La guardería de maridos

Cereales. Cheerios. Arcoiris. Desayuna con alegría.
Sin colorantes ni conservantes

Cuando mezclas Cheerios normales, los de colores, los de arcoíris y los Lucky Charm “edición especial Magical Unicorn con marshmallows” el resultado es una explosión de color, azúcar y sirope de lo más abrumadora. En la letra pequeña pone que contiene ingredientes manipulados por “bioingeniería”, lo cual me preocupa, pero en grande pone que no tiene gluten, lo cual me tranquiliza.

No hay nada que me guste más que desayunar cereales y escribir diálogos. Pero no conversaciones normales y corrientes entre gente normal y corriente, sino más bien diálogos de besugos entre gente normal y corriente. A veces locos y a veces cuerdos. Como las personas. Diálogos sin pies ni cabeza que, en cuanto menos te lo esperas, te das cuenta de que son menos surrealistas de lo que parecían en un principio. Y que a veces llevan razón y otras veces no, pero que da exactamente igual. Lo que importa es que sean divertidos y cercanos. Después de todo, de conversaciones aburridas está la vida llena, no hace falta añadir más, y mucho menos dejar constancia por escrito. Me gusta pensar en los diálogos de los personajes como si fueran los cereales de la foto: alegres y caóticos. Y de muchos colores.

El fin del mundo a cucharadas.
Doña Mariví

—¿Estás segura de lo que dices? —preguntó doña Mariví, vecina del segundo derecha.

—Segurísima —respondió doña Amparo, del primero izquierda.

—¡A ver si nos van a tomar por locas!

—Ya nos toman por locas. ¿Tú te has visto?

—Me refiero a taradas con ficha policial… Como Jane Fonda. 

—¿Jane Fonda?

—No estoy diciendo que Jane Fonda sea ninguna tarada, ni mucho menos. Solo que sale estupenda en las fichas policiales con ese flequillo suyo tan reivindicativo.

—A las talluditas no nos hacen fichas policiales. ¡Nos tienen desahuciadas! —protestó doña Amparo—. No les debe de salir a cuenta tener una cárcel llena de viejas, supongo.

—¡Tampoco somos tan mayores!

—¿Ah, no? ¿Te has fijado en si tu DNI tiene fecha de caducidad?

Doña Mariví hizo amago de meter la mano en el bolsillo cuando recordó que nunca llevaba la cartera en la batamanta. Con lo que le había costado encontrar una con bolsillos y, total, luego nunca metía nada en ellos.

«Bendita teletienda».

—Si la tiene, yo no se la he visto.

—Pues eres vieja. Tres telediarios te quedan.

—Aun así… No quisiera ser el hazmerreír del rellano a estas alturas —dijo muy digna.

—¡Que me caiga muerta del balcón ahora mismo! Fíjate si estaré segura. Ahí delante pasa algo extraño y fuera de lo común, algo que no había pasado nunca.

—¿Algo fuera de lo normal?

—Totalmente ajeno a la normalidad.

—Me estás asustando…

—Diría que nos encontramos ante un caso de discrepancia matemática de manual. Un despropósito en toda regla. —Encendió un cigarrillo y se volvió a parapetar detrás de la maceta de geranios moribundos. Como aficionada a la jardinería, no era habitual que los tuviera tan desatendidos, pero con lo que se traía entre manos no tenía tiempo material de regarlos. Estaban condenados.

«Un, dos, tres… Cha, cha, cha. Un, dos, tres… Cha, cha, cha».

Muerta de aburrimiento, un buen día doña Amparo salió al balcón y empezó a contar. Se sentó en su silla de mimbre, se introdujo una aguja de tejer debajo de cada axila y pensó que contar todo lo que se meneaba era una idea tan buena como cualquier otra para pasar el rato. Con un ojo contaba las vueltas y puntadas de la prenda que estuviera tejiendo en ese momento (tejer rebequitas con dibujos de hipopótamos y calcetines de cerditos, ya fuera al punto bobo o al punto liso, era una actividad que requería de toda su atención, ya que, al tener su simétrica nieta los dos bracitos de la misma longitud, era requisito imprescindible que las dos mangas fueran también impepinablemente iguales, tanto de largo como de ancho. Lo mismo ocurría con sus diminutos pies, ambos calcetines debían ser idénticos, ni uno más grande que el otro ni el otro más pequeño que el uno). Y con el otro ojo contaba la gente que pasaba por delante de su balcón; los que iban hacia la izquierda y los que iban hacia la derecha… Pero, sobre todo, contaba los que entraban y los que salían. 

«Aquí hay un descuadre que clama al cielo. ¡De ahí no salen los mismos que entran!».

—Hoy, sin ir más lejos, me han faltado cuatro.

—¡Cuatro! —se sobresaltó doña Mariví.

—Pero es que ayer fueron cinco. 

—¡Albricias!

—Ese sitio se traga a la gente, te lo digo yo. 

—Pero ¿cómo puede ser? Tiene que haber una explicación lógica.

—Los números no mienten.

—A lo mejor hay una puerta trasera. Una que ponga «Exit».

Para su desgracia, no había ninguna puerta que pusiera «Exit».

—No hay ninguna puerta que ponga «Exit»aseveró doña Amparo—. Por donde se entra se sale.

Así es como empieza La guardería de maridos, cuarto capítulo de El fin del mundo a cucharadas. Porque, cuando a una le abren un antro debajo del balcón de donde no salen los mismos maridos que entran, es perfectamente normal que el fin del mundo pase a un segundo plano.

Ay, qué calor

Invierno. Frozen. Bajo cero.
Una farola tiritando.

Nada más llegar a Michigan me preguntaron que cuál era mi deporte de invierno favorito.

Yo: Ninguno, gracias.

Ellos: ¡Imposible! Tienes que tener uno. Y si son dos, mejor que mejor.

Yo: ¿Para qué? ¡Qué rollo el deporte!

Ellos: Alma de cántaro… (en inglés, claro, que no sé como se dice pero seguro que querían decir alma de cántaro).

Lo que venían a decir es que si no te gusta esquiar, patinar sobre el hielo, tirarte en un dónut gigante por la nieve o hacer muñecos de nieve en el jardín, tienes todas las papeletas para acabar como el protagonista de El Resplandor más pronto que tarde. Y que, si quieres sobrevivir a los interminables inviernos de por aquí, te tiene que gustar practicar alguna actividad relacionada con la nieve por narices, que no hay mucho más que hacer, que buena suerte.

En un primer momento pensé que mi actividad invernal ideal sería ver Netflix; a poder ser bajo una mantita de pelitos y un té verde… A lo loco. Pero, calculando que los inviernos duran diecisiete meses (a no ser que la marmota diga otra cosa, claro) y que no puedo ver más de dos capítulos seguidos de casi nada en la tele (uno es de la vieja escuela a la hora de ver series), no me daban las cuentas. Y, con la fatal combinación de invierno + pandemia + ya he visto el muñeco de nieve más feo del mundo, para que molestarme en hacer otro, no era suficiente, había que buscar más alicientes.

Así que he pensado que este año mi deporte de invierno va a ser quedarme en casa, hacer cuevita, llenar el congelador de víveres y el frutero de plátanos y escribir. Como el protagonista de El Resplandor, solo que en una casa más pequeña y sin pasillos. Quién sabe, a lo mejor me inspiro mirando por la ventana. Vale que desde aquí no se ve el mar, y tampoco la montaña, pero el camión quitanieves pasa en bucle, calle arriba, calle abajo, venga a retirar nieve. A veces hasta derrapa. ¡Valiendo!

Una pista de patinaje.

