Capítulo 41: Rincones para no dormir


Las hermanas Gilda de Vázquez. Tebeos.
Leovigilda y Hermenegilda are in the house

Con la tontería, hace ya mes y medio desde que volví a Madrid, más que suficiente para reencontrarme con algunos rincones favoritos y, sobre todo, para descubrir otros nuevos. Algunos ya estaban ahí y otros los han puesto nuevos, todo un detalle (nada como callejear y perderse para encontrar sitios chulos como el de la foto, que apareció mientras buscaba una frutería donde me iban a dar unos aguacates pochos, pero todavía no lo sabía).

El cohete de Tintín en Madrid.
¡Ahora llegas de Madrid al cielo antes que nunca!

Superhumor… ¡y olé!

Siempre fui fiel a Tintín y a Don Miki, pero de pequeño quienes me chiflaban eran las hermanas Gilda, Doña Urraca o Rompetechos: gente carismática e imperfecta en su mayoría que poblaban los tebeos que devoraba como si no hubiera un mañana. Ni cómics ni novelas gráficas: TEBEOS. Y como uno es lo que come (y lo que ve y lo que escucha y lo que lee), supongo que no es ninguna casualidad el parecido (más que razonable) entre las hermanas Leovigilda y Hermenegilda (dos hermanas solteronas que viven juntas y se llevan por la calle de la amargura la una a la otra) del Gran Vázquez y doña Gwendolyne y doña Eulalia (dos hermanas solteronas que viven juntas y se llevan por la calle de la amargura la una a la otra) de Cómo ser feliz un domingo por la tarde. Juro que en ningún momento me acordé de ellas mientras escribía, pero es evidente que siguen agazapadas en alguna parte de mi cerebro, al acecho, discute que te discute. Ya me gustaría a mí llegarles a la altura del tacón a las hermanas Gilda, pero bueno, por intentar que no quede.

Puedes leer el primer capítulo aquí.

Y un poco desesperante también

Concursos

Por aquella época vivía obsesionado con maravillas como las películas de Parchís, V y Los ricos también lloran. Le daba un poco a todo. Porque si hacía algo más que leer tebeos, era ver la televisión a todas horas. Y soñaba con trabajar, algún día, escribiendo preguntas para los concursos de la tele (como el 3×4 o El tiempo es oro, que serían el Pasapalabra o Saber y ganar de ahora, más o menos). Lo tenía todo pensado: escribiría unas preguntas chunguísimas para los concursantes que me cayeran mal y otras superfáciles para los que me cayeran bien. Sería el escritor de preguntas menos objetivo de la televisión mundial (no hace falta decir que mi parte favorita del Un, dos, tres era el de las preguntas y respuestas, y alucinaba con la velocidad supersónica a la que eran capaces de tocar la bocina y de rimar las Tacañonas. Era cuando creía que todo lo que salía por televisión era en riguroso directo y que todas las canciones que me gustaban, tanto nacionales como internacionales, eran de La Década prodigiosa… ¡menudo disgusto!

Chicho

Historias para no dormir de Chicho Ibáñez Serrador en la SGAE.
Este escritorio debería estar metido en una vitrina o algo

Hablando del Un, dos, tres, he tenido la oportunidad de visitar este sitio tan mágico y tenebroso a la vez. Es ponerte delante del escritorio, la silla, la máquina de escribir, la cajita para guardar puros y la lámpara de Narciso Ibáñez Serrador, y entrarte unas ganas locas de cambiar de género y pasarte al terror (fumando un puro y acariciando un gato a poder ser). Vale que Chicho también escribió toneladas de humor, pero ayer me lo imaginaba más bien rematando, a altas horas de la madrugada, un capítulo de Historias para no dormir (fumando un puro y acariciando un gato). O puede que un monólogo para Bigote Arrocet. No sé, algo terrorífico de verdad.

Raffaella

La plaza de Raffaella Carrá en Madrid.
Hola, Raffaella

Y bueno, que de un día para el otro le cambien el nombre a la calle (o plaza) donde vives tiene que ser un fastidio (sobre todo porque ya te habías aprendido la dirección antigua y cuando te preguntaban que dónde vivías no tenías ni que pensar, te salía solo). PERO HAY EXCEPCIONES. Esta placita nunca me ha llamado especialmente la atención, pero ahora de repente me gusta un poco más. Me pregunto si a los que viven ahí les habrá hecho la misma ilusión.

Autopublicado

Y mientras Raffaella hacía coreografías imposibles en televisión, también quise ser dibujante de dibujos animados, detective privado o miembro de Parchís, lo que tuviera más salidas. Pero nunca se me pasó por la cabeza convertirme en escritor autopublicado (básicamente porque no sabía lo que era eso y porque estaba muy ocupado pensando preguntas dificilísimas y escribiéndolas en cartulinas de colores para que las leyera, con voz aterciopelada, el presentador de turno).

Librería en la cuesta de Moyano.
Un escaparate con enjundia

Hablando de libros, otro de mis rincones favoritos de Madrid es la cuesta de Moyano. Los escritores autopublicados no solemos estar en los escaparates de las librerías (normal que algunos sueñen con ser fichados por alguna editorial superimportante y ver sus libros en la Fnac o en la Casa del Libro).

Como mucho solemos estar en las estanterías de nuestras madres, amigos o en casas de gente de bien y buen gusto. Pero nada de escaparates a pie de calle como este de la foto que deja a los demás a la altura del betún. Uno con solera, cero minimalista, un poco desordenado tal vez pero no demasiado; una montaña de libros usados que añade un extra de emoción a la experiencia de compra (por si quieres el de abajo y hay un derrumbe o un alud o una avalancha y acabas sepultado/a vivo/a con un libro en la mano y dos o tres entre los dientes). Esto en El Corte Inglés no pasa, menudo rollo de sitio El Corte Inglés.

Biblioteca de Azkoitia.
Eskerrik asko!

Normalmente, los escritores autopublicados tampoco solemos estar en las bibliotecas, ¡así que un millón de gracias a la biblioteca de mi pueblo (que antiguamente era una estación de tren), por hacer una excepción con doña Gwendolyne!


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