulos. Y un asteroide (no se puede negar que Tracy tiene una cara de sorpresa mayúscula, como de haberse quedado boquiabierta pensando que se le puede caer un asteroide encima en cualquier momento).

Todo esto para decir que llevo varios meses cual ermitaño, enfrascado en el segundo libro y con la cabeza en otra parte (no sé dónde exactamente, pero aquí no, desde luego). Lo único que sé es que estoy barriendo un montón.

Y como el protagonista de este vídeo, uno de los personajes del libro es un señor que, harto de vivir una existencia triste y anodina, está a punto de mudarse al otro barrio. Y, como suele pasar en estos casos, le ponen los mejores momentos de su vida pasar por delante, uno detrás del otro, como en un cortometraje (uno sin chicha ni limonada). No es que el buen hombre pensara que un recopilatorio de sus mejores días diera para algo digno de ver con un cubo de palomitas entre las piernas, pero (en un alarde de optimismo de última hora) esperaba algo un poco más entretenido. Porque hay películas buenas y películas malas, pero no hay nada peor que una película aburrida (aprovecho para recomendar Maligno y Última noche en el Soho; ¡entretenidísimas!).

De momento este personaje no tiene nombre, y me parece que así se va a quedar. Escribir sobre alguien que no tiene nombre es un poco rollo porque nunca sabes cómo dirigirte a él. Solo se sabe que es teleoperador, y que se pasa las horas dentro de un cubículo sin ventanas, con un calendario de perros como único elemento decorativo. Y que hace tanto que nadie lo llama por su nombre que a veces se le olvida quién es. Los personajes grises y deprimentes me salen solos, no sé si debería de preocuparme. Eso sí, procuro darles unas chispita de esperanza siempre que se pueda.

Al igual que El fin del mundo a cucharadas, este segundo libro también va a ser de humor. Puede que no de un humor tan negro como cabía esperar, pero sí café con leche. Sin azúcar. Quizás con un poco de sacarina, que dicen que es veneno.

A la caza de la calabaza 2021 (parte 2)

Brujas Halloween
Se buscan tres más para aquelarre.

Si tuviera una casa con jardín, además de las calabazas de rigor, optaría por plantar brujas. Ni calaveras en el balcón ni telarañas en las ventanas ni lápidas ni muertos vivientes… Brujas. Y no un par, sino seis y siete, las suficientes como para montar un aquelarre y ponerlas a danzar alegremente en corro.

También colgaría algún que otro fantasma: del techo o de alguna rama. De pequeño me gustaba mucho un programa que presentaba Leticia Sabater (cuando era amiga sobre todo de los niños y no tanto de sus padres) cuya mascota era un fantasma con boina. Ella lo hacía muy bien, pero lo que más me llamaba la atención era ver que les daban un bocadillo a los niños y niñas que iban de público, supongo que para que no desfallecieran durante la grabación. Y yo pensaba: qué detalle.

Casa Halloween
Esta casa nunca decepciona

Hay decoraciones de Halloween minimalistas y otras que son maximalistas. No hace falta decir de qué tipo es la de esta casa (aunque en la foto no se puede observar en todo su esplendor, había un cementerio completísimo rodeando la casa, con esqueletos queriendo salir de debajo de tierra, cual zanahorias o calabazas, y otros, más inteligentes, queriendo entrar. También había un par de esqueletos tomando el vermú en el tejado y otro más echándose la siesta en la hamaca). ¡Los hay con suerte!

Calabazas
Cucu

Desde luego, no hay fiesta más hortofrutícola que esta. Se ven calabazas de todos los tamaños y colores: alegres, tristes, enfadadas, ebrias, indiferentes, risueñas… y luego están las de plástico. Cuando encuentro una calabaza demasiado perfecta sospecho de inmediato. Nadie, por muy mañoso que sea, tiene el pulso tan firme ni un kit de herramientas tan eficaz que ofrezca semejante precisión quirúrgica a la hora de tallar sobre la superficie de una hortaliza (no me juego el tipo invadiendo jardines ajenos y siendo perseguido por ardillas malhumoradas para hacerle una foto a una calabaza de mentira. Hasta ahí podíamos llegar). Aprovecho para recalcar que (casi) todas las calabazas de este blog son 100% artesanales, con sus defectos y sus virtudes.

Pesadilla antes de Navidad
Zero patatero

Entre las cosas que no pueden faltar en Halloween están la gran calabaza de Charlie Brown (toda una institución y un clásico del cómic y de la tele), hacer maratones de películas de terror que emiten en bucle desde por la mañana hasta la noche (principalmente slashers con sus tropecientas secuelas) y The Rocky Horror Picture Show, que siempre vuelve por estas fechas, como el turrón en Navidad. Mención aparte se merece el merchandising de Pesadilla antes de Navidad, que más que una pesadilla es pura saturación antes (y después) de Navidad. Vaya por delante que la película me encanta, pero Jack Skellington y compañía están tan presentes durante todo el año (en forma de absolutamente cualquier objeto de decoración o prenda de vestir imaginables) que en Halloween es como si estuvieran puestos por el Ayuntamiento, por aquí y por allí, por todas partes.

Esqueleto barbería
Cuidado con las orejas

Hablando de pesadillas, en este país si vas a cortarte el pelo (como el señor de la foto), tienes que dejar propina obligatoriamente (bajo amenaza de que te rebanen una oreja o te dejen una patilla más larga que la otra) independientemente de si sales contento con el servicio o hecho un cuadro. Y lo peor es que a nadie parece importar.

Y mañana empiezan a sonar oficialmente los villancicos por la radio (es acabar las calabazas y empezar los papanoeles a bajar por las chimeneas con intenciones poco claras. ¡No dan ni un día de tregua!). Esto puede ser una pesadilla (antes de Navidad) para mucha gente, pero yo llevo todo el año preparándome para este momento. Es cuestión de quitarse las ojeras y ponerse el espíritu navideño, ningún problema.

Este año me he disfrazado de cuando trabajaba en el turno de noche: con traje y ojeras

Villancicos no tengo, pero más calabazas aquí y aquí.

A la caza de la calabaza 2021 (parte 1)

Calabazas Halloween
Póngame de todo un poco

Un año más, me dispongo a informar sobre la cosecha de calabazas en el barrio. Me ha sorprendido ver que muchas casas todavía no habían puesto las suyas, mientras que las calabazas de otros hogares ya estaban medio podridas, así que me entra la duda de si habré ido demasiado pronto o demasiado tarde. Esto es lo que ha dado de sí La caza de la calabaza 2021 (primera parte).

Halloween calabazas gay
El trío Calatrava Calabaza

He de decir que realizar la mayoría de estas fotos implica cometer un pequeño allanamiento de morada. Suelen estar colocadas en los porches de las casas o en las escaleras, por lo que es necesario penetrar en jardines o parcelas privadas de los diferentes hogares con el fin de acercarnos lo máximo posible a la calabaza o calavera en cuestión. Bien es cierto que podría hacer un zoom desde la calle, que es de todos, pero (que me perdone Valerio Lazarov) no soy muy amigo del zoom. Prefiero mil veces allanar moradas aun a riesgo de que me salga el señor o señora de la casa con pantuflas en los pies, una escopeta de cazar ciervos en las manos y una ceja levantada. La caza de la calabaza es lo más parecido que hay a El juego del calamar, y encima no gano nada, solo reconocimiento. Pero donde esté el dinero que se quite todo lo demás.

Fantasmas Halloween
La colada

Si no te apetece tallar una calabaza o eres un inútil total con las manualidades, siempre puedes colgar unas sábanas de un árbol y decir que son fantasmas. Y de paso aprovechas para hacer la colada y que se seque al viento, que es como mejor se secan las sábanas. Me estoy acordando de una vez que el viento se llevó mi edredón, pero no tiene nada que ver con Halloween; sucedió un día normal y corriente en el Barrio del Pilar, en otra vida. Nunca es una buena idea irse a dormir sin recoger la colada en una noche de vientos huracanados.

Para poder colgar cosas de un árbol no solo necesitas tener una casa con jardín, sino también un árbol propio, y eso ya es más complicado. Personalmente, veo más factible ir al supermercado a comprar una calabaza y hacerle los ojos y la boca con un cuchillito, que requiere bastante menos inversión.

Halloween caravana
La caravana calabaza

Aquí los food trucks están de moda, cosa que no entiendo porque eso de que te preparen la comida dentro de una furgoneta no parece muy higiénico. Y son carísimos, además. Pero este es bonito, por lo menos por fuera. Y no da mal rollo como el camión de los helados o un food truck normal. O las ardillas. Las ardillas parecen medio majas hasta que te persigue una. En la escala de animales que he aprendido a odiar en los EEUU los mosquitos ocupan el primer lugar, seguidos de las gaviotas y, puede que las ardillas. En realidad tampoco me caen tan mal, pero a veces no respetan la distancia de seguridad.

Halloween guillotina
Aquí la casa de veraneo de Maria Antonieta

En estos cinco años (y sus respectivos Halloweens) he visto de todo, pero es la primera vez que me encuentro con una guillotina en un jardín. Y no una de juguete, sino una guillotina de tamaño real, con un agujero donde cabe perfectamente una cabeza, como la que usaban Maria Antonieta y Miércoles Addams, entre otras celebridades. Me pregunto si lo tendrán ahí todo el año. Desde luego, como método disuasorio lo veo más eficaz que el típico cartel anticacos de Prosegur que nadie se cree. ¡Cualquiera se acerca a una casa con una guillotina delante de la ventana! Bueno, yo me acerque un poco para hacer la foto, pero porque paso de hacer zoom.

Calabazas halloween
¡Colecciónalas!

Mientras elijo las calabazas más bonitas para la segunda parte, dejo la cosecha del año pasado aquí y aquí.

También me puedes seguir en Instagram.

