La portada

Un huerto de lo más artístico.

Conocí a Roberto hace veinte años en un curso de dibujos animados. Resulta que antes de ser escritor quería ser dibujante, y antes de dibujante quería ser bailarín o detective, según el día. También hubo una época (más realista) en la que soñaba con ser reponedor de supermercado, ya que madrugabas un montón pero luego tenías las tardes libres. Ni tan mal. Por algún motivo que no recuerdo también quise ser crupier en un casino, pero al tener las manos tan pequeñas se me caían las fichas todo el rato. La verdad sea dicha, no me veía mucho futuro en un casino (ni yo ni el señor que nos estaba dando el cursillo… y recogiendo fichas del suelo).

Total, que en el curso de dibujos animados nos miraban un poco por encima del hombro porque Roberto y yo éramos los únicos fans confesos de las películas Disney (dar por hecho que en un curso de dibujos animados todo el mundo se desvive por La Sirenita o por Frozen 2 es un craso error, todavía hay mucha gente en el armario). El premio gordo al acabar era un puesto como animador profesional. ¡Te pagaban por dibujar! Un sueño hecho realidad para todos nosotros (mucho mejor que lo de crupier o reponedor, dónde va a parar).

Por supuesto, no hubo ningún giro dramático de los acontecimientos (de esos de última hora) y no nos eligieron. Era demasiado bonito para ser verdad. Pero como la vida es así de caprichosa, al poco tiempo la empresa de animación quebró, así que tampoco hubiéramos llegado muy lejos en ese mundillo después de todo.

Y veinte años después y con un océano de por medio, en otro giro inesperado (ahora sí) de los acontecimientos, nuestros caminos se volvieron a cruzar. Porque, además de fan de Disney, da la casualidad de que Roberto también es el autor de la portada de El fin del mundo a cucharadas.

Portada #1

Corría el año 2019, y ninguno sospechábamos que el mundo, tal y como lo conocíamos, se iba a acabar tan pronto (y no por impacto de un pedrusco espacial precisamente). Había terminado de escribir un relato breve que se llamaba Diva domestica sobre una señora que solo es feliz un día al año, lo cual es poquísimo. No sabía muy bien qué hacer con ella, pero aun así Roberto le hizo esta portada tan eurovisiva que le pegaba como un guante… de fregar. Una portada pop y doméstica, para que queremos más.

Como con un cuento suelto no íbamos a ninguna parte, Roberto aprovechó la portada para ilustrar un hipotético cuaderno y, ya de paso, fantasear con tener nuestra propia línea de merchandising: que si cuadernos de la Diva doméstica, que si tazas de la Diva doméstica, que si cojines de la Diva doméstica etc. Hasta que un día, aburrido de que me rechazaran para trabajar en la biblioteca por enésima vez, me dije: ¿por qué conformarse con un modesto relato de apenas 20 páginas pudiendo escribir un libro entero? Y no uno finito, sino uno bien gordo, que también sirva de pisapapeles. ¡Solo me hacen falta 430 páginas más!

Portada #2

Como otra cosa no, pero tiempo tenía, me puse a escribir más historias para acompañar a la Diva doméstica en el fin del mundo. Porque cuando el sexy presentador del telediario y la presentadora del tiempo coinciden en que un asteroide va a destruir la Tierra más pronto que tarde, es mejor que te pille acompañada/o de gente igual de desgraciada que tú, que mal de muchos consuelo de tontos y de tontas.

Así llegamos a esta segunda y colorida portada, donde la Diva doméstica deja de ser la protagonista de su breve y eurovisiva historia para convertirse, a golpe de asteroide, en la orgullosa representante de un montón de personajes que, al igual que ella, no ganan para disgustos. Cada capítulo es una cucharada, pero la suya siempre será especial. Una cucharada sopera.

Portada #3

Y después de varios intentos de tirar el portátil por la ventana, de borrar capítulos y de añadir capítulos, de preguntarme: ¿pero esto quién lo va a leer? y demás dudas existenciales y gramaticales, llegamos a la portada definitiva. Básicamente es la misma que la anterior, pero con más estrellitas en el cielo y algún que otro retoquito por aquí y por allí, que en Amazon hay que salir guap@ para llamar la atención y que la gente te encuentre, cosa nada fácil en ese océano de tiburones libros. Los fans de Disney bien sabemos que la belleza está en el interior y que no hay que juzgar un libro por la portada, pero está claro que ni Ariel ni la Bella compraban los libros en Amazon.

Y aquí estamos, esperando a ser descubiertos por lectores y lectoras con sentido del humor y ganas de reírse del fin del mundo. Si hemos esperado veinte años, no nos van a entrar ahora las prisas. ¡Gracias Roberto! Antes no nos quería nadie y ahora mira, tu portada enmarcada y todo.

ACTUALIZACIÓN:

¡Ha ocurrido!

4 comentarios

  1. Ya tenía ganas de pasarme por tu blog. Encantado de conocer la historia de la portada. La vida gira y nosotros con ella, y si das las suficientes vueltas, acabas escribiendo un libro para reírte de esta noria demencial. Ten cuidado, tengo tu libro en el punto de mira y no suelo fallar. En USA no creo que se lleven mucho, pero te mando un abrazo; calor humano made in spain.

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    1. Muchas gracias Javier, en este país de robots humanoides se agradece cualquier gesto de afecto no programado (aunque sea importado desde el otro lado del charco, ¡claro que sí!).
      Por cierto, aquí uno que ya anda husmeando por la Baja Maraña… 🙂 ¡Gracias por visitarme y otro abrazo no robótico para ti!

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      1. Con cuánto gusto me tomaba unos vinos (o cervezas) contigo para que me hablaras de esa extraña civilización. ¿Te acuerdas de los Fraggle Rock? Eres como el Fraggle viajero que exploraba el mundo exterior y mandaba misivas a los de su especie narrándoles sus andanzas. En la Baja Maraña hay una fauna interesante, me alegra saber que la estás explorando. Cuídate mucho, amigo, no vaya a ser que te incuben el virus de la automatización. ¡Abrazo!

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      2. Jaja, bueno, a veces más que como el Fraggel viajero me siento como Paco Martínez-Soria… pero no pasa nada. Las automatizaciones las justas 😛

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