Personalmente, no sabía lo que era el frío hasta que llegué aquí. Frío de ponerse los dedos azules y los pezones como rocas. Frío de helarse ríos y mares. Frío de solidificarse los mocos o las barbas hasta convertirse en estalactitas. Frío de atravesarte los huesos y los organitos. Frío que te rompe el pelo si no te lo secas a conciencia antes de salir de casa. Frío nivel darse cacao manteca por toda la cara, por si acaso. Frío Arendelle. Frío de congelársete las ideas si las tienes. Frío de tener que meterte en un cajero de camino a casa porque no sientes las pantorrillas ni la cara. Mucho frío.

El primer error que cometí fue fiarme de lo que veía por la ventana. Y, no me refiero al camión quitanieves, calle arriba, calle abajo, sino a dar por hecho que, cada vez que veía un rayito de sol asomando a lo lejos, eso calentaba. O, pensar que cada vez que veía pasar corriendo a un o una inconsciente en mallas de hacer yoga y calcetines tobilleros, estaban bien de la cabeza. Y es que ya pueden caer copos de nieve más grandes que mi cabeza, o hacer menos tropecientos grados bajo cero a las tres de la tarde, que más de uno y de una sale a la calle con mallas de hacer yoga y calcetines tobilleros. Y, espérate que no pase alguien en pantalón corto y cara de “ay, qué calor” mientras le sale tanto vaho por la boca que parece una locomotora de vapor. Y tú con más capas que una cebolla (sin contar gorro, guantes ni mascarilla) y estalactitas en la barba, flequillo o bigote.

En mi cuarto invierno aquí, he llegado a la conclusión de que los habitantes de esta ciudad están tan acostumbrados a las bajas temperaturas porque han desarrollado genes de pingüino. O, puede que tengan parte del ADN de un esquimal. ¿El genoma de una morsa?

Invierno. Frozen.
Aquí debajo hay un faro, lo juro.

Es acordarme de cuando me compré el abrigo gordo nada más llegar y entrarme la risa. Me costó mis buenos dólares, puesto que no era un abrigo gordo normal, sino un abrigo gordo que aguanta hasta la friolera (nunca mejor dicho) de tropecientos grados bajo cero. Y yo venga a pensar que menos tropecientos grados no existen (no al menos fuera de Laponia), que menudo sacacuartos, que para qué quiero yo eso. Ay, alma de cántaro (otra vez)… La mejor inversión textil de mi vida, ahí lo dejo.

Nota mental: cuando tu compañía eléctrica te manda emails avisándote de la nada remota posibilidad de que no puedan atender la demanda de calorcito porque es más que probable que los cables de los postes eléctricos se congelen y se queden pajarito, o cuando en el móvil te salta una alarma informando de que se avecina una tormenta de nieve del copón, o cuando hasta el ayuntamiento o los bares cierran por algo llamado vórtice polar (y tú no sabes lo que es eso pero te suena a superfrío), eso es que va a hacer fresquito.

Frozen.
Ni cuando se hundió el Titanic estaba el agua tan fresquita.

Pues ya se ha vuelto a congelar el lago. Es un clásico; si no se congelan los lagos (y las pestañas), ni es invierno ni es nada. Hasta muñecos de nieve hay por aquí y por allí, aunque ninguno en todo su esplendor. Es lo que tiene ir a verlos tres o cuatro días después de que haya dejado de nevar, que enseguida empieza su declive. Son muy efímeros ellos. Concretamente los que hemos visto, más que muñecos de nieve parecían teleñecos en descomposición, un cuadro.
También hemos comprobado que a la gente le gusta escribir “te quieros” en la arena de una playa, al calorcito del verano, y “te odios” en la nieve un día cualquiera de invierno. Solo necesitas un palo y buena letra. Y, si tienes sentimientos encontrados, eso que te llevas. Odiar está feo. Y, mira que yo odio a mi vecino de al lado, al de arriba y a la de enfrente… Pero está feo.

Hipotermia a la de una… hipotermia a la de dos…

Las fotos (menos la segunda) son de mi primer invierno en Michigan, de cuando me preguntaba que qué hacía yo aquí y si habría mucha diferencia entre pasar un invierno por estos lares y darse una vuelta por la Antártida. Por cierto, según los americanos, hay siete continentes. Resulta que América cuenta como dos y también está la Antártida, pero vamos, que ahí no vive nadie. A mi no me importaría ir, la verdad, que ya estoy aclimatado y allí tengo menos probabilidades de tener vecinos con perro. Los perros me gustan, más que los gatos de hecho, pero los de mis vecinos los odio. Ya podían irse todos a la Antártida a ladrarle a las focas. Aunque pobres foquitas, qué culpa tendrán. Ojalá tuviera vecinos con foca en vez de con perro.

¡Adiós, Papá Noel!

Papá Noel de chocolate. Navidad.
El novio que Kylie se merece.

Estas Navidades, además de canciones sobre papanoeles sexis, papanoeles que se quedan atascados en chimeneas y otros villancicos para no dormir (como ese que habla de papanoeles que saben en todo momento lo que haces y lo que no, y que hasta te vigilan mientras duermes, en plan maníaco asesino bonachón), he escuchado mucho a Yuri. Yo a Yuri la escucho todo el año, porque me anima tanto en invierno como en verano, es a prueba de estaciones del año. Y eso que me cae regular. Pero yo no tengo la culpa de que sus canciones sean tan buenas, así que finjo que la divertida Yuri ochentera que tanto me gusta no es la misma señora rancia en la que se ha convertido. Y hago de tripas corazón y me dejo llevar, sobre todo cuando ando entre pucheros.

He de confesar que no me gusta demasiado cocinar (con el agravante de que tampoco es que se me dé especialmente bien). Pero cuando me pongo a pelar patatas con Yuri echando humo en Spotify… uf, me da tal subidón que puedo cortar una cebolla en juliana en tiempo récord o batir unos huevos como si no hubiera un mañana. ¡Qué marcha! La propia Yuri tiene una canción de lo más culinaria que dice algo así como que tú quieres spaguettis mientras que yo prefiero una ensalada, que somos de comedia americana. Y él le pide que le dé un beso y ella que de eso nada, que ya está bien, que qué cansino, que la deje en paz. Definitivamente, si hay alguien que puede subirme el ánimo tanto como La Casa Azul a todo trapo, esa es Yuri a todo trapo. Como tener unas discoteca entre fogones, igual.

Esta podría ser la casa de Kylie un día cualquiera perfectamente.

Hablando de discotecas, me parece imperdonable que haya tardado tres Navidades en ir a ver las inenarrables casas luminosas epilépticas. Te lo cuentan y no te lo crees, ¡madre del amor hermoso! Con la boca abierta y el culo torcido, así te quedas ante semejante derroche de bombillas. Pero claro, tan obsesionado estaba con ir a ver cada año las casas de Halloween, que tenía las de Navidad totalmente desatendidas, ya me vale… Es una de esas cosas locas que en cualquier otra parte del mundo sería para salir corriendo, pero que en este país, donde todo es excesivo, no deja de ser un maravilloso despropósito. Se pueden ver aquí.

El árbol navideño de Kylie.

Y en Nochevieja, en vez de uvas (o mandarinas), este año he tomado cacahuetes. Se me han hecho un poco bola, ya que no han sido 12 sino 24 (la mitad para despedir el año en horario de Spain y la otra mitad en horario de USA, como está mandado). Luego, como aquí no se veía el Cachitos del 2020 (y ya hemos llegado a un punto en el que no hay Nochevieja sin Cachitos), hemos buscado en YouTube los del 2019, no pasa nada. Total, ya veremos los de este año el año que viene. Tras cuatro horas disfrutando de cantantes meneando el cucu dentro de pantalones de campana de todos los colores y de bailarines marcando paquetes para un lado y para el otro, yo ya solo quería meterme en la cama abrazado a una bolsa de agua caliente (uno ya está mayor para tantas emociones juntas). Pero no me han dejado porque resulta que a las tres de la mañana se estrenaba la nueva temporada de Cobra Kai, ¡válgame! Hoy me he levantado con algo parecido a una resaca y hemos desayunado tortitas, menos mal.

