Capítulo 47: Cómo sobrevivir a una clase de aquagym

Visibilizando a las mujeres mayores en Madrid

Este domingo hemos participado en el concurso de decorar bolardos Bolardo voy, bolardo vengo. Como la temática era libre, muchos de los bolardos participantes eran reivindicativos a tope: NO a los toros, NO a la lgtbifobia, NO a la tala, NO a los Airbnbs… NO a un montón de cosas. Para no desentonar, el nuestro podría ser algo así como NO a la discriminación de las señoras mayores en clase de aquagym, donde saber flotar y usar gorros de colores fluorescentes son dos requisitos imprescindibles para poder apuntarse. De hecho, la clase de aquagym para mayores de sesenta tiene la particularidad de ser la única actividad en toda la piscina cuyos participantes salen del agua igual de arrugados que como han entrado.

Boceto señora mayor
La base es importante

Y es que Madrid en verano puede llegar a ser una ciudad de lo más inhóspita y bochornosa. Se van los de aquí y vienen los de allí, pero siempre hay gente por todas partes y cosas que hacer. Como, por ejemplo, poner bonita una calle. Con cuarenta grados a la sombra y una pistolita de disparar agua en el bolsillo, nos plantamos en el barrio de Lavapiés para demostrar que se puede embellecer un feo bolardo sin morir por un golpe de calor (o de maceta o de parachoques) un domingo por la tarde. Y como no podía ser de otra forma, llevamos a doña Gwendolyne como representante del colectivo; la pusimos en medio de la calle a tomar el sol con su toalla y el gorro de brilli brilli a juego, y no nos movimos de su lado desde que empezó el concurso hasta que acabó (básicamente para que nadie nos la robara, que a ver quién no querría tener a una señora septuagenaria en bañador en su casa. Mejor no arriesgarse).

Manualidad con goma eva
Esto va tomando forma

Aquí un día cualquiera en clase de aquagym:

Dramatización de los acontecimientos:

Doña Gwendolyne solía ir de naranja butano, doña Mariví de verde lima-limón, doña Beatriz de rosa chicle y doña Fátima de amarillo pollo. Aun así, el monitor tenía que estar constantemente contando cuántas señoras entraban en la piscina para asegurarse de que fueran las mismas señoras que salían; ni una más ni una menos.  

—Estamos obsoletas, chicas —dijo doña Beatriz.

—¿Me estás llamando antigua? —preguntó doña Gwendolyne.

—Traes mala cara hoy, como decrépita.

—Gracias. Lo mío me cuesta.

—Estamos diseñadas para no durar, como los electrodomésticos. Bueno, y para sufrir —corroboró doña Fátima—. Para sufrir y no durar.

—Pues mi lavadora tiene diecinueve años —intervino doña Mariví, levantando un brazo y una pierna—. Y ahí sigue, gira que gira a pesar del tute que le doy.

—¿Diecinueve? ¡Qué barbaridad! —exclamó doña Gwendolyne.

Doña Mariví confesó que si no había ligado con el técnico de lavadoras era porque con su marido tenía bastante; estaba escarmentada y curada de espanto, las dos cosas.

—Luego se te amodorran en el sofá y no hay quien los reviva. Es infinitamente más fácil devolver a la vida un electrodoméstico que ha dejado de funcionar, por la causa que sea, que resucitar un marido de larga duración, desganado y fuera de garantía. Vamos, que te lo tienes que quedar.

—¿Todo eso te ha dicho el técnico?

—Opina que mi lavadora debería estar expuesta en un museo, que es un milagro que siga dando vueltas. Yo le digo que el que tendría que estar en un museo es mi Rodolfo, pero piensa que lo digo en broma y se ríe. Y yo lloro porque soy objetivamente infeliz. Y porque me aburro. Yo lloro y el técnico se ríe.

—¡Qué poca delicadeza!

—Y me pregunta si quiero la factura con IVA. Y yo le digo que me siento muy sola.

Pared de una piscina
Una vez, nadando de espalda, me descalabré contra una pared igual pero más durita, ¡qué recuerdos!

Doña Gwendolyne, doña Beatriz, doña Mariví y doña Fátima, a cuál más fluorescente, se desplazaban a ritmo de bachata en la piscina infantil.

—La vida en común no es fácil. ¿Cuánto son diecinueve años de lavadora en años humanos? 