Continuará…

Bonus 2

Universal Studios Hollywood
En Hollywood cualquier pared es un Photocall

Como hice tropecientas fotos en Hollywood y algunas se me quedaron en el tintero, me saco este post de la manga como excusa para poder incluir algunas de ellas (como el típico capítulo de una serie donde no pasa nada o las canciones de relleno de los primeros álbumes de Kylie o los extras de un DVD). Este es ese post.

En Instagram acabo de decir que estas fotos no tienen nada que ver entre ellas, que son totalmente random, elegidas al tuntún, y me he quedado tan pancho. Pero después de pensarlo unos minutos, me he dado cuenta de que a lo mejor hay más de una conexión entre ellas, así que voy a intentar hilar fino, a ver.

En la primera foto, por ejemplo, estoy delante del cartel de los estudios Universal…

Cher Judy Garland Elvis Presley
Un montón de estrellas y una palmera

… Como universales son también toda esta gente de este mural (¡tarjetita por aquí!). Me pregunto a quién se le ocurrió juntar en la misma fachada a celebridades tan dispares, cada una de su padre y de su madre, y a una hermosa palmera. Ahí están, juntas y revueltas: Judy Garland, Bruce Lee, Cantinflas, Carol Burnett, Elvis Presley o Cher, mismamente.

Nancy Sinatra
Con botas y a lo loco

A Cher su marido le escribió, entre otros, ese temazo llamado Bang Bang (My Baby Shot Me Down), que también grabó (creo que el mismo año, además) Nancy Sinatra. Yo no sé cómo me sentiría si mi marido me escribe una canción y poco después se la ofrece a otra, pero bueno. En este caso concreto, la canción es tan rematadamente buena que da igual quién la cante. Y lo que es más importante, Cher y Nancy son amigas en Twitter. La propia Cher regrabaría la canción en los ochenta, cuando se recicló en cantante de rock, y la seguiría cantando en sus conciertos con una espectacular peluca que era como una escoba gigante al revés. Eso sí, la versión que se ha hecho archiconocida es la de Nancy, en gran parte por culpa del primer Kill Bill, que casualmente es la película favorita de Martina, la hija miope de Batman.

Blake Edwards
Desayuno con diamantes, El guateque, La pantera rosa, Victor o Victoria…

Y con Batman no sé, pero con Nancy Sinatra compartió la portada de una revista la gran Julie Andrews, quien estuvo media vida (o más) casada con Blake Edwards, y los dos juntos nos regalaron ese peliculón que es Victor o Victoria, la sofisticación hecha comedia. Gracias a una de sus canciones nunca se me olvida que Chicago no está en Michigan, sino en Illinois. Muchas gracias.

Grease Rydell
El highlight del viaje

Y es en Chicago precisamente donde se ambientaba originalmente Grease, el musical de Broadway. Para la película hicieron un montón de cambios, entre ellos: rebautizar a Sandy y a los T-Birds, quitarles (sin ningún tipo de miramiento) todas y cada una de las canciones a los personajes secundarios (menos a Rizzo, afortunadamente) y trasladar el instituto Rydell de Chicago a California. Claro que también incluyeron canciones nuevas impagables. Pero vamos, que no seré yo quien critique mi película favorita de todos los tiempos, de visión obligada cada vez que la dan por la tele, claro que sí.

Donna Summer
D-I-S-C-O

Aquel año, Grease estaba merecidamente nominada al Oscar a la mejor canción por Hopelessly Devoted To You, pero si Olivia ya tuvo la mala suerte de competir con Abba y su Waterloo en Eurovisión, en los Oscar se tuvo que rendir no ante Napoleón, sino ante Donna Summer y la morrocotuda Last Dance de ¡Gracias a Dios es viernes! (una película cien por cien discotequera que se apuntó al carro de Fiebre del sábado noche y del que ya pocos se acuerdan, como de ¡Que no pare la música! de los Village People), de pequeño me tenía fascinado. A estas películas les pasa un poco como a Xanadu, que son maluchas pero lo compensan con unas bandas sonoras de escándalo. Y en este caso también un póster maravilloso. Y salen Donna Summer haciendo de Donna Summer y Jeff Goldblum haciendo de Jeff Goldblum. A reivindicar totalmente.

Mars Attacks Tim Burton
Meeeeeeeeeeeec!!!!

Y hasta aquí llega mi capacidad de relacionar fotos descartadas; no se me ocurre qué pueden tener en común Donna Summer y los marcianos de Mars Attacks… Alguna conexión debe de haber seguro, que en Hollywood parece que nada tiene que ver con nada y luego todo cobra sentido. La magia del cine lo llaman.

La invasión de los ultrarrobots

El hombre de hojalata de El mago de Oz
Te voy a arrancar el corazón. Mira, así

Después de las mariquitas gigantes, del bate de béisbol gigante y de la sartén gigante, ¡llegan más cosas gigantes! Son ese tipo de cosas que es imposible no ver cuando vas paseando por la calle; ignorarlas no es una opción. Si te preguntan si te ha gustado el hombre de hojalata de quince metros que han puesto en la esquina, no puedes poner cara de loco y contestar: ¿Qué hombre de hojalata? Queda raro.

Esta semana no se habla de otra cosa. Nada de comentar el tiempo en el ascensor, todo es si has visto esto o lo otro. ¡Como para no! A mí estas cosas me gustan, aunque lo de tener que ir mirando hacia arriba todo el tiempo es una lata. Y no solo por el peligro de tortícolis que implica patearse las calles admirando cosas más grandes que tú, también porque cada segundo que no vas mirando al suelo es una oportunidad perdida para encontrar dinero. Ya sé que este es un tema recurrente en este diario-posavasos, pero en todo el tiempo que llevo aquí solo he encontrado céntimos (y si me obligan a mirar arriba todo el rato no creo que la cosa mejore). A día de hoy, y con los números en la mano, la realidad es que las ventas de mi libro no me dan como para dejar de mirar al suelo, ¡ya me gustaría!

Mickey Mouse de la Plaza Mayor
¡Matar a todos los humanooooos!

Nos han plantado un Mickey Mouse de chatarra en el césped. Vale que, a simple vista, se parece más al de la plaza Mayor que al original de Disney World, pero si se le mira de cerca tiene su aquel. He estado dos veces en Disney World y muchas veces en la plaza Mayor, y he de decir que en realidad no se parece a ninguno… afortunadamente. El Mickey de la plaza Mayor da auténtico terror, yo no sé cómo se atreven los niños y niñas a acercarse para hacerse fotos con él (tiene la cabeza demasiado pequeña y la nariz demasiado alargada, más que un ratón parece una rata de alcantarilla). Pero es que el de Disney World tampoco es que me inspire demasiada confianza: solo el pensar que dentro va un señor bajito o señora bajita sudando como un pollo (y puede que con cara de pocos amigos) rompe por completo la magia. Aunque peor es lo de las princesas Disney, que van a cara descubierta y se ve a la legua que son unas impostoras todas.

Canciones para robots románticos Fangoria
¡Que no quede ni uno! Bip, bip

Vaya por delante que me gustan casi todos los tipos de robots que hay en el cine y en la literatura: los positrónicos de Asimov, los humanoides de The Twilight Zone, la que limpia de los Jetsons, el malo de 2001, los replicantes de Blade Runner… pero del que nos han aparcado al lado de casa no me fío. Además de su aspecto claramente amenazante, me he enterado de que por las noches escupe fuego…

ACTUALIZACIÓN: Comprobado, este robot por la noche es un robot lanzallamas, madre del amor hermoso (dejo un video de demostración en Instagram).

Creo que voy a buscar una ruta alternativa para no tener que cruzar delante de semejante armatoste… Prefiero mil veces pasar por debajo de una azotea desde donde dos esqueletos gigantes tiran cosas a la gente que pasa por debajo (y nada de cosas blandas o que rebotan; cosas contundentes y descalabrantes más bien. Como macetas o pianos).

Esqueletos en Halloween
¿Cómo se puede fallar desde tan cerca? ¡Déjame a mí, anda!

Y eso que todavía queda un mes para Halloween. ¡Cada año empiezan antes! Cualquiera se atreve estos días a dar una vuelta por la noche; me imagino al hombre de hojalata, a Mickey, al robot y a los esqueletos cobrando vida y caminando, calle arriba y calle abajo, lanzando rayos por los ojos y destruyéndolo todo a su paso. Especialmente tiendas de novia y los restaurantes caros, que hay demasiados.

Super Trouper 2.0

Mamma Mia: Una y otra vez. ABBA. Cher.
¡Que aquí vamos otra vez!

Si hay dos canciones de ABBA que no soporto son Chiquitita y Fernando (en esto coincido con Los fresones rebeldes). A la segunda le he acabado por coger el punto por culpa de Mamma Mia! Una y otra vez, pero con Chiquitita no puedo, no puedo. Y hasta aquí lo único malo que se me ocurre decir de ABBA, el mejor y más estiloso grupo de la historia del pop de aquí a Marte.

Anda que no ha llovido desde el Abba Gold, uno de los primeros CDs que rayé de tanto escucharlo. Por aquel entonces, ABBA volvían a estar de moda gracias a La boda de Muriel (un dramón que, gracias a sus canciones, se la recuerda infinitamente menos oscura de lo que es) y la maravillosa Priscilla, reina del desierto… (¡Y todavía hay quien se pregunta que qué ha hecho Australia para merecer estar en Eurovisión).

Recuerdo que me hacía una ilusión tremenda que Frida y Agneta repitieran mi nombre 200 veces en el estribillo de una canción, hasta que un fatídico día se me ocurrió buscar la letra y descubrí que no, que se la cantaban a una tal Elaine. Luego se sacaron de la manga Mamma Mia, el musical (con unos quince minutos finales tan orgásmicos que, si no dabas palmas con las orejas, es que estabas muerto por dentro), y hasta hoy. Nunca se me olvidará el comentario que hizo la presentadora de las noticias, en un alarde de objetividad informativa, dando a entender que qué horror, ya vuelven estos horteras al ataque una y otra vez. ¡Dame paciencia, Agneta!