Me encantaría que Kylie practicara español con este libro tan gordo.

Otra cosa que me gusta tanto como unas tortitas mañaneras es inventar títulos. Normalmente de libros que no existen y que, probablemente, nunca existan. Y es una pena, porque darían pie a historias de lo más tronchantes. Hay veces que me gustaría ser capaz de escribir novela romántica… Pero en plan serio, sin recochinearme ni un poco. Y tener el superpoder de publicar folletines con bien de dimes y diretes (y tensiones sexuales que no se resuelven hasta la penúltima página, o incluso más tarde) como churros. Pero no me sale. Y, por supuesto, contaría con una legión de lectores y lectoras ansiosos y ansiosas por devorar el siguiente libro de una saga que, como mínimo, se llamaría Pasión en alta mar. O Turbulencias en el avión. O Frenesí en el autobús (el medio de locomoción es lo de menos). Palabras como “pasión”, “turbulencias” y “frenesí” no serían negociables, eso es lo único que tengo seguro. Bueno, y que mi favorita sería Pasión en alta mar, una novela de amor y misterio ambientada en un crucero por aguas internacionales. La protagonista sería una escritora jubilada que crucero en el que navega, crucero en el que se comete algún crimen pasional… o dos. Lo veo.

La portada

Un huerto de lo más artístico.

Conocí a Roberto hace veinte años en un curso de dibujos animados. Resulta que antes de ser escritor quería ser dibujante, y antes de dibujante quería ser bailarín o detective, según el día. También hubo una época (más realista) en la que soñaba con ser reponedor de supermercado, ya que madrugabas un montón pero luego tenías las tardes libres. Ni tan mal. Por algún motivo que no recuerdo también quise ser crupier en un casino, pero al tener las manos tan pequeñas se me caían las fichas todo el rato. La verdad sea dicha, no me veía mucho futuro en un casino (ni yo ni el señor que nos estaba dando el cursillo… y recogiendo fichas del suelo).

Total, que en el curso de dibujos animados nos miraban un poco por encima del hombro porque Roberto y yo éramos los únicos fans confesos de las películas Disney (dar por hecho que en un curso de dibujos animados todo el mundo se desvive por La Sirenita o por Frozen 2 es un craso error, todavía hay mucha gente en el armario). El premio gordo al acabar era un puesto como animador profesional. ¡Te pagaban por dibujar! Un sueño hecho realidad para todos nosotros (mucho mejor que lo de crupier o reponedor, dónde va a parar).

Por supuesto, no hubo ningún giro dramático de los acontecimientos (de esos de última hora) y no nos eligieron. Era demasiado bonito para ser verdad. Pero como la vida es así de caprichosa, al poco tiempo la empresa de animación quebró, así que tampoco hubiéramos llegado muy lejos en ese mundillo después de todo.

Y veinte años después y con un océano de por medio, en otro giro inesperado (ahora sí) de los acontecimientos, nuestros caminos se volvieron a cruzar. Porque, además de fan de Disney, da la casualidad de que Roberto también es el autor de la portada de El fin del mundo a cucharadas.

Portada #1

Corría el año 2019, y ninguno sospechábamos que el mundo, tal y como lo conocíamos, se iba a acabar tan pronto (y no por impacto de un pedrusco espacial precisamente). Había terminado de escribir un relato breve que se llamaba Diva domestica sobre una señora que solo es feliz un día al año, lo cual es poquísimo. No sabía muy bien qué hacer con ella, pero aun así Roberto le hizo esta portada tan eurovisiva que le pegaba como un guante… de fregar. Una portada pop y doméstica, para que queremos más.

Como con un cuento suelto no íbamos a ninguna parte, Roberto aprovechó la portada para ilustrar un hipotético cuaderno y, ya de paso, fantasear con tener nuestra propia línea de merchandising: que si cuadernos de la Diva doméstica, que si tazas de la Diva doméstica, que si cojines de la Diva doméstica etc. Hasta que un día, aburrido de que me rechazaran para trabajar en la biblioteca por enésima vez, me dije: ¿por qué conformarse con un modesto relato de apenas 20 páginas pudiendo escribir un libro entero? Y no uno finito, sino uno bien gordo, que también sirva de pisapapeles. ¡Solo me hacen falta 430 páginas más!

Portada #2

Como otra cosa no, pero tiempo tenía, me puse a escribir más historias para acompañar a la Diva doméstica en el fin del mundo. Porque cuando el sexy presentador del telediario y la presentadora del tiempo coinciden en que un asteroide va a destruir la Tierra más pronto que tarde, es mejor que te pille acompañada/o de gente igual de desgraciada que tú, que mal de muchos consuelo de tontos y de tontas.

Así llegamos a esta segunda y colorida portada, donde la Diva doméstica deja de ser la protagonista de su breve y eurovisiva historia para convertirse, a golpe de asteroide, en la orgullosa representante de un montón de personajes que, al igual que ella, no ganan para disgustos. Cada capítulo es una cucharada, pero la suya siempre será especial. Una cucharada sopera.

Portada #3

Y después de varios intentos de tirar el portátil por la ventana, de borrar capítulos y de añadir capítulos, de preguntarme: ¿pero esto quién lo va a leer? y demás dudas existenciales y gramaticales, llegamos a la portada definitiva. Básicamente es la misma que la anterior, pero con más estrellitas en el cielo y algún que otro retoquito por aquí y por allí, que en Amazon hay que salir guap@ para llamar la atención y que la gente te encuentre, cosa nada fácil en ese océano de tiburones libros. Los fans de Disney bien sabemos que la belleza está en el interior y que no hay que juzgar un libro por la portada, pero está claro que ni Ariel ni la Bella compraban los libros en Amazon.

Y aquí estamos, esperando a ser descubiertos por lectores y lectoras con sentido del humor y ganas de reírse del fin del mundo. Si hemos esperado veinte años, no nos van a entrar ahora las prisas. ¡Gracias Roberto! Antes no nos quería nadie y ahora mira, tu portada enmarcada y todo.

ACTUALIZACIÓN:

¡Ha ocurrido!

Querido diario (dos puntos)

Nunca digas este coche no me cabe

Diría que, de entre los millones de fotos que he tenido la suerte de poder hacer por estos lares, esta es una de mis favoritas. No por bonita, ni por espectacular, ni porque salga yo, sino porque no tiene ni pies ni cabeza. La belleza de lo absurdo: un coche demasiado grande, un garaje demasiado pequeño y una canasta de baloncesto. Tres elementos que por separado son un rollo pero que, si los combinamos, ya la cosa se pone interesante. Puede que se me escape algo, no sé… pero fascinado me tiene.

A los americanos les encanta acumular trastos en el garaje, eso es innegable. Es donde guardan las palas para quitar la nieve, el cortacésped, los esqueletos de Halloween, la decoración de Navidad, la motosierra, la cosa esa de hacer un agujero en el hielo y pescar salmones etc. Además de la cuna del Capitalismo y de las cosas con queso, los Estados Unidos son también el paraíso de la gente con síndrome de Diógenes. Normal que luego no les quepan los coches en los garajes… No sabría decir si estamos ante un caso para Jessica Fletcher o para Mari Kondo.

Jessie Ware, Róisín Murphy y Kylie Minogue.

Aquí un robado por las calles de Chicago: dos músicos tocando y un servidor, pensativo, preguntándose quién saldrá elegido presidente y, sobre todo, en qué momento se le ocurrió coger la sudadera de borreguito con el calor que hace. ¿Pero esto no era noviembre?