—Uy, ni idea. Échale como a Beatriz.

—¡Sin faltar, eh! —A doña Beatriz no le importaba ser la más mayor de todas, pero llevaba francamente mal que se lo recordaran cada semana, especialmente si la estaban comparando con un electrodoméstico obsoleto, una pieza de museo, un objeto de coleccionismo o un pedazo de chatarra.

—¿Y tú, bonita? 

—¿Yo, qué?

—¿Prefieres criar malvas bajo tierra o empolvarte en un horno?

Más de uno pensaría que se trataba de un curso de natación sincronizada para la tercera edad si las participantes bailaran mínimamente sincronizadas, pero no era el caso. Daba la impresión de que cada una se movía al son de una canción diferente: unas se desplazaban de izquierda a derecha y otras de derecha a izquierda (y todas estaban convencidas de que las que iban en dirección contraria eran las demás). En clase de aquagym reinaba la anarquía bachatera más absoluta.
Me tienes loco… Crazy, crazy de amor… Mi corazón hace: ¡Pum! ¡Kitipun! ¡Kitipun! ¡Pun! ¡Pun!

—Ni lo uno ni lo otro. Creo que me voy a donar a la ciencia, que, además, sale gratis. ¿Sabéis si desgrava?

—¡Mira que eres pesetera!

—¿Pero no te acabo de decir que ofrezco mi cuerpo serrano para que lo estudien? 

Figura de una señora en bañador
Achicharradita

—No te lo tomes como algo personal —dijo doña Gwendolyne—, pero poco van a aprender de ti. Estamos tan cascadas que espérate a ver si se puede aprovechar algo de nosotras.

Doña Gwendolyne tenía los pulmones llenos de ceniza y una cantidad de dioptrías incalculable en cada ojo; doña Fátima pitaba cada vez que atravesaba un arco de seguridad o cuando le pasaban un detector de metales; y a doña Mariví le faltaban un riñón, el bazo y el apéndice y le sobraban muelas del juicio. Pero en clase de aquagym eran todas iguales.

—Que hagan conmigo lo que quieran, me da exactamente igual. Yo me dejo.

—Eso suena a proposición indecente. 

—Pues qué queréis que os diga. Es oíros hablar y darme pereza morirme. Ala, ya lo he dicho.

—¿Hay algo que no te dé pereza, bonita?

—A mí que me congelen —comentó, como si tal cosa, doña Mariví—. Experimentos los justos.

—Se dice criogenizar —puntualizó doña Beatriz.

—¡Mira la otra! Como Walt Disney.

—¿Criogenizarte tú? No te pega nada —opinó doña Gwendolyne.

—¿Y por qué no?

—A todo esto, ¿Walt Disney está congelado?

—¿Nunca lo habías oído? 

—No tengo internet. 

El gorro de baño
Doña Gwendolyne dándole la espalda al edadismo en las comedias románticas

—¡Así estás tú de desinformada! —espetó doña Fátima. Desde que completó un curso de ofimática para gente analógica llamado Curso de ofimática para gente analógica, doña Fátima iba por el ciberespacio como si hubiera nacido con un módem debajo de un brazo y el ratón inalámbrico debajo del otro. 

—Yo tampoco te imagino criogenizada, Mariví. ¡Con lo friolera que tú eres!

—¿Eso qué tendrá que ver? 

—Bueno, algo sí que tiene que ver.

—¡Pero si aceleras el paso cuando pasas por el pasillo de los congelados!

—¿Vosotras no? En ese pasillo no se puede estar, ¡hace un frío que pela!

Si coincidía que en la lista de la compra figuraban más de tres o cuatro productos que solían estar en la sección de los refrigerados, doña Mariví procuraba ir al supermercado con una rebequita de lana, incluso en julio y agosto. Decía que, a su edad, abrir el congelador en mangas de camisa podría suponer llevarse a casa, además de un paquete de gambas y otro de arroz tres delicias, una pulmonía de propina.

Fin de la dramatización.

Participando en el concurso de decoración de bolardos de Lavapiés
¡Hola!

Un millón de gracias a Merce, Carmen y Antonio; a la gente que se acercó a preguntar que quién era esa señora tan fresca sentada en un bolardo; y a quienes tuvieron el detalle de coger un marcapáginas aunque solo fuera para abanicarse.

Y bueno, si te apetece ir a más clases de aquagym, las tienes aquí.


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