¡Hasta luego, Raffaella!

Ya sé que Raffaella era (y es) atemporal, una señora que siempre estaba ahí (dentro y fuera de la tele), pero aquí va un pequeño homenaje (más o menos) cronológico:

Años 70 y 80:

A veces despatarrada (pero siempre con la cabeza bien amueblada) o volando por encima de sus bailarines (pero con los pies en la tierra), esta es sin duda su mejor época en cuanto a espectacularidad, elasticidad y temazos se refiere. Porque si juntamos en un mismo escenario un ballet de hombres sudorosos (a poder ser de pelo en pecho y mallas de colores), coreografías imposibles que equivalen a una clase de aerobic (y otra de zumba), un golpe de melena a prueba de tortícolis y descoyuntamientos cervicales, y unas letras con segundas (y terceras) intenciones (y lo envolvemos todo con una sonrisa incansable), obtenemos una actuación prototipo de Raffaella. Así, sin necesidad de apellido.

(Buscar a Raffaella en YouTube siempre es un acierto si queremos arreglar un día muermo. Pura fantasía).

Años 90:

Si había un programa de televisión que fuera intocable en casa, que había que verlo sí o sí (casi tanto como el Un, Dos, Tres antes y el ¿Qué apostamos? después), ese era ¡Hola, Raffaella! (no sé si iba entre signos de exclamación, pero da igual, Raffaella bien se los merece). En realidad, no dejaba de ser un cajón de sastre de varias horas de duración donde tenían cabida un hipnotizador, un transformista, un futurólogo y Loles León (juntos y revueltos) además de un montón de famosos que iban a echar el rato en el sofá de casa de Raffaella. Y luego estaba ella, la anfitriona y encargada de dar sentido a todo este despropósito con su simpatía infinita y cara de no sé qué demonios estoy haciendo pero todo va a salir bien. Y todo salía bien. Y jugaban al “Si fuera” y bailaban el Tuca Tuca como si no hubiera un mañana.

Todoterreno

Raffaella era un poco de todos, como de la familia, como si siempre hubiera estado ahí, en la tele metida, dosificada en diferentes décadas (como si apareciera y desapareciera cada X tiempo para que no nos cansáramos de ella). Siempre nos dejaba con ganas de más. Y nos caía tan bien que le perdonábamos mil y un despistes y patadas al diccionario. De hecho, era divertidísimo verla pronunciar mal los pueblos de España y los nombres de la gente. Eso sí, si sonaba el teléfono, mejor que dijeras ¡Hola, Raffaella! por si acaso (Raffaella y los teléfonos siempre han tenido una relación muy estrecha).

Años 00:

Cuando salíamos a echar unos bailes a antros de mala muerte, donde mayormente ponían una música horrible (antes del reguetón también había de eso), la cosa se arreglaba un poco cuando pinchaban, como para rellenar, alguno de los temazos rompepistascuellos de Raffaella. Eran (son) canciones a prueba de modas, tan antiguas y, sin embargo, modernas, capaces de resucitar la fiesta más aburrida. Mi favorita era una que se llamaba No pensar en ti, aunque como no era de las archiconocidas nunca la ponían en ningún sitio. Pero en casa sonaba en bucle. Y alucinaba con Rumore; la escuché por primera vez en un concierto de Fangoria y no daba crédito. Tuvo que pasar un tiempo hasta que me enteré de que era de Raffaella (cosa que no me pasaba desde que pensaba que todas las canciones del pop español eran de La Década Prodigiosa). Era tan pavo que nunca me pareció raro que Alaska cantara una canción en italiano (pero no pavo en plan voy a hacerme la tonta para que este señor no me hipnotice, como Raffaella, sino pavo-pavo).

Raffaella y un montón de gente

Años 10:

La foto es de cuando tuve la suerte de ir de público al último programa que Raffaella presentó en España. Era la gala del 60 aniversario de TVE, y aunque por allí se paseó la flor y la nata de la gente que salió por la tele alguna vez en las últimas seis décadas, nuestros ojos estaban puestos casi exclusivamente en ella. Bueno, y en Marta Sánchez. Y en Mónica Naranjo. Y en Mariló Montero. Pero sobre todo en Raffaella. Fue tan profesional, natural y sencilla como la recordábamos de la tele, ni más ni menos. Tuvieron el detalle de darnos un bocadillo por estar tantas horas aplaudiendo (incumpliendo una de las reglas de Raffaella de no mezclar carbohidratos y proteínas en el mismo plato), pero yo a Raffaella la hubiera aplaudido igual aunque nos hubieran tenido muriéndonos de inanición.

Años 20:

Y el año pasado publiqué El fin del mundo a cucharadas, donde Raffaella y sus canciones pululan por sus páginas, casi como un personaje más, y donde la sombra de su flequillo es tan marchosa como alargada. Después de todo, fue ella la que nos aconsejó que, por si acaso se acaba el mundo, todo el tiempo debemos de aprovechar. Y a Raffaella hay que hacerle caso siempre.

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