También me pregunto cómo es posible que Kylie, Jessie Ware y Róisín Murphy (la santísima trinidad de las pistas de baile posapocalípticas ahora mismo), se hayan puesto de acuerdo en sacar tres estupendos álbumes de música disco… justo ahora que no se puede ir a bailar a ningún lado. Ya son ganas de llevar la contraria. Y yo que me alegro, ¡claro que sí!

De Kylie siempre me espero todo y más, pero lo de Jessie Ware ha sido una sorpresa total. Lo nuevo de Róisín ya apuntaba maneras y no decepciona tampoco. De hecho, me he dado cuenta de que, si coincide que suena Real Groove mientras estoy haciendo una tortilla, es prácticamente imposible batir los huevos con parsimonia y serenidad. Tienes que tener un pulso de hierro. Lo mismo si estoy haciendo albóndigas… si salta What´s Your Pleasure? en la playlist, las probabilidades de que cada albóndiga salga de un tamaño diferente son altísimas. Y Something More es perfecta para que se te quemen las lentejas, garantizado. Propongo comprar una bola de espejos y colgarla del techo en el salón, igual así se podrán evitar futuros desastres culinarios, no sé.

Chicago Bean
Una alubia elefantiástica.

Hablando de espejos, hay cosas que se pueden hacer mejor en pandemia que en no-pandemia. Como por ejemplo, fotografiar este mamotreto. Un día normal sin pandemia habría doscientas personas delante… o debajo… o detrás. Pero en pandemia no hay un alma. Me dicen que algún día podría hacer esta foto así, sin nadie delante (ni debajo ni detrás), y no me lo creo. Puede que sea la escultura más famosa de Chicago, entre otras cosas porque te puedes hacer una foto en ella reflejado. Lo llaman The bean (una alubia de Bilbao en todo caso), y es el monumento favorito de la gente coqueta, egocéntrica o simplemente de todo aquel a quien le gusten las alubias o mirarse en los espejos mientras pasea por el parque. Si también quieres ver una sartén de Bilbao aquí tienes una.

Chicago pajarillo
Otra de mis favoritas: un pajarillo, farolillos y rascacielos.

El resto de la semana ha sido más tranquila:

Lunes: Hoy he ido a comprar aguacates para hacer guacamole. Cada uno valía tres dólares, así que me he comprado pan de hamburguesa y he cenado hamburguesas.

Miércoles: Hoy he ido a comprar espárragos, que me apetecía una cena ligerita y sana sana. Cada libra valía cinco dólares, así que me he comprado pan de perrito para hacerme perritos.

Viernes: Hoy he ido a comprar unos pimientos rojos. Cada uno valía tres dólares, uno y medio si te llevabas diez. ¿Qué hago yo con diez pimientos? Así que he comprado un pollo asado, que valía lo mismo que dos pimientos y he cenado medio pollo. El otro medio me lo como mañana.

Domingo: Hoy me he puesto a pensar y he llegado a la conclusión de que llevo casi cuatro años sin comerme un kiwi o un pescado que no salga de una lata. Pero no pasa nada, acabo de merendar unas alubias con sabor a bourbon y miel riquísimas. De rechupete.

Bonus

Halloween. Calabazas. Brujas. Aquelarre.
El aquelarre de la patata.

Ya sé que di por finiquitadas las calabazas del 2020… ¡pero eso fue antes de encontrarme una pandilla de alegres brujitas haciendo el corro de la patata, o de cruzarme con un ejército de arañas y esqueletos trepando por las fachadas! Y claro, eso no se podía quedar sin documentar. Así que aquí va un bonus de las calabazas de este año donde hay de todo… menos calabazas:

Halloween. Calabazas. La familia Addams.
Yo creo que se ven menos tibias y peronés en el camposanto.

La principal diferencia entre cazar calabazas en un barrio modesto o en uno más pudiente, es que los primeros te plantan una calabaza en la entrada y ya han cumplido, mientras que los segundos te echan la casa por la ventana… y ni así se quedan a gusto. Nunca había visto semejante derroche de esqueletos: esqueletos cogidos de la mano, esqueletos bajando por cañerías, esqueletos en pamela tomando el sol, perros esqueleto, murciélagos esqueleto… no faltaba nadie.

Halloween. Calabazas. Científico loco.
Una azafata del Un, dos, tres saluda desde el patio de su laboratorio.

Quisiera pensar que el dueño del casoplón de arriba trabaja en la facultad de Medicina y que ha cogido prestados diecisiete esqueletos para decorar el jardín y la fachada. O mejor aún, que los ha sustraído con nocturnidad y alevosía… Aunque puede que simplemente se haya acercado un momento a la tienda de esqueletos y se haya comprado todos los que quedaban:

—Quiero esqueletos, por favor.

—¿Cuántos le pongo?

—¿Cuántos le quedan?

—Diecisiete.

—Pues diecisiete. Y unas lápidas hinchables, que no se diga.

Halloween. Calabazas. Arañas.
Estas arañas también peinan canas.

Lo de las arañas en esta ciudad es un caso para estudiar. Más que una decoración de Halloween, es un problemilla que tienen durante (casi) todo el año. No hay ventana sin su correspondiente araña colgando ni araña sin su ventana, sea o no Halloween. Afortunadamente, no son tan grandes ni tan peludas, ni tampoco se parecen a las mariquitas gigantes de Milwaukee, pero no dejan de tener sus ocho patas y un montón de ojos… y eso son demasiadas patas y demasiados ojos se mire por donde se mire.

¡Otra momia!

Y si antes me llego a quejar de la escasez de momias… ¡en este otro jardín había de todo! Hasta una momia había. También tenían un vampiro gigante atado a un árbol, la criatura de Frankenstein ejerciendo de mayordomo y un científico loco venga a hacer experimentos. Y una serpiente y un bebé zombi en su cochecito. También andaba por allí el dueño de la casa preparando las chuches para el truco o trato, que era casi la hora. No cabía ni un alfiler ni un monstruo más. El año que viene en vez de con el móvil tendré que salir a hacer fotos con un objetivo gran angular para no dejar a nadie fuera… ¡Menudo despliegue!

La última calabaza, lo juro.

A la caza de la calabaza (parte 3)

Halloween. Calabazas.
Barriendo calabazas.

En el mundo-calabaza no hay moda que valga. Es temática libre, cada uno hace su calabaza como le venga en gana… o como buenamente pueda, que no se le pueden pedir calabazas al olmo. Calabazas de las de toda la vida (con los ojos achinados y la boca en sierra), calabazas de Harry Potter, de Batman o de Pesadilla antes de Navidad… lo bonito es que se note que cada una es de su padre y de su madre. También he visto calabazas ebrias, calabazas de colores, calabazas que no son calabazas sino bolsas de basura con cara de calabaza, calabazas orgullosas de serlo y hasta esqueletos en bicicleta. Y mis favoritas, las calabazas que te piropean cuando pasas por delante:

Thank you!

Otra opción que cada año cuenta con más adeptos es la decoración hinchable. Olvídate de destripar calabazas si no te apetece. Con que tengas un inflador en casa es suficiente. Luego vas a la tienda de cosas hinchables y eliges una calabaza inflable, una bruja inflable… o cualquier cosa que se pueda inflar. Este año había también arañas y payasos. No sabría decir si me dan más repelús las arañas de diez metros o los payasos. Y no me refiero a los payasos hinchables de diez metros, sino a los de carne y hueso, que son bastante terroríficos ya de por sí.

Halloween. Calabazas. Payaso.
¡A flotar se ha dicho!