Museo de ABBA en Estocolmo. Waterloo. Eurovisión.
Lupe, un servidor, Agneta y Antonio después de ganar Eurovisión

Esta foto es de cuando fuimos al Museo de ABBA, que está en los bajos de un hotel en Estocolmo y donde los imanes para la nevera valen un ojo de la cara y los posavasos un riñón. La planta de arriba es todo de ABBA y te dan ganas de quedarte allí a vivir (hasta el helicóptero de la portada de Arrival tienen ahí metido), y la planta de abajo está dedicada a otros artistas suecos de renombre, tales como Ace of Base, Roxette, Alcazar o The Cardigans. ¡Qué país!

Abba son también los responsables de que Eurovisión dejara de ser un concurso de melodiosos señores y señoras cantando en blanco y negro para convertirse en una locura pop (hortera y luminosa a más no poder) con la mejor canción belicofestiva jamás escrita. Y de aquí a tocar el cielo pop con más temazos de los que pueden caber en un recopilatorio (no entiendo que As Good As New y The Visitors no fueran megaéxitos y que tampoco las incluyeran en ninguna de las películas. Ya solo por eso, se justifica una más que necesaria Mamma Mia 3, con Meryl Streep todavía muerta y el resto en un geriátrico de lo más marchoso en una isla griega, claro que sí).

ABBA voyage. Abbatars. Avatars. La casa azul. Guille Milkyway.
Esta noche solo cantan para nosotros

Casi 40 años, decenas de derrotas eurovisivas y una pandemia después, a la Princesa Leia le ha salido una seria competencia (por cierto, los ABBAtars se parecen sospechosamente a los androides que La Casa Azul desenchufó en Esta noche solo cantan para mí). Vaya por delante que los conciertos en hologramas de gente muerta me parecen todos espeluznantes, pero después de ver las primeras imágenes, parece que esta vez podría ser diferente… para bien. Para empezar, los miembros de ABBA están vivos y se han enfundado los trajes de Super Troupers (con sensores de movimiento como en las películas de King Kong, que si hay alguien más grande que King Kong son ABBA). Y, de la misma manera, si hay un grupo que se merece tener ABBAtars son ABBA, que para eso tenían ya la mitad del nombre. Y, por si fuera poco, las dos nuevas canciones son preciosas.

A partir de hoy, el mundo vuelve a ser un lugar un poquito mejor. Así que nada, que Thank You For the Music… otra vez.

Todo es mentira

Springfield. Los Simpsons.
Menos Springfield, que es real

Después de visitar los estudios de la Warner Bros y de Universal, he de confirmar las sospechas que todos hemos tenido alguna vez: el cine es una patraña y las series de televisión una mentira como una catedral (una catedral de cartón piedra, claro).

Es alucinante todo lo que puede ocurrir en el interior de una anodina nave industrial, donde lo mismo construyen un aeropuerto, que un barco vikingo o la cocina de Maripuri. O un barco vikingo por la mañana y la cocina de Maripuri por la tarde. O incluso un barco vikingo y la cocina de Maripuri al mismo tiempo (con las cámaras estratégicamente colocadas para que, cuando Maripuri finja fregar los cacharros en un fregadero de mentira, no se vea el barco que tiene a medio metro, con la proa casi rozándole los rulos). ¡La magia del cine es real como la vida misma!

Dallas. Sue Ellen. JR.
Que el bar de Moe y Sue Ellen vayan seguidas es pura coincidencia, lo juro

Estas son las botas y el sombrero que J.R. lució en Dallas. Detrás había una tele emitiendo imágenes de la serie en bucle, y el destino quiso que, justo en el momento de hacer la foto, apareciera Sue Ellen mirando con desprecio las botas y el sombrero de su exmarido (pelín ebria y harta de todo, como siempre). Sue Ellen era maravillosa, y tenía razón la mayor parte del tiempo. Me atrevería a decir que esta serie (junto con Santa Bárbara, Falcon Crest, Dinastía, Heidi, Melrose Place y Los ricos también lloran) fue una de las razones de mi déficit de atención desde quinto de EGB hasta segundo de carrera, más o menos. No pensaba en otra cosa.

Se ha escrito un crimen. Dolly Parton. Jessica Fletcher.
La casa más divertida de Texas tampoco está en Texas

Esta es una de las casas donde, entre asesinato y asesinato, Jessica Fletcher tecleaba sin descanso en Se ha escrito un crimen (no es la de Cabot Cove, pero como buena escritora de best sellers, Jessica se podía permitir el lujo de tener varias viviendas. Supongo que cuando eres escritora de misterio y no para de morirse gente allí donde vas, te vale para coger ideas y te salen novelas como churros, ¡así cualquiera!). Si escribiera humor, estoy convencido de que se hubiera tirado por la ventana (del segundo piso) antes de terminar la primera temporada.

Yo a Jessica le debo pleitesía. No es casualidad que un personaje de mi libro sea una copia descarada un homenaje a ella. Se llama Pamela Cienfuegos, también es un poco gafé, y es autora de Pasión en alta mar, A las cinco en el pajar, Átame con tu nudo (marinero), Bárbara y los bárbaros: ¡qué barbaridad!, Sola con un desconocido: si lo sé no vengo o Frenesí en el autobús, entre otras novelas de amor y misterio (todas están en El fin del mundo a cucharadas).

Esta casa también fue el puticlub que regentaba Dolly Parton en La casa más divertida de Texas. Porque sí, las casas de decenas de series de televisión y de cientos de películas son la misma, solo cambian cuatro cosas para que no nos demos cuenta. Wisteria Lane, por ejemplo, es una calle cortísima con tres casitas y cuatro matorrales. Nos engañan.

Psicosis. La casa de Norman Bates. Alfred Hitchcock.
Jessica Fletcher y la madre de Norman Bates eran vecinas

Justo enfrente de la casa de Jessica y de Dolly, se encuentra este casoplón (imposible no oír violines sonar en la cabeza). No necesitan presentación (aprovecho para reivindicar Psicosis 2) y solo diré que se hacía raro no verlo encima de una loma solitaria. Incluso a pleno día y bajo la solana daba un poquito de respeto pasar por delante. Me hubiera gustado hacerle una foto más decente, pero al señor que conducía el carrito en el que íbamos no le pareció una localización lo suficientemente interesante como para parar medio minuto, ya le vale. El motel Bates está pegado a la casa, como no podía ser menos (creo que no quedaba ninguna habitación libre).

Friends. Phoebe y Rachel corriendo.
¡Corre, Phoebe!

Puede parecer un parque normal y corriente, con su banco para dar de comer a las palomas y su árbol, pero de normal y corriente tiene poco. Es el lugar exacto donde Phoebe corría cual grácil gacela (y Rachel se moría de la vergüenza) en un capítulo de Friends. Porque si las casas que salen por la tele son casi todas la misma casa, los parques son el mismo parque. Este tiene la peculiaridad de que, por muy de mentira que sea, tiene la fuente (la de verdad, que hasta echa agua) de la cabecera Friends. La serie se grababa con público en una de estas naves anodinas, y la fachada del edificio donde vivían está en Nueva York. ¡Otra milonga!

Tiburón. Spielberg. Amity Island.
¡A bañarse todo el mundo!

Cuando escribo esto ya no estoy en California, sino en Michigan, que es donde vivo y hace un frío que pela la mitad del año (y fresquete la otra mitad, como en Arendelle). Aquí no hay playas (porque no hacen falta), pero a cambio tenemos un montón de lagos, con el agua helada, que en invierno lo mismo valen de pista de patinaje como para pescar salmonetes haciendo un círculo en el hielo. En Hollywood es al revés, hace sol todo el tiempo. Pero no importa, porque cuando les apetece que llueva, pulsan un botón y se pone a llover. Y si les apetece una inundación, pulsan otro botón y tienes una inundación. Y la nieve es de corchopán. Y el granizo son pelotas de pimpón. Y así todo.

Y hasta aquí el tercer (y último) capítulo sobre Hollywood y Los Ángeles, donde nada es lo que parece. Pero nada de nada.

The End.

Manos, pies y playas

Cher. Manos. Teatro chino. Hollywood.
No me pienso lavar las manos en los próximos cinco segundos por lo menos

Si hay algo más laborioso que hacer una foto con una estrella o con el cartel de Hollywood (donde tienes que elegir si quieres que el cartel salga lejos o muy lejos), es hacerte una foto con las manos y los pies de las estrellas de Hollywood. No porque haya que hace nada especial, sino porque el Teatro Chino (que es donde están las manos y los pies con pedigrí) es uno de los sitios más concurridos de todo Hollywood. A saber: el primer día lo cerraron porque preparaban el preestreno de una película, el segundo día también estaba cerrado porque era el día del preestreno de la película en cuestión, el tercer día estaba abierto pero habían tapado el suelo con una alfombra (roja, por supuesto) porque venía Hugh Jackman a hacer sus cosas y se lo tapizaron. Y el cuarto y último día pude, por fin, colarme un momentito para comprobar, patidifuso, que Cher y un servidor tenemos la misma talla de manos (¡por poco me voy sin saberlo!). Pensé en no lavarme las manos nunca más, pero no me quedó más remedio que echarme gel hidroalcohólico cinco segundos después de inmortalizar el momento (por un tema estrictamente pandémico).

Julie Andrews. Manos. Teatro chino. Hollywood.
Y eso que todavía no había hecho Victor o Victoria

Mis manos (bueno, y las de Cher) son pequeñas, ¡pero es que las de Julie Andrews eran diminutas! Supongo que es porque normalmente todo lo de los famosos de otras épocas nos parece más pequeño a día de hoy (recuerdo que, cuando vi el vestido de Blondie y las botas de Ana Curra, pensé que estaba en el museo de Barbie o de alguna muñeca insultantemente flaca, era todo como ropa de Lilliput. Es increíble que pudieran caber ahí dentro).

