Cada día estoy más convencido de que mi vecino es un psicópata diseñado para sonreír y no dejarme dormir, no necesariamente en ese orden. Se levanta cada noche a las tres de la madrugada a hacer pesas en su cuarto (el mismo que da pared con pared con el mío) y puedo contar cuántas series y repeticiones hace de cada grupo muscular. Alguien que entrena a esas horas no puede ser buena persona. Para tomarme unas vacaciones de mi vecino noctámbulo he decidido irme lejos unas días. O todo lo lejos que se puede ir aquí.
Michigan se divide en dos partes, como Villarriba y Villabajo, a saber: la Lower Península, que es donde vivimos las personas, y la Upper Península, que es donde viven los osos y el Bigfoot. O eso es lo que nos habían dicho, porque llevamos tres días de excursión y de momento no hemos visto ni osos ni Bigfoot ni nada. Lo que sí que he visto ha sido una araña gordísima en la bañera, no he gritado porque eran las ocho de la mañana.

De momento, el viaje, a grosso modo, se puede resumir así:
Árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, ¡una casa! Árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, ¡un poste de la luz! Árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, ¡un señor en bicicleta! Árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, ¡un ciervo! Árbol, árbol, árbol, árbol, árbol, árbol… y así sucesivamente.
Ni siquiera puedo decir que haya visto millones de árboles diferentes, cada uno de su padre y de su madre, qué va, ¡eran todo el rato el mismo! Como cuando en los dibujos animados de la Hanna Barbera se repetía el mismo fondo, en bucle, venga a pasar el mismo árbol y los mismos arbustos todo el rato. Pues igual. Eso sí, gracias a la estilosa habitación del motel, el no va más de la rusticidad, no podemos decir que nos vayamos de aquí sin ver osos a tutiplén. Osos montañosos.

Total, que el verano pasado (por estas fechas) estábamos en Mackinac Island, una isla muy bonita llena de tulipanes pero infestada de mosquitos. Según nos contaron los lugareños, un buen día desaparecieron todos los murciélagos del lugar, todos-todos, ya es casualidad. Pues resulta que los pobrecitos eran los únicos capaces de mantener a raya a las plagas de mosquitos. Ni los osos montañosos ni Trump ni el espíritu santo, los murciélagos, mis mejores nuevos amigos. Así que si este año andamos en busca del Bigfoot, se podría decir que el año pasado estábamos en la isla de los mosquitos intentando no ser devorados. ¡Aquí cada verano es una aventura!).

Para tranquilidad de mi madre, he de decir que no escatimamos en gastos y para nada nos quedamos a dormir en cualquier cuchitril de carretera, de eso nada. Alquilamos un Airbnb con seguridad privada incluida, que es el señor de la foto de arriba. Su uniforme de trabajo consistía en un chubasquero amarillo como el del pescador malvado de Sé lo que hicisteis el último verano y una gorra verde pistacho, y se ve que los dueños de la casa lo habían encadenado a un árbol cual espantapájaros, en plan disuasorio. El primer día (ya no te digo la primera noche) te salía el corazón por la boca porque se te olvidaba de que estaba, pero para el segundo día ya te habías acostumbrado a su presencia y hasta le cogimos cariño… ¡Pero los mosquitos también, maldita sea!

Aquí estamos posando con la sartén más grande del mundo. O eso dice la placa. Está en una carretera en medio de ninguna parte, como casi todo en este país. Otra cosa no, pero carreteras en medio de ninguna parte hay a puñaos, de esas que no sabes de dónde vienen ni mucho menos a dónde van y te parecen todas iguales. La sartén era de un tamaño hermoso, no lo voy a negar, pero vamos, como una sartén mediana de Bilbao.
Y de propina, aquí viene una dramatización de mi segundo libro, Cómo ser feliz un domingo por la tarde:

2 respuestas a “Capítulo 4: Sé lo que hicisteis el último verano (por estas fechas)”
[…] mirarse en los espejos mientras pasea por el parque. Si también quieres ver una sartén de Bilbao aquí tienes […]
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[…] de las mariquitas gigantes, del bate de béisbol gigante y de la sartén gigante, ¡llegan más cosas gigantes! Son ese tipo de cosas que es imposible no ver cuando vas paseando […]
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