Halloween es, sin lugar a dudas, mi fiesta americana favorita de todas. En el cine echan El retorno de las brujas y The Rocky Horror Picture Show en bucle. En un bucle maravilloso. Aunque por pedir, me gustaría que también pusieran La pequeña tienda de los horrores de vez en cuando. Y Noche de miedo también. Bueno, y muchas otras. Y en la tele no pueden faltar los maratones de pelis de terror ochenteras, con sus tropecientas secuelas (unas detrás de otras) y no siempre en orden. Ni el ya mítico especial ¡Es la gran calabaza, Charlie Brown!, que personalmente me chifla y no envejece. Pero lo mejor de todo es saber que, mientras las calabazas se pudren en las aceras, al día siguiente dan el pistoletazo de salida a los villancicos en la radio. ¡Hay emisoras de radio que solo ponen villancicos las veinticuatro horas del día durante dos meses! Por fin un poco de calidad musical en este país.

Hago un inciso aquí para decir que odio al perrito faldero de mi vecina. Es una de esas mutaciones que parece un mix entre una oveja y una rata. Ya podía tener un gato, de esos que no ladran, maldita sea.

Halloween. Calabazas. Hello Kitty.
Vais a morir.

Eso sí, lo que nunca había visto en estos cuatro años a la caza de la calabaza, era una momia. Pero una momia de verdad, no una momia hinchable. Mucha bruja y mucho zombi, pero nada de momias. ¡Hasta ahora! Pero vamos, que es normal. Si tuviera una casa con jardín y una mecedora en el porche, yo también daría prioridad a colgar una bruja en la ventana, o a enterrar un esqueleto en el jardín antes que poner una modesta momia de portera, que pasa más desapercibida.

Halloween. Calabazas. Momia.
La contraseña, por favor.

Y hasta aquí las calabazas del 2020. Si el año que viene sigo por aquí, y el mundo no se ha acabado, me doy otra vuelta…

A la caza de la calabaza (parte 2)

Halloween. Calabazas. Esqueletos.
Esqueletos en bicicleta… lo normal por estas fechas.

Cada vez que alguien compra una calabaza, la vacía y le hace agujeros para la boca y para los ojos, deja automáticamente de ser una aburrida calabaza y se convierte… ¡en otra cosa! Y si además introducimos una vela o una linternita dentro para que se ilumine por las noches, para de contar… (si hay algo que mole más que una calabaza de día, es una calabaza de noche). De ahí que se les llame Jack-o’-lanterns, que viene de cuando antiguamente los niños colocaban cirios en el interior de frutas y verduras para asustar al personal: una especie de espantapájaros hortofrutícolas, se podría decir, como si las verduras no dieran bastante miedo ya de por sí.

Halloween. Campo de calabazas.
Un campo de calabazas XXL.

Cualquiera puede ir al supermercado y hacerse con un kit especial para diseñar calabazas… ahí, en plan Bricomanía. Suelen estar estratégicamente colocados al lado de las calabazas (dónde si no), que ponerlos junto a los melones no tendría mucho sentido. Son unas bolsitas como de de escultor o cirujano muy básicas, (tipo Esculturnova o Cirujanonova de bolsillo), y vienen con todo lo necesario para destripar una calabaza. Luego vas (con mucho cuidado y mejor puntería), y le haces los ojos y la boca. Y ya si te vienes arriba, también le puedes esculpir los agujeros de la nariz… o lo que se te ocurra. No hay límite ni tampoco dos calabazas iguales, ¡ahí está la gracia!

Si piensas que tirar comida está feo, siempre puedes hacer pastel de calabaza, o un bizcocho de calabaza, o zumo de calabaza o algo de calabaza con lo de dentro, supongo.

Halloween. Calabazas.
Nunca digas esta calabaza no es mi hijo.

Hay calabazas para todos los gustos: desde muy mal hechas hasta auténticas obras de arte, dependiendo de la destreza de cada uno. Hay algunas tan logradas que cualquiera diría que estén talladas con escalpelo y bisturí, da gusto verlas y te entran ganas de cometer hurto menor. Aunque también hay quien pasa olímpicamente de comprarse su kit de Cirujanonova y se limita a colocar una calabaza monda y lironda delante de casa, en plan ley del mínimo esfuerzo… Y tan pancho se queda. Ese ni es americano ni le gusta Halloween ni nada.

Una decoración minimalista.

¿Eres la persona menos mañosa del mundo y no sabes manipular un cuchillo sin llevarte tres dedos por delante? ¿Eres muy torpe pero te hace ilusión tener una calabaza con más cara que espalda en la puerta de tu casa? ¡No desesperes! Siempre puedes hacer trampas (que en Halloween todo vale), y en vez de realizar orificios a tu calabaza, pues se los pintas. Fácil y sencillo.

Halloween. Calabazas con turbante.
Esta calabaza viene del spa fijo.

Es sumamente importante ir a cazar calabazas lo antes posible. Esto lo he aprendido con los años… ¡Nada de apurar y esperar al día de Halloween! A no ser, claro está, que quieras admirar una colección de calabazas putrefactas, en descomposición y con malvadas ardillas devorándolas por dentro. Lo aconsejable es darse una vuelta una semana antes mínimo. Según la wikipedia, que la vida media de una calabaza es de cinco a diez días, y como dirían Hidrogenesse, no hay nada más triste que una calabaza pocha.

Halloween. Calabazas.
Una escalera hortofrutícola.

Continuará…

A la caza de la calabaza (parte 1)

Halloween. Calabazas. Cementerio.
A esto le llamo yo tirar el cementerio por la ventana.

Cada año por estas fechas me doy una vuelta por el barrio, calle arriba calle abajo, a la caza y captura de la calabaza. Es una especie de tradición que, desde que vivo aquí, no me he saltado ni un solo año. Da igual que llueva, que haya una pandemia mundial o que estén dando Grease por la tele, yo salgo a cazar calabazas. Las hay de todo tipo, como en botica: grandes, pequeñas, perfectamente redondas, totalmente amorfas, unas más escurridizas y otras que te esperan sentadas en una silla.

Para gustos, calabazas.

Como era de esperar, este año la cosa está un poco desangelada. Si las cuentas no me fallan, creo que he visto más ardillas cruzando carreteras y trepando árboles que calabazas con los ojos achinados y bocas en sierra. Y eso no puede ser. Después de todo, es Halloween y no la semana de la ardilla. Aprovecho para decir que me da rabia que las ardillas sean unos animalillos tan asustadizos. ¡Imposible hacerles fotos y que no salgan movidas! Eso sí, hace poco me encontré con una que no solo no se asustó, sino que además me debió ver cara de bellota porque se puso a perseguirme calle abajo. Lo pasé un poco mal, la verdad, así que casi mejor que se asusten ellas y no yo. También me atacó un pájaro un día, pero ya me desvío mucho del tema.

Halloween. Calabazas. Bruja.
Una vecina sin mascarilla.

Supongo que si este Halloween se ven menos brujas de nariz aguileña y los esqueletos colganderos brillan por su ausencia, se debe a las numerosas limitaciones que se han puesto. A saber: el Truco o trato solo se puede celebrar de seis a ocho de la tarde. Nada de ir a fiestas de disfraces que se celebren dentro de las casas. Se desaconseja totalmente ir a casas encantadas donde se vaya a juntar mucha gente predispuesta a gritar y a soltar aerosoles como pepinos. Tampoco te puedes montar en un mismo tractor y dar vueltas por un maizal de noche con personas que no vivan en tu misma casa. Un tractor por núcleo familiar, gracias.