Cuando le estaba haciendo la foto a la estrella de Alan Menken (autor de las magníficas canciones de La pequeña tienda de los horrores y de casi todas las películas de Disney de los noventa, ahí es nada), un señor que vivía en la estrella de al lado escupió tan fuerte que me temí lo peor. Y otro disfrazado del Joker me dijo una cosa muy fea por llevar una camiseta de Batman. Y otro nos quiso vender una bicicleta que llevaba escondida dentro del abrigo. Nunca había visto tanta gente hablando sola por la calle ni gritando ni rompiendo cosas. Miraras donde miraras, había algo de acción.

Alan Menken. Paseo de la fama. Hollywood.
A sus pies

Total, que creía que la alfombra roja la ponían para darle más caché a las entregas de premios y para que quedara más bonito todo por la tele, pero ahora ya sé que la ponen para tapar la mierda que hay debajo. Las aceras de Hollywood son como el suelo de una discoteca a las tres de la mañana, te puedes quedar pegado para siempre a cualquier hora. Si en La La Land cantan City of Stars y no City of la inmundicia será por una cuestión de rima o de métrica; si no, no lo entiendo. Hasta una rata (grandecita) aplastada en medio de la acera vimos. Ahora el metro de Nueva York me parece que está como una patena comparado con el de Los Ángeles, que es (y me quedo corto) el inframundo.

Los vigilantes de la playa. Venice.
En el 99% de los tándem uno pedalea y otro no, como tiene que ser

Venice es la típica playa que sale en las series donde siempre es verano y todo el mundo va en bicicleta o en patines, como en Xanadu. De hecho, creo que algunas escenas se rodaron por aquí, entre palmera y palmera. Esta parte de la ciudad es tan bonita y huele tan bien que por un momento se te olvida dónde estás. Solo ves kilómetros y kilómetros de playa (y sus correspondientes casetas de socorrista como los de Los vigilantes de la playa repartidas por aquí y por allí). Eso sí, más que surfistas, gente ahogándose o socorristas corriendo a cámara lenta (que es lo que uno espera ver en un sitio así), lo que abunda son parejas de enamorados pedaleando en tándem por el carril bici. También jipis danzando en el parque (luego me enteré de que estamos estrenando la Era de Acuario, que es algo que ocurre de Pascuas a Ramos y que lo trastoca todo: desde el clima hasta la economía mundial o el precio de los pimientos). Pero vamos, viendo cómo nos han ido las cosas en la era anterior al de Acuario, no sé si esto debería preocuparnos o aliviarnos.

Los vigilantes de la playa. Santa Mónica.
Esta playa no se acaba nunca, solo cambia de nombre

Y al lado de la playa de Venice está la playa de Santa Mónica, famosa en el mundo entero por la noria que hay en el puerto y por ser donde acaba la archiconocida Ruta 66. Aquí, más que patinar o andar en bicicleta de dos en dos, lo que les gusta a los oriundos es pescar, una actividad que se hace en soledad (y con tres millones de turistas mirándote). Mientras admiraba el océano, anonadado por su infinita belleza, un pescador con escasa experiencia por poco me da con la caña en la cabeza, pero me gustó el sitio.

¡Continuará!

Grease

Grease. Instituto Rydell.
Aquí pasaron cosas

Y yo que creía que, cuando Cher vino a cantar al lado de casa (pero al lado, al lado), había tocado techo en esta aventura americana… ¡Qué equivocado estaba! Ahora sí que sí, esto va a ser difícil de superar, madre del amor hermoso. Aquí es donde Danny y Sandy estudiaron (es un decir) entre 1959 y 1960, y Stephanie y Michael hicieron lo propio (ejem) entre 1960 y 1961. Frenchy estuvo los dos cursos, que tonta no era. También es donde Britney grabó el videoclip de …Baby One More Time. Vamos, que no es un instituto cualquiera.

Para mí, poder visitar Rydell ha sido comparable a lo que puede significar para un fan de Star Wars visitar el Halcón Milenario, por ejemplo. Algo increíble. En realidad se llama Venice High School, y es un instituto de verdad (cada fin de curso celebran una fiesta temática de Grease y obligan a todos los alumnos a ver la película, como está mandado). Bien es cierto que, cuando sonó el timbre de final de clase (y empezaron a salir hordas y hordas de estudiantes), me sentí un poco como Rizzo en la película, un poco mayor para estar allí… pero muy feliz.

Grease. Brillantina fugaz. Canal.
Grease Lightnin‘ viene de aquí

Este es el canal donde hacen la carrera de coches al final de la película y (spoiler) Danny le gana a Cara de cráter, que para algo su coche era automático, sistemático e hidromático, ahí es nada. Costó un poco llegar (el centro de Los Ángeles pequeño no es), pero mereció la pena. Actualmente, el viaducto está cerrado y nadie puede bajar a hacerse la foto sentado en un ladito como cuando Sandy, harta de ser buena y de llevar el pelo liso, canta Look At Me, I’m Sandra Dee (Reprise), lo cual es una pena. Afortunadamente, y aunque hayan pasado cuarenta y cuatro años desde Grease, hay lugares que sí que siguen (más o menos) igual y todavía se pueden visitar…

Grease. Casa de Frenchy.
A saber cuántas veces han cambiado las cañerías, pero bueno

¡Como la casa de Frenchy! No me extraña que la pobre repitiera curso, porque esto está a tomar por saco del instituto. No la culpo, yo también hubiera repetido con tal de pasar más tiempo en Rydell (incluso si hubiera vivido a un tiro de piedra), ¡claro que sí! El barrio se llama Los Feliz y es bastante feo. Estoy señalando el punto exacto donde Rizzo hacía descenso de cañería para irse de marcha con los chicos mientras las demás Damas Rosas se quedaban en casa bebiendo vino para postre y viendo anuncios en la tele o cantándole a una piscina hinchable. Cada quien a lo suyo. Ahora la casa está dividida en cuatro apartamentos (que es lo que se lleva aquí), y puedes oír a los vecinos todo el rato.

John Travolta. Paseo de la fama. Hollywood. Grease.
Aquí una estrella

En Grease salen muchísimas estrellas del Hollywood de los años 50 y 60 (cantando, bailando y riéndose de sí mismas), pero es que en el Paseo de la Fama hay más estrellas en el suelo que en el cielo, una cosa rarísima. No solo están las de cine, sino también las de televisión, las de teatro y las de música (incluso hay gente como Walt Disney o Hitchcock que tienen, merecidamente, más de una estrella cada uno, una por categoría).

Cuando llegas, quieres hacerte la foto con (casi) todas las estrellas; te faltan ojos y te mareas de tanto mirar al suelo y esquivar pies de gente. ¡Pero te da igual! Pronto te das cuenta de que es una tarea totalmente inabarcable, y optas por hacerte la foto con las estrellas que más te gustan, con ninguna más. Luego ya te pones más estricto (y realista) y solo te agachas delante de las que son realmente importantes y/o especiales (según tu experto criterio sin parangón, eso sí). Hasta que, más pronto que tarde, llega un momento en que ya no puedes más con tu alma y decides caminar mirando al frente, como si estuvieras en una calle cualquiera. Ya he dicho en otras ocasiones que me gusta ir por la vida mirando al suelo (por si hay suerte y encuentro dinero), pero como en Hollywood esto lo hace todo el mundo, las probabilidades de chocarte con gente que también va mirando al suelo son infinitamente más altas que las de encontrar dinero, así que no sale a cuenta. No lo recomiendo.

Olivia Newton-John. Paseo de la fama. Hollywood. Grease.
Aquí otra estrella

Las estrellas de Travolta y de Olivia están muy cerquita la una de la otra, como tiene que ser. Pero conseguir una foto decente no es tan sencillo como parece (aunque ya es más fácil que lograr una foto pasable del cartel de Hollywood sin tener que subir al monte). Primero, hay que encontrar las estrellas que te interesan (y rezar para que no haya nadie durmiendo/despatarrado encima ni que hayan instalado un puesto de perritos calientes o de cualquier otra cosa justo delante, detrás o sobre la estrella en cuestión). Tienes que ver también que la meteorología acompañe y que el sol no deslumbre las letritas doradas (y que al menos se pueda leer lo que pone). Lo mejor es hacer la foto por la mañana, cuando acaban de limpiar las aceras y todavía no han pasado trescientos millones de pies calle arriba y calle abajo, como pollos sin cabeza, haciendo lo mismo que tú. Cada segundo que pasa, las estrellas se van apagando poco a poco y cubriéndose de mugre… hasta quedar irreconocibles. La búsqueda de estrellas es una actividad tan entretenida como estresante.

La verdad es que, para ser la calle con más glamur por metro cuadrado del mundo, está sucísima (no hablo de suciedad normal, sino de suciedad nivel estratosférica). Y, si te arrodillas o te sientas en el suelo para salir de cuerpo entero en la foto, es recomendable quemar los pantalones y los calzoncillos nada más llegar al hotel, así como darte una ducha o fumigarte con gel hidroalcohólico o lejía.

Michelle Pfeiffer. Paseo de la fama. Hollywood. Grease 2.
Grease 2 también tiene su representación, ¡faltaría más!

Y hasta aquí el monográfico de Grease. Este es el primer capítulo del viaje a Los Ángeles, la ciudad más horrorosamente fea y sucia que esconde los lugares más maravillosos… Solo hay que encontrarlos. ¡Continuará!

