Estos días Dorita ha estado en Londres. No había vuelto desde antes del Brexit, ya ha llovido de aquello, y le ha tocado un poco el “totó” enterarse de que ahora hay que pagar por entrar en el Reino Unido, ¡menuda desfachatez! Desde luego, ella no tuvo que acoquinar ni un céntimo por visitar la Ciudad Esmeralda, de eso se acuerda perfectamente: con aplastar una bruja en silla de ruedas y dar conversación a un grupo de gente con carencias de todo tipo le fue más que suficiente. Aparte de que no es lo mismo que te den la bienvenida un montón de Munchkins cantarines que un señor con un datáfono, no causa la misma impresión, no señor.

Nada más llegar al hotel, a Dorita el cuerpo le pedía bañera. Teniendo en cuenta que en su Kansas natal la pobre pasó la infancia bañándose dentro de una palangana, normal que cuando va por ahí quiera aprovechar para darse algún caprichito acuático en cualquier recipiente donde pueda estirar las piernas. Sus planes se trastocaron (y se volvieron de secano) cuando se percató de que cerca de allí estaba el lugar donde Emma, Geri, Victoria y las dos Mels grabaron el videoclip de Wannabe, el famoso y caótico plano secuencia con el que se nos presentaron las Spice Girls… ¡hace casi treinta años! Dorita se sintió un poco vieja pelleja, pero allí que se fue corriendo a pisar moqueta. En Londres si dices que vas a pisar moqueta es como no decir nada, tienes que especificar cuál de todas, ya que prácticamente lo único que no tiene moqueta son los pasos de cebra, todo lo demás es un nido de ácaros supermullido. En este caso hay que ir al hotel Saint Pancras, donde la escalera más pop está entrando a la izquierda.

Al día siguiente Dorita lo pasó regular. Aunque había metido media farmacia en la cesta por si le daba un ataque de lumbago, lo que le dio finalmente fue un ataque de alergia. Si bien es cierto que es un poco antisocial, resulta que además de ser alérgica a la gente Dorita también lo debe de ser a las gramíneas británicas, tan insolentes y florecientes ellas estos días. Total, que se levantó como si la hubieran atropellado el autobús de las Spice Girls y ese otro de tres pisos de Harry Potter, uno detrás del otro. Desayunó un huevo frito rebozado con beicon y alubias y, ni corta ni perezosa, se dispuso a recorrer medio Londres con el objetivo de subirse a un rascacielos a ver la ciudad a vista de pájaro. Aunque las comparaciones son odiosas, las vistas desde el Sky garden son mucho más espectaculares que las que se observan desde el (ya un poco obsoleto) London Eye, pero menos impresionantes de las que Dorita tuvo ocasión de disfrutar cuando se montó en un tornado y vio vacas volando.

Lo mejor que se puede hacer en Londres es callejear fuera de las zonas abarrotadas de turistas y entrar en tiendas estrechas y polvorientas, algunas subterráneas, en las que por fuera parece que te van a descuartizar para luego vender tus órganos al por mayor pero que por dentro son superamables y educados.
Tras recorrer doscientas tiendas de libros usados, en una de ellas Dorita tuvo la suerte de encontrar la segunda parte de la biografía de Julie Andrews, que es donde habla de sus años en Hollywood. Como el libro pesaba más que la propia Dorita, me pidió que me pusiera yo para la foto, no pasa nada.
Y en otra tienda de cosas de segunda mano apareció esta peluca, pelín despeluchada, que recuerda un poco al peinado de Tippi Hedren en los últimos quince minutos de Los Pájaros, cuando a la pobre ya la habían atacado tres docenas de gaviotas, siete cuervos y tropecientos gorriones.

Por la noche Dorita tenía entradas para ver El diablo viste de Prada, el último musical de Elton John, protagonizado por Vanessa Williams. Si ya estaba emocionada pensando que iba a pasar dos horas bajo el mismo techo que una mujer desesperada, Dorita se quedó turuleca al ver el gigantesco zapato de color rojo (y tacón kilométrico) que decoraba la fachada del teatro Dominion (ver la primera foto). Le pareció una fantasía de zapato, aunque muy poco práctico a la hora de recorrer el camino de las baldosas amarillas, no al menos sin el peligro de producirse un esguince de tobillo cada tres baldosas. Pero la máxima preocupación de Dorita en ese momento no era esa, sino la de ponerse a estornudar, con la contundencia de una señora mayor, en medio de la función y que Vanessa, con razón, la fulminara con la mirada. (Dorita quiere agradecer al Tesco que hay junto al teatro, donde te puedes comprar un sándwich bastante decente para cenar y una caja de antihistamínicos de postre: ¡God Bless el Tesco y sus meal deals!).

Y como a Dorita le chifla más un musical que cantar en un pajar una soleada tarde de verano, al día siguiente fue a ver otro. Esta vez no quiso arriesgar y eligió un clásico: Los Productores. Una cosa estupenda que tiene Londres es que los musicales nuevos conviven en feliz armonía con los más antiguos, tanto los que llevan allí toda la vida como otros que van y vienen. Y otra cosa más estupenda todavía es que, si esperas hasta el mismo día del espectáculo (y tienes los dedos más rápidos del West End), puedes conseguir entradas a precios muy económicos para ver musicales carísimos (los famosos rush tickets). Los productores concretamente lo reponen en el Garrick, un teatro con solera donde, al estar medio soterrado, se oye el ruido del metro cada vez que pasa con envidiable puntualidad británica. Pero el show es tan rematadamente bueno que da igual, Dorita salió encantada. Aquí ya iba drogada de casa.