Halloween. Calabazas.
Manda narices que este Halloween los que den miedo sean los que no llevan máscaras…

Pero vamos, a ver quién es el valiente que va de casa en casa aceptando chocolatinas de desconocidos. En cuanto menos te lo esperes, te abre un votante de Trump sin mascarilla y en vez de darte chuches, te estornuda en la cara. ¡Como en una ruleta rusa de chuches! Hablando de chuches, en los supermercados venden bolsas tamaño XXXL de chocolatinas edición especial Halloween. Se supone que son para repartirlas entre los niños y niñas que van a tocarte la puerta, pero no pasa nada si no te gustan los niños y te las quieres quedar todas para ti para comértelas viendo Netflix con una sonrisa maligna en la cara y cero culpabilidad. Aquí no venimos a juzgar.

Halloween. Calabazas. Araña.
¿Desde cuándo no echas insecticida en el ático, cariño?

Total, que la cosecha de este año no ha sido precisamente para tirar cohetes. Y mira que he dado vueltas, buscando calabazas y esquivando ardillas. Así que al final he decidido mezclar los mejores hallazgos de estos días junto con algunas de mis fotos favoritas de otros años, de cuando los vecinos tiraban las casas por las ventanas y colgaban telarañas cual visillos, no escatimaban en calabazas y enterraban cadáveres en el jardín con alegría. Qué tiempos aquellos…

Halloween. Calabazas. Coro.
El coro calabaza a capella.

Continuará…

Reírse del fin del mundo

A mí me dijeron: ¨Tú pon cara de escritor¨

La verdad es que hoy estoy contento. No solo me acabo de enterar de que esta medianoche Kylie estrena una nueva canción para alegrarme el corazón, sino que encima salgo en el periódico. ¡Con lo poco habitual que es que te pasen dos cosas buenas el mismo día! El otro día, por ejemplo, hice unas croquetas por primera vez. Con su bechamel y todo, desde cero, con todas las consecuencias. ¡A lo loco! Y en un giro imprevisible de los acontecimientos, lo que parecía ser una crónica de un desastre culinario anunciado (y desafiando todas las leyes de la física y de Masterchef), resulta que me salieron insultantemente buenas. Ver para creer. Vale que no me salieron muy bonitas estéticamente hablando… De hecho puede que fueran las croquetas más amorfas del mundo. Pero madre mía, en boca eran una fiesta… ¡Con lo complicado que es hacer veinte croquetas y todas de diferente tamaño y consistencia, cada una de su padre y de su madre!

Una diva doméstica entre discos revueltos

La foto que han puesto en el periódico es tamaño poster de la Teleindiscreta, por cierto. Ahí, ¡que se vean bien las canas! Aunque mi madre ya debe de estar buscando un marco para colgarla en la pared, la próxima vez (en el caso de que haya una próxima vez), me pongo un gorro. O un par de ensaimadas como las de la princesa Leia. Porque sabía que la tele engorda, pero que los periódicos multiplicaban las canas que da gusto no tenía ni idea. Pero bueno, hace ilusión que se acuerden de uno incluso estando tan lejos, claro que sí. Y si además esto sirve (además de para que mi madre enmarque la foto) para que nuevos lector@s se animen a darle una oportunidad a El fin del mundo a cucharadas y se echen unas buenas risas antes de irse a la cama, ¡para qué queremos más!

Yo aquí he venido a jugar

Maniquíes
Fiesta de los maniquíes

Estoy muy contento porque he acertado un panel de La ruleta de la fortuna… A diferencia de la versión española, la ruleta americana pesa más y gira menos. Esto hace que el ritmo sea más dinámico, ya que no tienes que esperar tres días a que la ruleta pare en algún sitio. El presentador es un señor rubio y mayor un poco siniestro, como cualquier señor rubio y mayor. Y la azafata le da la vuelta a cada casilla con una parsimonia admirable, como si le diera igual todo. Eso sí, no enfocan al público haciendo la ola ni cantando incoherencias ni por casualidad, por lo que el ambiente es un poco desangelado. Sobre todo si lo comparamos con el festivo público de la ruleta española gritando rimas consonantes como si se les fuera la vida en ello cada cinco minutos. Espérate que no haya público… ¡o que tengan maniquíes sentados en las gradas!

Lo que más me llama la atención es que los concursantes apenas demuestran entusiasmo cuando ganan un premio ni se tiran de los pelos cuando pierden turno. Ni siquiera se llevan las manos a la cabeza cuando caen en la quiebra, que es lo peor que te puede pasar. Como mucho murmuran un vaya por Dios, maldita sea mi estampa por lo bajini y mantienen la compostura como si nada, como si hubieran ido a disimular y no a ganar dinero. Muy aséptico todo. Casi que me alegré más yo de acertar el panel que la señora que ganó, no digo más.

El árbol de los electroduendes
El árbol de Navidad de los electroduendes

Y en el otro extremo están los concursantes de El precio justo. Si los de la ruleta son todo contención, los de El precio justo son todo vehemencia. A diferencia de El precio justo de España, este es un programa diario que dan por las mañanas, más de andar por casa, con un montón de marujas y de marujos de público. Es perfecto para oír de fondo mientras haces otras cosas. Hasta que algún concursante acierta el precio justo de algo, claro. Es entonces cuando dejas de hacer lo que estuvieras haciendo y prestas atención a la tele, porque es para verlo. Se vuelven locos, literalmente. Aunque hayan ganado una sartén, da igual… Gritan, saltan, hiperventilan, abrazan a la azafata o azafato, besan el suelo, besan al presentador, besan a la azafata o azafato, ponen los ojos en blanco o dedican la sartén que acaban de ganar a todo hijo de vecino. O todo a la vez. Y sin dejar de saltar ni de gritar en ningún momento. He visto películas de exorcismos con menos acción. Hoy, sin ir más lejos, una señora hasta se ha santiguado por cuadruplicado mientras la cabeza le daba vueltas. No me acuerdo de lo que ha ganado, pero me he alegrado un montón.

El bus

Los autobuses escolares son el medio de transporte más incómodo después del carromato.

Ayer en el autobús se me sentó una chica con hipo justo delante. Trece paradas con hipo conté. Y encima no se le ocurre otra cosa que ponerse a hablar por el móvil, una gran idea cuando estás con hipo. Le decía a su interlocutor/a que tenía un hipo tremendo, como si no lo supiéramos todos. Viajar con alguien con hipo en transporte público es una lata, pero en medio de una pandemia mundial todavía más. Me hubiera encantado darle un susto de los de quitar el hipo, pero no sé… sobresaltar a una perfecta desconocida en un autobús me parecía un poco atrevido por mi parte. Además, todavía no sé dar sustos en inglés. Aunque lo que más rabia me da es no saber hacer chistes en inglés. Pero bueno, casi que mejor, que aquí es facilísimo ofender. Y una persona ofendida y con hipo, ¡para qué queremos más!

Aunque iba en autobús, me acordé de esa peli que se llama Tira a mamá del tren, no sé por qué. Se me hizo interminable el viaje. Eso sí, entre hipo e hipo, me enteré de que es camarera y que en el sitio donde trabaja han sacado unas patatas nuevas a las finas hierbas que están buenísimas.

¿Ha pasado ya el 15?

Y pronto se cumplen tres años del día en el que en la parada del bus un señor me preguntó que a qué hora pasaba el autobús. No deja de ser una efeméride como otra cualquiera, pero por alguna razón se me ha quedado grabada, con la mala memoria que yo tengo. Le dije que en tres minutos, y me respondió que qué acento más raro, que si era musulmán. Yo le respondí que no, que soy vasco. Y él que no, que soy marroquí. Y yo que no, que soy vasco. Y él que tengo acento de marroquí. Y yo que bueno, que vale, pero que soy vasco. Y luego que si era portugués. Y yo que tampoco, que qué tres minutos más largos, virgen del amor hermoso. Y el señor, erre que erre, que de qué país de Sudamérica venía exactamente. Y yo que de ninguno, que de Spain. Pues no quedó muy convencido el hombre. No hace falta decir que si en vez de conmigo hubiera estado hablando con Mayra, se habría llevado una calabaza para casa seguro.