Atardece, que no es poco

Amanecer.
6:21

Vengo de pasar un par de días al este de Michigan, que es una zona donde hay árboles, lagos y faros a tutiplén. Es imposible dar tres pasos sin darte de bruces con un árbol, un lago o un faro. No por nada llaman a esta parte de los Estados Unidos Los grandes lagos, porque otra cosa no, pero agua hay por todos lados. Estos lagos son inmensos y tienen olas (mi sonido favorito después del de un río o arroyo), y si no hay tiburones ni cocodrilos es porque el agua es demasiado fría… No me extraña. Lo que sí que hay son barcos hundidos y muchos patos. Es normal ver a la gente bañándose rodeada de patos como si tal cosa, actividad que me parece un poco antihigiénica y temeraria. He de decir que no tenía nada contra los patos hasta que llegué aquí y vi las malas pulgas que se gastan, ¡qué animales tan antipáticos! No me baño con ellos ni loco.

Esos monstruos con plumas no dominan el mundo porque no quieren

Otra cosa que hay en los lagos son amaneceres y atardeceres. El de la primera foto es un amanecer. Duró unos dos minutos (desde las 6:21 hasta las 6:23), y me picaron cuatro mosquitos (dos por minuto), así que un minipunto menos para el amanecer. Si ya cuesta madrugar, que encima te piquen los mosquitos y no te puedas volver a dormir me parece el colmo (igual que tener una casita en el lago y tener que salir tapado de pies a cabeza). No exagero si digo que preferiría mil veces que hubiera tiburones antes que mosquitos. Y cocodrilos antes que patos. Cambiaría totalmente el ecosistema acuático de por aquí, yo creo que para bien.

Atardecer.
Atardece, que no es poco

Las siguientes dos fotos son de un atardecer. Aquí no me picó ningún mosquito, un minipunto para el atardecer. Y como para disfrutar de un atardecer no hace falta madrugar ni nada, otro minipunto más, ya van dos. También vi un gato muy bonito y un colibrí. Hay muchos animales de los dibujos animados que he podido ver en vivo y en directo (o muertos y en directo) por primera vez; por ejemplo, las mofetas. No tenía ni idea de que las mofetas aplastadas en la carretera huelen a porro, ¡ni tan mal! También he visto zarigüeyas y luciérnagas, ciervos y ardillas de todos los colores, tamaños y velocidades. Y gaviotas con picos de tres metros. Y águilas cazando ardillas en la acera de enfrente. Como vivir en Waku Waku, igual.

Para concluir, diré que los amaneceres me parecen más majestuosos y espectaculares, pero que los atardeceres son menos exigentes, así que lo dejo en empate, será lo mejor.

Ariel. La sirenita.
Ariel es la bomba

Además de árboles, lagos y faros, en el este de Michigan también hay tiendas de souvenirs, que son esos establecimientos que venden cosas carísimas que no sirven para nada (o que valen para algo pero que puedes encontrar lo mismo o mejor en otro sitio). Por ejemplo, esta bomba de La Sirenita, muy útil si te quieres dar un baño relajante (en soledad o en compañía de alguien o algo que no sea un pato a poder ser). Y si, además, te gusta que la espuma llegue hasta el techo, no se hable más. La idea es buena, pero pagar ocho dólares por una bola de detergente me parece excesivo, por muy de La Sirenita que sea. Vaya por delante que soy superfán de La Sirenita, pero estoy convencido de que con tres botes de champú (o uno de lavavajillas) consigues la misma cantidad de espuma (y más barato).

Viejoven

El fin del mundo a cucharadas. Guardamascarillas.
El portamascarillas

Como quien no quiere la cosa, hace un año ya que salió El fin del mundo a cucharadas. Recuerdo que era julio porque había leído que el verano no era la mejor época para publicar un libro, pero pensé: ¡Cómo que no! ¿Acaso la gente ya no lee en la playa? También estábamos en una de las peores fases de la pandemia, pero pensé: ¡Qué pandemia ni qué pandemia! ¿Acaso la gente no lee en pandemia? Eso sí, como el libro trata sobre el fin del mundo, no estaba muy seguro de si era el mejor momento para reírse de ello, pero pensé: ¡Siempre es buen momento para reír! ¿Acaso la gente no se puede reír del fin del mundo cuando el mundo se acaba? Y cuando me puse manos a la obra y vi que me salían más de cuatrocientas páginas de libro y que menos es más, pensé que a lo mejor sería buena idea dividirlo en dos partes, como El Quijote. Pero me dije: ¡Cuanto más gordo más bonito quedará en las estanterías! ¡Adelante con todo!

Y tras mucho pensar y de tomar algunas decisiones estratégicas sin igual, llegó el fin del mundo y hasta hoy.

Mary Poppins.
Mary Poppins, sus zapatos y los niños. Faltaba Bert

Y si en Detroit devoré los nuggets de pollo que más rápido he comido en mi vida, ayer tuve ocasión de degustar la hamburguesa que más rápido (y con más tensión) he comido jamas. Bien es cierto que las circunstancias no podían ser más diferentes (mientras que en Detroit estábamos en un oscuro Burger King con mamparas antibalas, ayer fuimos a una hamburguesería de lo más luminosa y amigable), pero fue igual de emocionante. Básicamente, podías saborear una hamburguesa mientras un montón de drag queens daban patadas bailaban a tu alrededor. Levantaban tanto (y tan cerca de tu hamburguesa) las piernas que había que tener muchísimo cuidado para que alguna no te diera una patada voladora (era altamente recomendable tener un ojo en la comida y el otro en cualquiera que se te acercara subida a unos andamios, canta que te canta y cobra que te cobra, ya que había que darles propina cada cinco minutos). Menos mal que para la séptima canción te acostumbrabas a vivir con el peligro y ya te podías relajar un poco, pero tampoco mucho.

El plato fuerte era Tatiana, participante de la segunda edición de RuPaul’s Drag Race (aunque yo hubiera preferido que fuera Pupi, que me río más). No tengo documento gráfico porque Tatiana actuó tres minutos de reloj y se fue a su casa, así que aproveché para hacerle una foto a un plato superbonito de Mary Poppins y a unos zapatos de lo más vistosos. Lo mismo colgaban unos pechos del techo que había vajilla de Mary Poppins en la pared, la decoración era exquisita.

Cher. Betty White. Dick Van Dyke. Mary Poppins.
¡Aquí está Bert!

Y bueno, en la cola del supermercado he pensado que sería maravilloso que Cher fuera hija de Betty White y de Dick Van Dyke. Y que sus vidas fueran una mezcla entre un reality de ahora y una sitcom de antaño. Betty y Dick serían unos padres a la antigua usanza, tan estrictos como inocentes, y regañarían a su hija por cosas de lo más peregrinas: por dejar las pelucas tiradas por todas partes, por tomar sus pastillas para la inmortalidad a escondidas o por llegar tarde a casa los fines de semana (argumentando que Beverly Hills por la noche es un sitio superpeligroso para una jovencita de 75 años). Y cada vez que alguno abriera la boca para decir cualquier cosa, se oirían risas enlatadas: como cuando Cher les dijera que si llega tarde no es porque tenga novio, sino porque cuando se pone a trastear con el vocoder se le va el santo al cielo, que está bien sola. O cuando Betty obligara a Dick a cantar la canción de Chity Chity Bang Bang a todas horas. O cuando Dick le pidiera a Betty que le contara chascarrillos de las otras chicas de oro (sobre todo de Dorothy). Y Cher se pondría siete pelucas diferentes en cada capítulo. Lo veo.

¡Hasta luego, Raffaella!

Raffaella Carra. Hola Raffaella.
Tuca tuca

Ya sé que Raffaella era (y es) atemporal, una señora que siempre estaba ahí (dentro y fuera de la tele), pero aquí va un pequeño homenaje (más o menos) cronológico:

Años 70 y 80:

A veces despatarrada (pero siempre con la cabeza bien amueblada) o volando por encima de sus bailarines (pero con los pies en la tierra), esta es sin duda su mejor época en cuanto a espectacularidad, elasticidad y temazos se refiere. Porque si juntamos en un mismo escenario un ballet de hombres sudorosos (a poder ser de pelo en pecho y mallas de colores), coreografías imposibles que equivalen a una clase de aerobic (y otra de zumba), un golpe de melena a prueba de tortícolis y descoyuntamientos cervicales, y unas letras con segundas (y terceras) intenciones (y lo envolvemos todo con una sonrisa incansable), obtenemos una actuación prototipo de Raffaella. Así, sin necesidad de apellido.

(Buscar a Raffaella en YouTube siempre es un acierto si queremos arreglar un día muermo. Pura fantasía).

Años 90:

Si había un programa de televisión que fuera intocable en casa, que había que verlo sí o sí (casi tanto como el Un, Dos, Tres antes y el ¿Qué apostamos? después), ese era ¡Hola, Raffaella! (no sé si iba entre signos de exclamación, pero da igual, Raffaella bien se los merece). En realidad, no dejaba de ser un cajón de sastre de varias horas de duración donde tenían cabida un hipnotizador, un transformista, un futurólogo y Loles León (juntos y revueltos) además de un montón de famosos que iban a echar el rato en el sofá de casa de Raffaella. Y luego estaba ella, la anfitriona y encargada de dar sentido a todo este despropósito con su simpatía infinita y cara de no sé qué demonios estoy haciendo pero todo va a salir bien. Y todo salía bien. Y jugaban al “Si fuera” y bailaban el Tuca Tuca como si no hubiera un mañana.

Todoterreno

Raffaella era un poco de todos, como de la familia, como si siempre hubiera estado ahí, en la tele metida, dosificada en diferentes décadas (como si apareciera y desapareciera cada X tiempo para que no nos cansáramos de ella). Siempre nos dejaba con ganas de más. Y nos caía tan bien que le perdonábamos mil y un despistes y patadas al diccionario. De hecho, era divertidísimo verla pronunciar mal los pueblos de España y los nombres de la gente. Eso sí, si sonaba el teléfono, mejor que dijeras ¡Hola, Raffaella! por si acaso (Raffaella y los teléfonos siempre han tenido una relación muy estrecha).

Años 00:

Cuando salíamos a echar unos bailes a antros de mala muerte, donde mayormente ponían una música horrible (antes del reguetón también había de eso), la cosa se arreglaba un poco cuando pinchaban, como para rellenar, alguno de los temazos rompepistascuellos de Raffaella. Eran (son) canciones a prueba de modas, tan antiguas y, sin embargo, modernas, capaces de resucitar la fiesta más aburrida. Mi favorita era una que se llamaba No pensar en ti, aunque como no era de las archiconocidas nunca la ponían en ningún sitio. Pero en casa sonaba en bucle. Y alucinaba con Rumore; la escuché por primera vez en un concierto de Fangoria y no daba crédito. Tuvo que pasar un tiempo hasta que me enteré de que era de Raffaella (cosa que no me pasaba desde que pensaba que todas las canciones del pop español eran de La Década Prodigiosa). Era tan pavo que nunca me pareció raro que Alaska cantara una canción en italiano (pero no pavo en plan voy a hacerme la tonta para que este señor no me hipnotice, como Raffaella, sino pavo-pavo).

Raffaella Carra. Gala TVE 60 años.
Raffaella y un montón de gente

Años 10:

La foto es de cuando tuve la suerte de ir de público al último programa que Raffaella presentó en España. Era la gala del 60 aniversario de TVE, y aunque por allí se paseó la flor y la nata de la gente que salió por la tele alguna vez en las últimas seis décadas, nuestros ojos estaban puestos casi exclusivamente en ella. Bueno, y en Marta Sánchez. Y en Mónica Naranjo. Y en Mariló Montero. Pero sobre todo en Raffaella. Fue tan profesional, natural y sencilla como la recordábamos de la tele, ni más ni menos. Tuvieron el detalle de darnos un bocadillo por estar tantas horas aplaudiendo (incumpliendo una de las reglas de Raffaella de no mezclar carbohidratos y proteínas en el mismo plato), pero yo a Raffaella la hubiera aplaudido igual aunque nos hubieran tenido muriéndonos de inanición.

Años 20:

Y el año pasado publiqué El fin del mundo a cucharadas, donde Raffaella y sus canciones pululan por sus páginas, casi como un personaje más, y donde la sombra de su flequillo es tan marchosa como alargada. Después de todo, fue ella la que nos aconsejó que, por si acaso se acaba el mundo, todo el tiempo debemos de aprovechar. Y a Raffaella hay que hacerle caso siempre.

Área de descanso

¡¿Cómo puede valer un pimiento dos dólares?!

En EEUU las distancias son tan grandes que entre un sitio y otro no hay nada. Kilómetros y kilómetros (bueno, millas y millas) de nada más que gasolineras y áreas de descanso. Encontrar uno cuando más hace falta es como encontrar agua o una palmera en medio del desierto. Son lugares donde todo el mundo está de paso, unos van y otros vienen (pero nadie se queda), a mí eso me da mucha paz. En las áreas de descanso lo mismo puedes comer una hamburguesa que agenciarte unos libritos fantásticos que hay de cupones-descuento. Mayormente suelen ser descuentos para alojarse en hoteles de carretera; establecimientos con solera en los que te puedes hacer unas tortitas de un millón de calorías para desayunar, hay una Biblia en un cajón y vistas a una modesta piscina, con o sin cadáver flotando, depende de la categoría del establecimiento. También traen cupones para usar en las atracciones más populares del siguiente lugar habitado, que suele estar cerca o a tomar por saco, no hay término medio. Pero eso en este momento no es que te importe demasiado, ya que estás de lo más relajado viendo camiones pasar. O simplemente pensando en tus cosas.

En esta área de descanso en concreto, no recuerdo si estaba pensando en los personajes de mi segundo libro, en lo caros que están los pimientos o en qué pinto yo aquí (pero casi seguro que era una de esas tres cosas).

¡Matricúlate!

Aquí conduce todo el mundo, lo raro es ir caminando por la acera. Si es que la hay, que las aceras son de esas cosas que se dan por hecho y eso es un error. Depende por donde vayas, hay veces que se acaba la acera y no puedes seguir a no ser que tengas motor y cuatro ruedas (que digo yo que para qué empiezas una acera si no piensas acabarla). Cosas del primer mundo, supongo. Normal que sea el país del sobrepeso; entre que no caminan si pueden evitarlo y que las hamburguesas están de rechupete, lo preocupante sería que estuvieran todos como sílfides y con el colesterol bajo. Es por eso que en las tiendas de ropa siempre hay un pasillo hacia el final con tallas que van desde la XL hasta la XXXXXL, más o menos (X arriba, X abajo).

La gente conduce unos coches enormes, todoterrenos con las ruedas gigantes pero también otros más modestos e incluso destartalados, como el coche de Grease antes de que lo arreglen. Y está permitido girar a la derecha aunque el semáforo esté en rojo.

Barbarella. Jane Fonda.
Qué Bárbara ella

Lo bueno de tirar millas es que, si sigues pa’lante, pa’lante, pa’lante, siempre llegas a alguna parte. Y te quejas de que hay lo mismo en todas partes, que visto una ciudad vistas todas. Pero a poco que busques, encuentras algo que no hay en otros sitios. Y te alegras de haber ido.

Re-Animator

Coca Cola.
Reanimada se va mucho mejor

Atlanta es una de esas ciudades de Estados Unidos que mucho lirili y poco lerele. Y mira que nos dijeron: «¡No vayáis, que no merece la pena!». Y nosotros: «¿Con lo grande que es? Algo habrá».

Pues si lo hay, no lo hemos visto. Puede que sea porque después de Nashville y de Dollywood todo nos parecía poco, pero además del puente del que se puede hacer la foto de The Walking Dead y el museo de la Coca-Cola la verdad es que no hay gran cosa. Supongo que por eso la eligieron para ambientar una serie de zombis, claro (las series americanas no dan puntada sin hilo).

En el museo de la Coca-Cola te cuentan la milonga de que solo dos personas en el mundo conocen la famosa fórmula secreta, y que cada uno de ellos solo se sabe la mitad. Y que no se conocen entre ellos y que no pueden viajar juntos en el mismo avión, tal y como les pasaba a los actores de Sensación de vivir. Personalmente, me inquieta más la fórmula del Ceregumil que el de la Coca Cola, que hasta lentejas lleva. Al final de la visita te dan a probar diferentes brebajes que se supone que son productos de Coca Cola que beben en distintas partes del mundo. Lo mejor que puedo decir es que sabían a Frenadol con cosas: Frenadol con arándanos, Frenadol con frambuesas, Frenadol con antipolillas, Frenadol con aguarrás… y así sucesivamente.

Posdata: Puede que me esté quedando corto.

The walking dead. Póster.
Durante el apocalipsis zombi los dos carriles de la derecha se van a unir

Y bueno, ya que The Walking Dead está ambientada en un mundo posapocalíptico y que casualmente estamos viviendo un momento parecido, ¡qué mejor momento para visitar Atlanta y recrear el póster! Vale que la serie ya no es la que era y que a estas alturas me da un poco igual que los caminantes se den un festín con prácticamente cualquiera de los personajes que quedan, pero la sigo viendo por puro romanticismo. Anda que no he disfrutado con TWD, madre mía. Intenté hacer la foto lo más parecida posible, pero no había manera de que un lado estuviera lleno de coches (y un autobús) y el otro totalmente vacío. Tampoco pasó nadie con sombrero de sheriff montando a caballo, supongo que eso ya hubiera sido mucha casualidad.

No vayas a Atlanta, Rick, no hay de nada un día normal… ¡imagínate en el Apocalipsis!

Cuando hace un par de años fuimos a Washington D.C. a ver a Cher intenté recrear el póster de El Exorcista. A diferencia de en Atlanta, en Washington se pueden hacer un millón de cosas, como ir a ver a Cher.

Las fotos de El Exorcista aquí.

Y de propina, unos consejos de Maritere, nuestra youtuber septuagenaria favorita, sobre cómo sobrevivir en un mundo posapocalíptico… mientras cocinamos una porrusalda:

«(…) Una vez que estéis instalados cómodamente en vuestra infranqueable fortaleza pirenaica, o donde hayáis decidido ir a vivir, os aconsejo que si un día alguien llama a la puerta, ¡bajo ningún concepto se os ocurra abrir! Puede que parezca una perogrullada, pero hay que extremar las precauciones. Si sois de los que le abren a cualquiera sin mirar primero por la mirilla, siento deciros que no vais a durar mucho. Consideraos, desde ya, cadáveres andantes.

»Os preguntaréis: ¿qué hago si se ponen a aporrear incansablemente la puerta? ¿O si amenazan con tirarla abajo empujando con un tronco? Porque si en condiciones normales la gente es muy pesada, en un escenario posapocalíptico no os quiero ni contar.

»Lo primero que tenemos que hacer es comprobar que no estén infectados. Os preguntaréis: ¿cómo sé yo que el señor o señora que me aporrea la puerta no está infectado o infectada? Pues muy sencillo: podemos salir fácilmente de dudas atándolos a una silla un par de días o tres y estando atentos y atentas a ver si se producen cambios. Ya os enseñé en un vídeo anterior cómo hacer unos nudos marineros que ni Houdini los desataría. Y si, según pasan las horas, observáis un blanqueamiento de piel fuera de lo común o que se les inyectan los ojos en sangre o que ya no se les entiende al hablar… ¡No dudéis en pegarles un tiro! También les podéis clavar flechas. O una estaca. O un tenedor, lo que tengáis a mano. Pero apuntad siempre al cerebro, ¡no al pecho! Tened en cuenta que el susodicho o susodicha se habrá convertido en un zombi, no en un vampiro. Son dos técnicas distintas, nada tienen que ver la una con la otra.

Lucille, madre infernal

La porrusalda huele de maravilla, y así se lo hace saber Maritere a su audiencia, que puede ser una persona o mil, puesto que no sabe dónde se mira eso.