A veces te dan calabazas.

Yo no sé qué les enseñan en clase de Geografía. Otro día, en el cole de Inglés para adultos al que iba tuvimos que levantarnos de uno en uno, ir al mapamundi que tenían de adorno en la pared y clavar una chincheta en el lugar de donde veníamos cada uno. Cuando llegó mi turno, calculé a ojo de buen cubero por dónde cae Guipúzcoa y puse la chinchetita con la mejor puntería que pude. Me di la vuelta y me encontré a media clase mirando como si hubiera clavado una chincheta en Júpiter.

De tartas y cucuruchos

Una tarta automática e hidromática.

—¿Cuántas veces has visto Grease?
—Con esta… tres millones.
—¿Y no te aburres?
Respuesta corta: ¡Jamás!
Respuesta larga: Para nada.

Pues no sabría decir si acabo de ver mi película favorita en la tele o trozos de mi película favorita pegados con esparadrapo. Vale que Grease tiene sus cositas, pero madre del amor hermoso, ¡menuda escabechina! Han cortado cuando Putzie mira debajo de la falda de una chica, cuando Marty habla con Sandy acerca de sus tropecientos novios, cuando los chicos enseñan sus posaderas en el concurso de baile, cuando Rizzo y Kenickie practican sexo en el coche… Hasta una estrofa de una canción famosísima ha faltado. Manda narices. Y claro, luego cuando Rizzo se alegra tanto de no estar embarazada, tenemos que dar por hecho que se ha pasado media película preocupadilla por si se había quedado en estado por ciencia infusa o porque le han echado una aspirina en la cocacola.

Lo más curioso es que este mismo canal te emite un maratón con todas las partes de Pesadilla en Elm Street, empezando a las diez de la mañana, donde no se escatima en higadillos, precisamente. Y mira que a mí las películas de Freddy me parecen todas divertidísimas, sobre todo la cuarta y la quinta (aunque mis favoritas son la primera y la tercera, como las de casi todo el mundo). Debe de ser como la famosa doble moral americana: puedes desayunar viendo cómo a Johnny Depp se lo traga la cama y después lo regurgita convertido en un volcán de tripas, pero no viendo a Rizzo lamer un cucurucho.

Oye, que lo mismo ya no estamos en Kansas…

No hay una sola canción que no sea una maravilla (hasta las que quedaron fuera de la película pero que suenan de fondo en el concurso de baile son estupendas), pero quizás mi favorita sea There Are Worse Things I Could Do (como por ejemplo, censurar una película).

Pero el puritanismo en los canales de cable no solo se ceba con las películas musicales, ¡también con las series! Hace poco vi un capítulo de Sexo en Nueva York en el que, cada vez que Samantha abría la boca, parecía que iba a explotar la tele. Qué tensión, madre mía. Normal que la pobre saliera poquísimo (si nunca la has visto antes, pensarías que la serie va de tan solo tres amigas que hablan de todo menos de sexo mientras almuerzan todas juntas). También es verdad que si en vez de cortar escenas y partes de diálogos pusieran pitidos, más que Sexo en Nueva York parecería un atasco en hora punta en Nueva York, no sé lo que es peor.

¡Ñam! Y a la boca.

Las fotos son de una fiesta de cumpleaños con el que tuvieron a bien sorprenderme y donde, afortunadamente, la tarta corrió mejor suerte que el cucurucho de Rizzo. Fue obra de unos amigos que tienen tantos cachivaches en casa que yo no sé si tienen una cocina o un Quimicefa, pero hacen maravillas. Además de ser la tarta más preciosa, automática e hidromática del mundo, estaba deliciosa. Sin censura todo sabe mejor.

Sé lo que hicisteis el último verano (por estas fechas)

Árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, ¡Bigfoot!

Michigan se divide en dos partes: la Lower Península, que es donde vivimos las personas, y la Upper Península, que es donde viven los osos y el Bigfoot. O eso es lo que nos habían dicho, porque llevamos tres días de excursión y de momento no hemos visto ni de lo uno ni de lo otro. Ni osos ni Bigfoot ni nada, si lo llego a saber… Lo que sí que he visto ha sido una araña gorda en la bañera. Gorda no, ¡gordísima! No he gritado porque eran las ocho de la mañana. El viaje, a grosso modo, se puede resumir así:

Árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, ¡una casa! Árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, ¡un poste de la luz! Árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, ¡un señor en bicicleta! Árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, ¡un ciervo! Árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol… y así sucesivamente. Y ni siquiera puedo decir que he visto millones de árboles diferentes, cada uno de su padre y de su madre, qué va, eran todo el rato el mismo. Como cuando en los dibujos animados de la Hanna Barbera se repetía el mismo fondo en bucle, venga a pasar el mismo árbol y los mismos arbustos todo el rato. Pues igual.

Cualquiera duerme aquí

Eso sí, gracias a la habitación del motel, el no va más de la rusticidad, no podemos decir que nos vayamos de aquí sin ver osos. Menos da una piedra.

Seguridad privada, oiga

El verano pasado (por estas fechas) estábamos en Mackinac Island, una isla muy bonita pero infestada de mosquitos. Según nos contaron, habían desaparecido todos los murciélagos del lugar, que ya es casualidad, y resulta que eran los únicos capaces de mantener a raya a los mosquitos… Así que si este año andamos en busca del Bigfoot, se puede decir que el año pasado estábamos en la isla de los mosquitos intentando no ser devorados. Cada verano es una aventura.

Hasta alquilamos un Airbnb con seguridad privada incluida, que consistía en el señor de la foto de arriba. Su uniforme de trabajo consistía en un chubasquero amarillo como el del malo de Sé lo que hicisteis el último verano y una gorra verde, y lo habían encadenado a un árbol delante de la casa cual espantapájaros. El primer día (ya no te digo la primera noche) te sale el corazón por la boca, pero para el segundo día por la tarde ya te habías acostumbrado… Pero los mosquitos también, maldita sea.

¿Quién quiere el último trocito?

Aquí estamos con la sartén más grande del mundo. O eso dice la placa. Está en una carretera en medio de ninguna parte, como casi todo en este país. Otra cosa no, pero carreteras en medio de ninguna parte hay a puñaos. La sartén era de un tamaño hermoso, no lo voy a negar, pero vamos, como una sartén mediana de Bilbao.

Ni no, noní, ni no, noní

La casa del Exorcista.
Menuda escandalera. ¿Quién está gritando esos improperios?

Uno de los personajes de mi libro dice que miremos lo que ha hecho la cochina de su hija. Y como la frase no es de mi cosecha, tuve que ir a casa de Regan para preguntarle si la podía utilizar en un capítulo. Después de todo, entrar en pleitos con una niña al que le da vueltas la cabeza 360 grados y se queda tan pancha no parece muy buena idea, sobre todo si lleva razón y tiene todos los derechos reservados.

¿Quién se ha llevado la farola?

Y ya que estaba, aproveché para recrear el póster de El Exorcista, que no todos los días puede visitar uno la casa original donde Regan regurgitaba alegremente puré de guisantes mientras se le calentaba la boca por cualquier cosa. Hay gente a la que no se le puede decir nada, especialmente si tienen al demonio dentro, aunque también hay gente que no tienen el demonio dentro a la que no se le puede decir nada. Hay de todo. Imposible hacerse la foto sin tararear “ni no, noní, ni no, noní” mentalmente.