»También les podéis reventar la cabeza con un palo, allá cada cual y sus manías. Pero, insisto, apuntad al lóbulo parietal, no todo el campo es orégano y en el fin del mundo no estaremos para perder el tiempo. Mejor que se encargue alguien con buena puntería, que hay gente con el pulso como para robar panderetas.

»Si algún miembro de la familia resulta mordido, habrá que proceder de la misma forma, incluso si os caía bien. Y si estamos hablando de vuestro cuñado no vale ensañarse. Recordad que ya no es vuestro cuñado nunca más, no os quejéis…

¡Ahora es un zombi! 

The Walking Dead. Negan. Máscara.
Lucille, el bate

»Si somos capaces de mantener la cabeza fría, nos ahorraremos muchos disgustos y las probabilidades de supervivencia serán infinitamente mayores. A riesgo de que me llaméis reiterativa, insisto; ¡nada de encariñarse con la gente! Por eso os decía al principio que hicierais la maleta con la cabeza y que no metierais el corazón; en un mundo posapocalíptico de poco nos sirve, lo único que hace es ocupar espacio. Esto vale para todo bicho viviente, sobre todo si son de pelo suave y carnes prietas…».

Fragmento extraído de El fin del mundo a cucharadas.

¡Feliz Día del Libro!

Dollywood

Dollywood. Dolly Parton.
El águila y las mariposas son los animales favoritos de Dolly

Un buen día Dolly Parton fue a Disney World, se montó en la única montaña rusa que encontró que le cerraba el cinturón y dijo: «¡Qué floja! Ojalá no hubiera venido nunca». Luego vio Destino final 3 y pensó: «¡Qué divertida!» y construyó las atracciones de Dollywood.

En realidad es un parque temático que ya existía (con otro nombre mucho menos glamuroso) en un enclave de lo más natural en medio de las Smoky Mountains, que es donde temes acabar estampado contra un árbol o una roca en cualquier momento de tu estancia. Los árboles son de verdad y las piedras también, nada de corchopán. Dolly no se anda con tonterías, quiere que se te dispare la adrenalina y que temas por tu vida cada vez que te montas en una de sus atracciones «para toda la familia». Y lo consigue, porque Dolly consigue todo lo que se propone. Y sabe que las familias sureñas tienes una media de siete hijos y se pueden permitir el lujo de que alguno les salga volando por los aires de vez en cuando. No por nada las atracciones de Dollywood suelen aparecer en todos los rankings de las montañas rusas de madera más violentas y mareantes del mundo, importante llevan biodraminas e ibuprofenos en una mochilita.

La mina misteriosa

En Dollywood tampoco hay princesas ni personajes paseando por la calle, solo mosquitos calvos y águilas calvas. El peligro acecha en cada esquina. Encima este año hay que añadir el riesgo de atragantamiento por mascarilla, ya que ir contra el viento a ochocientos kilómetros por hora con la mascarilla puesta y abrir la boca para gritar de desesperación son dos actividades incompatibles, Dolly tiene que estar muerta de la risa.

El plato típico de Dollywood son los perritos calientes. Y de postre, unos rollitos de canela imposibles de compartir si no tienes una motosierra que están buenísimos, como cualquier cosa que lleve canela.

Dollywood. Dolly Parton. Cómo eliminar a su jefe.
Cómo eliminar a su jefe, traducción literal de 9 to 5

Después de un duro día en el Campamento Krusty parque y cuando ya no podíamos más con nuestras almas, en vez de retirarnos al hotel a tomarnos un baño de espuma hasta el techo fuimos a ver el Stampede, que es un espectáculo patrocinado por Dolly donde te dan un pollo entero por barba para cenar mientras ves a un montón de vaqueros y de vaqueras haciendo cosas de vaqueros y de vaqueras. Por ejemplo, montar a caballo o perseguir búfalos.

Lo mejor del Stampede, además de la posibilidad de ver búfalos de cerca (nunca antes había visto un búfalo en persona), es que te obligan a comer el pollo con las mano. Y a beber una sopa de un cuenquito a morro. Supongo que Dolly quiere que experimentemos cómo cenaban ella y su montón de hermanos en su casa de las Smoky Mountains, donde andaban escasos de cubiertos, entre otras calamidades. Es una experiencia de lo más inmersiva.

Dolly dice: ¡Vegano el último!

Y lo peor del Stampede es que, cuando no han pasado ni diez minutos desde que has dado buena cuenta del pollo, te sacan a dos niños a la pista a perseguir gallinas. He de reconocer que esto me incomodó un poco, no me gusta ver el mismo animal vivo y muerto en tan escaso periodo de tiempo. Y para colmo, poco después hay una carrera de cerdos (que no tendría nada de especial de no ser porque, junto al pollo, en el plato te ponen también una loncha de algo parecido a una chuleta de Sajonia. No hace falta decir de dónde vienen las chuletas de Sajonia). A Dolly le gusta que sepamos de dónde proceden los manjares que nos da de cenar, ya le vale.

Dollywood. Dolly Parton. La casa más divertida de Texas.
La casa más divertida y puritana de Texas

En el museo de Dolly te faltan ojos para verlo todo (sobre todo si vas cuando quedan quince minutos para que cierre y sabes que probablemente no vas a volver nunca más en la vida). Estos de arriba son los vestidos que luce Dolly en esa película tan injustamente olvidada llamada La casa más divertida de Texas (una traducción un poco sosa de la mucho mejor The Best Little Whorehouse in Texas). No dejaría de ser un modesto pero divertido musical si no incluyera la archiconocida I Will Always Love You que todo el mundo piensa que es de Whitney Houston pero que es de Dolly (quien antes de hacer vacunas para salvar el mundo o disfrazarse de mariposa, creaba hits como churros y nos hacía felices).

Dollywood. Dolly Parton. Olivia Newton- John.
Olivia también cantaba Jolene cuando era country

Dolly tiene un montón de frases antológicas y fotos con todos los famosos habidos y por haber. De las tropecientas que me gustaron elijo esta en la que sale muy sonriente con Olivia y su ex-marido, conocido por salir patinando en Xanadu y haciendo bulto en Grease 2.

El autobús más divertido de Tennessee

Una manía que tengo cuando me alojo en un hotel es mirar si hay bañera y, en caso afirmativo, tomarme un baño nocturno. Me da igual que sea un motel inmundo de carretera con un cadáver en la piscina y telarañas; si hay bañera, no se hable más. Hoy me he puesto uno de los primeros discos de Dolly en el Spotify y he tomado un baño con espuma para celebrar que hemos sobrevivido a Dollywood. Da lo mismo que la bañera tenga un color feo o incluso algún que otro pelo ajeno, total, con la cantidad justa de espuma no se ven. Y todo esto para decir que he descubierto una maravillosa canción llamada Barbara on Your Mind en la que Dolly se lamenta de que el hombre al que ama con locura la llama Bárbara. No sé si siempre o solo ocasionalmente. Y claro, ella se llama Dolly, no Bárbara. Tremenda. Los champús de los hoteles del sur hacen muchísima espuma, qué maravilla.

A bañarte a tu casa

La pequeña Debbie

Galletas, pasteles, bollería, donuts.
Algunos de los personajes de Cars

Hoy me he sentido un poco personaje de Cars, esa película de Pixar tan denostada: me han vacunado en un garaje. Éramos todo coches menos yo, que de momento no tengo ruedas. Básicamente me han aparcado en una plaza de parking y me han pinchado. Era algo así: coche, coche, coche, coche, coche, coche, yo, coche, coche, coche, coche. No deja de tener su gracia el ir a ponerte una vacuna contra un virus mortal y tener que esperar veinte minutos, respirando los tubos de escape de una docena de coches, sentado en una silla. Pero bueno, de algo hay que morir. Lo que queda comprobado, una vez más, es que en este país no hace falta bajarse del coche para casi nada; con sacar la cabeza o el brazo por la ventanilla ya vale. Esto me recuerda que una vez vi a un chico conducir con una pierna fuera de la ventanilla, así que también se puede sacar una pierna, supongo. Aunque yo quería la vacuna de Dolly me ha tocado la de Pfizer, pero tampoco nos vamos a poner tiquismiquis. Además, me han dado una barrita de cereales para reponer fuerzas y he robado otra. Ni tan mal.

El guion de Grease.
¡Qué buen año!

Estoy leyendo el guion de Grease (una copia, claro está) que encontré hace tiempo en una tienda de segunda mano, y anonadado me hallo. Y eso que al principio ya nos avisa de que se trata del cuarto borrador, que habrá cosas que luego no estén en la película y viceversa. Según esta versión, Danny conoce a Sandy mientras trabaja en una hamburguesería… ¡y es zurdo! Madre mía, primera noticia. Y hay un personaje nuevo que es la dietista del instituto Rydell que para ser dietista está gordísima. Y Marty, ni corta ni perezosa, planea irse con el ejército a conocer hombres alrededor del mundo. Y Frenchy se hace dentista, no esteticista, toma ya. Y Rizzo y Kenickie bajan del tiovivo vestidos de novios, como en carnaval. Y al final Danny y Sandy no se van volando cómodamente en un coche, sino que se suben al monte andando y llegan con la lengua fuera después de cantar dos canciones casi seguidas.
Yo creo que la mayoría de los cambios fueron para bien.

Os voy a matar a todos, ji ji ji

La pequeña Debbie es una niña pelirroja y pecosa, con cierto aire sureño, especializada en obstruir las arterias y en fabricar los gordos del futuro. Difícil no fijarme en ella cada vez que voy al supermercado, básicamente porque tiene una linea de productos amplísima capaz de acaparar el pasillo de las galletas y las magdalenas ella sola. Nos sonríe desde una esquina de la caja a sabiendas de lo que está haciendo: repartir felicidad y grasas saturadas a diestro y siniestro. Yo no sé cómo se las apaña la pequeña Debbie para que le quepan 220 calorías en cada minibollito, pero su mirada pícara y la sonrisa angelical no dejan lugar a dudas: “ojalá revientes”, parecen estar diciendo. Imposible no cogerle cariño.