Las escaleras de El Exorcista.
75 escalones endemoniadamente empinados

Hablando de padrenuestros, estos últimos meses me ha tocado consultar la RAE más que en toda mi vida. Y he aprendido que rezar tres avemarías y dos padrenuestros se escribe en minúscula y todo junto. Por ejemplo: ¡Qué escalera tan empinada! Yo por ahí no bajo sin rezar antes tres avemarías y un par de padrenuestros. En cambio, Ave María Purísima se escribe en mayúscula y separado. Por ejemplo: ¡Ave María Purísima! ¡Qué escalera tan empinada!

Y no es para menos, ya que se trata de la famosa escalera de la película. 75 peldaños uno detrás de otro y sin que falte ninguno. No me extraña que la cosa acabe como el rosario de la aurora. Está justo al lado de la casa, y es verla y entrarte unas ganas locas de tirarte de cabeza tarareando mentalmente, otra vez, sí: “ni no, noní, ni no, noní”.

El Exorcista. Placa. Washington DC.
Spoiler alert!

Y aquí la placa donde pone que es la auténtica escalera, que no han cambiado ni un peldaño. Y ya de paso, te hacen un spoiler como una catedral. O como recomienda la RAE: un “destripe” de padre y muy señor nuestro.

El de…Nueva York

Friends. Edificio fachada.
El Central Perk hay que imaginárselo

Este es el edifico donde compartían rellano Rachel y Mónica con Chandler y Joey. Bueno, la fachada más bien, que en la tele lo de dentro y lo de fuera casi nunca suelen estar en el mismo sitio (ni siquiera en la misma ciudad ni en el mismo estado). Pero cuando uno va a Nueva York y pasa por este punto neurálgico televisivo, lo suyo es levantar la vista por si, por un casual, ve a Mónica limpiando obsesivamente los cristales o espiando con su telescopio a un señor desnudo en la ventana de enfrente. Lo de encontrar a Phoebe tocando la guitarra o a Rachel envenenando gente en el bar de abajo es un poco más complicado, ya que el Central Perk era una cafetería de mentira y el bar que hay debajo no se le parece en nada. ¡Qué poca visión de negocio!

La casa de Carrie. Sexo en Nueva York.
No muy lejos de aquí está la zapatería de Sarah Jessica Parker. ¡Zapatos a precios de angulas!

También pasamos por delante de la casa de Carrie Bradshaw y sus zapatos, otro punto de peregrinaje televisivo sin parangón. Me atrevería a decir que los zapatos de Carrie viven en un espacio más amplio que cualquier piso en el que he tenido la suerte de vivir, aunque también es verdad que yo tengo menos zapatos y menos de todo.

Total, que Carrie tampoco se encontraba en casa, pero como tenía la luz encendida, qué menos que pensar que estaban todas dentro merendando. Cuando se viaja siempre es mejor echarle un poco de imaginación a los sitios. A veces la realidad y la ficción no se parecen en nada y eso no puede ser.

Sexo en Nueva York. Banana Pudding.
¡Esta mierda está buenísima!

Pandemic World

Toy Story Disneyworld
Nada hacía sospechar que a la semana siguiente se acabaría el mundo. Qué cosas

Esta ha sido la segunda vez que he ido a Disney World, pero la primera vez que he ido inmediatamente antes de una pandemia mundial. Siempre hay una primera vez para todo, eso está claro. También ha sido la primera vez que me he alojado en un hotel Disney. La vez anterior nos alojamos en un motel de carretera, con su caja fuerte que no cierra, una Biblia en el primer cajón y una piscina en la que nadie se atreve a darse un baño porque si te dicen que hace poco encontraron un cuerpo flotando bocabajo y con los pulmones encharcados, tú vas y te lo crees. Pongamos que era un establecimiento de una estrella o dos como mucho, de ahí que fuera tan baratito.

Pero esta vez ha sido diferente. Bien es cierto que por fuera parecía un motel de carretera, con su caja fuerte que no cierra y la Biblia en el primer cajón, pero por dentro era una habitación 100% de La Sirenita. No todos los días puede ducharse uno bajo el mar, con chirlas como jaboneras y un montón de burbujas dibujadas en el alicatado, por aquí y por allí, para que la experiencia sea totalmente inmersiva (nunca mejor dicho).

Hacuna Matata

Se mire por donde ser mire, pasar de dormir en un modesto motel de carretera a hacerlo en un modesto establecimiento Disney, con peces, pulpos y calamares en los rincones más insospechados , es un paso de gigante. No me extraña que digan que este es el lugar más feliz de la Tierra, ya solo la cortina de la ducha daba alegría verla. Pero luego me acuerdo de que dentro del Tío Gilito hay alguien con cara triste y me crea desazón.

Mis atracciones favoritas, por mucho que pasen los años, siguen siendo The Haunted Mansion y la Tower of Terror. Un consejo: montarse en esta última nada más desayunar no es la mejor idea del mundo (a no ser que quieras que se te junte el desayuno con la cena, claro).

Festival Edad Media
Quítate ese corsé que te aprieta el bazo, haz el favor

También hemos ido a la feria del Renacimiento, que no es un parque de atracciones propiamente dicho, pero donde si no te entretienes es porque no quieres. A diferencia de Disney, donde sabes en todo momento en qué siglo estás, venir aquí es como viajar en el tiempo. Lo que no se sabe muy bien es a qué tiempo exactamente, ya que la gente que va disfrazada no se pone de acuerdo. La mayoría van como de extras de Juego de Tronos, pero también hay quien parece que se ha confundido de feria y va vestida de Sailor Moon o de personajes manga random. Eso sí, de lo que más hay son vikingos y hadas, todos y todas bebiendo de unas jarras de cerveza tamaño barreño (ver a una señora con sus delicadas alas de hada del bosque bebiendo lúpulo y cebada de un cubo de fregar es cuanto menos chocante).

Hemos visto a un músico tocando hits de la Edad Media con el violín, y a la que puede ser la señora con los pechos más exuberantes de todo el Renacimiento viendo al señor que toca el violín. Cada pecho era como mi cabeza de grande (me pregunto cómo se las apañará para descansar por las noches. Imposible que pueda dormir boca arriba, y no lo digo yo, lo dicen las Leyes de la Física. Tampoco creo que pueda hacerlo boca abajo. De lado, complicado. Debe de dormir sentada en una silla).

Yo te maldigo, ranking

Ranking amazon
Hay que reír.

Maldita la hora en la que se me ha ocurrido mirar el ranking de los géneros literarios más y menos leídos en Amazon. Resulta que los que más venden son los de género romántico y la fantasía en sus diferentes variantes. Y los thrillers. Y entre los que menos, los libros de humor. Da la casualidad de que el libro que llevo escribiendo año y medio es de humor… O eso quiero pensar. Pero no una comedia romántica ni una paranormal, sino de humor a secas, del de toda la vida. A lo mejor si incluyo un vampiro atormentado en un capítulo… y una escritora de best sellers románticos en otro… y un asesino que mata por barrios siguiendo las casillas del Monopoly… y puede que a la niña de Poltergeist, todavía pueda salvar los muebles. Le voy a dar una vuelta.

Bombillas
Bombillas colganderas.

Esta foto no tiene nada que ver con el texto, pero es que ya tiene un par de añitos y nunca encuentro el momento de ponerla en ninguna parte. Así que me he dicho: ¡pues aquí mismo! Es una selfie tomada en los baños de una cafetería de Nueva York. Pueden parecer unos baños turbios y oscuros donde las condiciones de salubridad brillan por su ausencia y nada bueno puede pasar. Pero nada más lejos de la realidad, son de una cafetería bastante de pitiminí. En Nueva York todo es así, pocas cosas son lo que parecen y les encanta aparentar lo que no se es. Aquí las bombillas colgaban del techo como si fueran jamones en La casa del jamón. Te tenías que agachar para no darte con una en la cabeza, y eso que yo soy un tapón.