Confesiones tirado en la pista de baile

Confesiones tirado en la pista de baile. El fin del mundo a cucharadas.
Podría ser peor

Pues vengo de confesarme. Hacía tanto que no me confesaba que no sabía ni por dónde empezar, tenía que haberme hecho una lista. O mejor, ceñirme a hablar de mi libro y ya está. Pero estaba tan nervioso que he hablado más de Kylie que de otra cosa. Daba igual la pregunta, yo contestaba algo sobre Kylie: Kylie esto y Kylie aquello. Me he dado cuenta de que los dos tenemos el mismo número de libros publicados… ¿Casualidad? Lo dudo. Kylie se merece que se hable de ella siempre, por eso estoy tan contento de que una web tan pop como Confesiones tirado en la pista de baile me haya hecho una entrevista.

Hubo un tiempo, hace muchos años, en que pensaba que todas las canciones que me gustaban eran de La Década Prodigiosa. Y me preguntaba, anonadado: ¿Cómo puede existir un grupo tan rematadamente bueno? No hace falta decir que cuando descubrí que cada trocito de canción era de su madre y de su padre, fue un shock de dimensiones estratosféricas. Y que ancha es Castilla. Pero ya estoy bien, gracias. Y para celebrarlo, he pensado comentar algunas de las canciones que suenan en El fin del mundo a cucharadas. He de subrayar que ninguna es de La Década Prodigiosa (de momento).

Cola Jet Set. Anita dinamita. La monja enana.
Hace mil años, cuando hacías pop y no había stop

Fin del mundo de Cola Jet Set. Probablemente sean el grupo que más veces he visto en concierto. En diferentes momentos y con distinta compañía. Tienen tantos shubidubis por estribillo que es imposible salir triste de un concierto de Cola Jet Set. Una vez hasta escribí un relato que empezaba: Mientras Cola Jet Set tocaba bonitas canciones de amor en un tugurio inmundo, yo estaba... o algo así. La mayoría de sus canciones son de amor y tirando a veraniegas a más no poder, pero también tienen otras ambientadas en el fin del mundo, lo cual agradezco desde aquí.

Una estrella en mi jardín de Mari Trini. Esta canción no solo inspiró uno de los capítulos del libro, sino también a una de las protagonistas. Porque no es lo mismo que se le caiga un meteorito en el jardín a Mari Trini que a cualquier otra persona, por mucho que tenga jardín.

Colisión inminente/ Sálvese quien pueda/ Podría ser peor de La Casa Azul. Sus estribillos son tan eufóricos y apoteósicos que dudas de si vienes de un concierto o de un karaoke. Imposible no desgañitarse y llegar afónico a la tercera canción, que seguramente no sabrás si era supertriste o insoportablemente alegre. La única certeza es que escuchar a La Casa Azul es terapéutico, incluso catártico. Me encantaría escribir un segundo libro solo por hacer otra playlist y meter doscientas canciones de La Casa Azul.

Rumore de Raffaella Carrà. Si hay alguien que está presente en varios capítulos (a pesar de que nunca haya participado en Eurovisión), esa es Raffaella Carrà. Sus canciones, su flequillo italiano, el ballet de señores con mallas y bigote, las cuidadas coreografías… todo lo que rodea a Raffaella es hipnótico. Una vez me puse mis mejores galas para ir de público a un programa presentado por ella. No hace falta decir que confirmé mis sospechas: Raffaella es maravillosa.

El fin del mundo de La La Love You. Hay tantas canciones sobre el fin del mundo que se podrían hacer tres docenas de recopilatorios. Pero teniendo en cuenta que a La La Love You los conocí con una canción llamada Miriam Diaz-Aroca (dedicada a Miriam Diaz-Aroca y en cuyo videoclip salía Miriam Diaz-Aroca), no había nada que pensar.

No hay nada más triste que lo tuyo de Hidrogenesse. Esta canción dice tantas verdades que tiene un post para ella sola aquí.

El fin del mundo.
Un meteorito en el jardín

¡Asteroide! de Parade. Da igual de qué vaya tu novela: Parade tiene una canción para ti. Por rebuscado que sea el argumento o exóticos sean los personajes. Que tu protagonista es la novia de un motorista fantasma, Parade tiene una canción que habla precisamente sobre eso. Que tu novela tiene lugar en un reality ambientado en una casa encantada, Parade tiene la canción perfecta. Que tu historia va de robots, androides o de física cuántica, Parade tiene canciones estupendas para cada ocasión. Y es muy probable que, además, sean muy bonitas.

Basura espacial/Ganas de matar de La Prohibida. Mismo argumento que con Parade pero para escritores de ciencia ficción o aquellos especializados en cualquier cosa que suceda en el espacio exterior. Preferiblemente con algún astronauta, folclórica espacial o ciudadano de una galaxia lejana (o cercana) de por medio. Y con bien de celos y despecho, mucho despecho. La Prohibida es la solución.

La última de Astrud. El título ya nos da alguna pista: siempre hay una última vez para todo, independientemente de si se acaba o no el mundo. Estamos haciendo cosas por última vez todo el rato, solo que la mayoría de las veces no somos conscientes de que no las volveremos a hacer nunca más. ¡NUNCA MÁS! Si lo supiéramos, a lo mejor las haríamos de otra manera y claro, no sería lo mismo. Además, sería hacernos spoiler a nosotros mismos, y eso sí que no. Me entra agobio solo de pensarlo, pero si lo dicen Astrud es que será verdad.

Cruzo los dedos/ Música para cerrar las discotecas de Doble Pletina. Recuerdo un antro, años atrás, donde te ponían Lily Marlen, de Olé Olé para invitarte a apurar la última copa y largarte. Cuando Marta Sanchez se arrancaba a cantarla, significaba que iban a cerrar, que era tardísimo. Siempre me ha gustado mucho esa versión, y para mí era una invitación para quedarse en toda regla, pero no, te tenías que ir. El reguetón todavía no se había inventado y eran tiempos felices.

Findelmundo de Chico y Chica. Solo a ellos se les ocurre preguntarse qué cara pondremos en el fin del mundo. O si caerá en sábado o en domingo. La verdad es que nos haríamos todo tipo de preguntas, eso seguro. Incluye una cuenta atrás al final que hace que tenga que ser la última por motivos evidentes (y eso que hay una canción que se llama La última). Pero una cuenta atrás es una cuenta atrás.

Puedes leer la entrevista aquí.

Y puedes escuchar la playlist aquí.

Pasión en alta mar

El astronauta

El astronauta y su esposa están en la cama, cada uno en un ladito, leyendo un libro. Bueno, dos, cada uno el suyo. Llevan tantos años juntos que ya se comunican por telepatía, que es una de esas habilidades que se desarrollan con el tiempo. En cambio, solo hacen el amor muy de vez en cuando; los martes en los que la luna se encuentra en cuarto menguante, concretamente. No es mucho.

La mujer del astronauta

«¿Quién me está rozando con esos témpanos de hielo?», se pregunta la mujer del astronauta. Asoma la nariz de dentro del agujero negro donde anda metida y mira a su alrededor.
«Hola».
«¡Coño! ¡Que hay un señor aquí metido!».
«Soy yo, tu marido».
«¿Pero tú no estabas en la luna?».
«En la estación espacial, amor mío. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir? No siempre voy a la luna».
«Bueno, por ahí arriba».
«Hemos aterrizado esta mañana… Te quería dar una sorpresa».
«Hoy no gano para sustos. ¿Llevas mucho rato?».
«Unas dos horitas o así».
«¿Dos horas? ¡Pues ni me he enterado!».
«Es que me he deslizado entre las sábanas sigilosamente, para no molestar».
«Ya veo, ya. ¿Y qué vienes a buscar?».
«Pues a ti, ¡a quién va a ser!».
«Ya es tarde».
«¿Por qué?».
«¿Cómo que por qué? ¿No ves la hora que es?».
«La verdad es que no. En el espacio exterior el tiempo se expande, cariño. No va igual que aquí».
«Tú sabrás, que eres el astronauta. Duérmete ya».
«No puedo… Tengo jet lag».
«Lee un rato, anda. Ahora estoy muy cansada».
«¡Para cuatro días que paso en la Tierra!».
«¿Solo cuatro? Pues se me hacen larguitos, la verdad».
«Eso es porque el tiempo es relativo».
«¡Qué te costará ponerte unos calcetines, aunque sea! Te voy a regalar unos de borreguito para tu cumpleaños».
«Es el frío espacial, que cala que no veas. Se nos mete en los huesos y nos lo traemos a la Tierra. ¡No hay calcetines que valgan!».
«Pues no me toques, haz el favor».
«Es que te quiero mucho, amor mío».
«Y yo, y yo…».
«¿Lo dices en serio o en piloto automático?».
«Pega la vuelta y duérmete ya, anda. ¡Pesao!».
«¡Pero si es martes!».

Tiburón. Tarta.
Un escualo con ansias de sangre y de azúcar

Este es un trocito de “Pasión en alta mar”, un capítulo cuya acción transcurre en dos escenarios completamente diferentes: va del espacio exterior, pero también de un crucero que se está hundiendo inexorablemente en altamar porque resulta que ha chocado contra un iceberg. Y no hay botes salvavidas para todos. Y para colmo, el multimillonario arquitecto y cirujano de famosas Aurelio Pomulosa ha aparecido muerto en su lujoso camarote. Con cara de susto y un cuchillo cebollero asomando por la espalda, además. Y hay tiburones dando vueltas alrededor del barco (ver foto). Un despropósito de crucero.

Más en El fin del mundo a cucharadas.